La ciencia y la polĂtica tienen una relaciĂłn muy estrecha. Hay una dimensiĂłn especĂfica de la polĂtica que se encarga de gestionar la práctica cientĂfica elaborando leyes y procedimientos y asignando recursos econĂłmicos. Hay otro elemento de esa relaciĂłn, que tiene una larga historia detrás, pero se ha hecho especialmente visible en la gestiĂłn de la pandemia por la COVID-19: la ciencia es una herramienta para ayudar a la polĂtica a tomar mejores decisiones. Los encuentros no terminan ahĂ. Hasta mediados del siglo pasado la sociedad reaccionĂł de manera netamente positiva a todos los avances, desarrollos y productos que la ciencia y la tecnologĂa fueron capaces de ofrecer. Sin embargo, acontecimientos como el lanzamiento de la bomba atĂłmica sobre Hiroshima y Nagasaki, o el libro The Silent Spring de Rachel Carson alertando sobre la capacidad de los seres humanos para deteriorar el medio ambiente, hicieron que los y las ciudadanas empezaran a ser conscientes de las consecuencias indeseadas de esos avances y les retiraron el cheque en blanco de la confianza. A partir de ese momento, gestionar polĂticamente la relaciĂłn entre ciencia y sociedad se hizo mucho más compleja y surgiĂł la necesidad de investigar.
Desde un punto de vista metodolĂłgico, el análisis de la relaciĂłn entre ciencia y sociedad se ha apoyado en las encuestas de opiniĂłn, una herramienta desarrollada por la ciencia polĂtica con el objetivo de medir las actitudes y el conocimiento del pĂşblico. Se querĂa comprobar si, como se sospechaba, la aparente actitud negativa hacia la polĂtica era debida a la falta de conocimiento. Desconozco si esta hipĂłtesis ha sido identificada de este modo en el ámbito de la ciencia polĂtica, creo que sĂ; en todo caso, en el de la investigaciĂłn sobre la relaciĂłn entre ciencia y sociedad se conoce como “modelo del dĂ©ficit”. Se ha dicho mucho sobre Ă©l, se han identificado diferentes fases y se le han atribuido diferentes causas (falta de conocimiento, de confianza o de compromiso). Se critica y cuestiona desde hace mucho tiempo, fundamentalmente porque parte del supuesto de que las decisiones que toman los ciudadanos son errĂłneas, que se equivocan al votar (o al no hacerlo), al cuestionar las decisiones de los representantes polĂticos, al rechazar la importancia de la ciencia en la toma de decisiones, o al rechazar ciertos desarrollos cientĂficos o tecnolĂłgicos. Sin embargo, quĂ© es errĂłneo y quĂ© no lo es depende de innumerables factores. Es, en realidad, subjetivo. Por ejemplo, en una entrevista publicada en el suplemento Ideas de El PaĂs el sábado 6 de noviembre, el neurocientĂfico Antonio Damasio afirma “Si sabes que puedes morir y no te vacunas, eres irracional o estĂşpido”[1]. Ojalá fuera tan sencillo. Detrás del modelo del dĂ©ficit se oculta una manera simplista y equivocada de concebir el comportamiento de la poblaciĂłn que, sin embargo, no se consigue erradicar.
ÂżA dĂłnde quiero llegar con todo esto? Vamos por partes. El desencadenante ha sido la columna de opiniĂłn de Soledad Gallego DĂaz publicada en El PaĂs el domingo 7 de diciembre. Se titula “Nos merecemos explicaciones” y empieza fuerte: “Dar explicaciones deberĂa ser uno de los materiales básicos del trabajo de los polĂticos. Cuanto mejores fueran, más posibilidades tendrĂan de ganar unas elecciones. Explicar a los ciudadanos quĂ© soluciones proponen para cada problema, quĂ© argumentos hay detrás de cada una de sus decisiones y quĂ© motivos hay para cada ley o enmienda que votan sus grupos parlamentarios, por ejemplo, serĂa un excelente ejercicio diario para quienes aspiran a dirigir la sociedad”[2]. Creo que la tendencia a evitar dar explicaciones está contribuyendo a desconectar a los ciudadanos de la polĂtica, igual que está haciendo poco o nada para conectarlos con la ciencia. Refleja la tendencia a “vender” las decisiones y acciones polĂticas. Igual que se tiende a “vender” la ciencia.
En la sexta acepciĂłn del verbo vender el diccionario de la RAE dice: “Dicho de una persona, de una idea, de una conducta y, especialmente, de un producto comercial: Conseguir mayor o menor Ă©xito de ventas o alcanzar aceptaciĂłn social”. La definiciĂłn del verbo convencer tiene dos acepciones: 1. “Incitar, mover con razones a alguien a hacer algo o a mudar de dictamen o de comportamiento”. 2. “Probar algo de manera que racionalmente no se pueda negar”. Aun a riesgo de parecer pretenciosa, no termino de estar de acuerdo con el diccionario. Creo que la definiciĂłn de convencer, como la afirmaciĂłn de Damasio, está lastrada por el modelo del agente racional. Es decir, refleja la tendencia a pensar que los seres humanos somos, por encima de todo y, antes que nada, racionales. No es el momento de entrar en este debate, pero no tiene validez externa. Es decir, no sirve para explicar cĂłmo nos comportamos en condiciones reales o naturales. A grandes rasgos, creo que esta manera “desnaturalizada” de concebir a los seres humanos se debe a que nos hemos olvidado de que no solo somos seres sociales y culturales. Estableciendo una metáfora con la estructura de nuestro planeta, esa parte constituye la corteza. En el nĂşcleo, mucho más inaccesible y, por tanto, difĂcil de cambiar, somos seres biolĂłgicos. La biologĂa determina cĂłmo procesamos la informaciĂłn, a quĂ© reaccionamos de manera rápida e inconsciente (es, además, nuestra forma de reaccionar por defecto), es responsable en gran medida de quĂ© hacemos y cĂłmo lo hacemos. Recientemente se ha publicado un artĂculo en el que se proporciona evidencia de que hay dos mecanismos evolutivos, uno biolĂłgico y otro cultural. Ambos tienen importantes diferencias estructurales. Como resultado de ellas, la evoluciĂłn cultural es casi instantánea, mientras que la biolĂłgica es muy lenta[3]. No hay duda de que cultural y, por tanto, socialmente, los seres humanos tenemos poco que ver con nuestros antepasados más remotos. Sin embargo, aunque tendamos a ignorarlo, biolĂłgicamente, en nuestro nĂşcleo, hemos cambiado muy poco. Creo que muchos de los problemas a los que debemos hacer frente se podrĂan afrontar mejor si tuviĂ©ramos en cuenta la tremenda brecha que hay entre la evoluciĂłn biolĂłgica y la cultural. Vender implica seducir, convencer implica proporcionar argumentos que generan opiniones y comportamientos. El problema es que esos a quienes critica Antonio Damasio en su entrevista están plenamente convencidos de que las vacunas no son eficaces, o incluso son perjudiciales. Y se resisten con vehemencia a dejarse convencer de lo contrario.
La investigaciĂłn sobre la relaciĂłn entre ciencia y sociedad, sobre todo en Europa, da mucha importancia al concepto de cultura cientĂfica. Se suele decir que una relaciĂłn fluida entre ciencia y sociedad requiere de ciudadanos y ciudadanas cientĂficamente cultos. Este planteamiento implica considerar la cultura (cientĂfica en este caso) como un atributo individual (algo que tienen las personas). Pero la cultura es, por definiciĂłn, social. Pertenece a los grupos. Yo creo, en cambio, que el equivalente a la cultura en los individuos es la conciencia, entendida como conocimiento, como darse cuenta de, es decir, sin connotaciones morales. Por tanto, la conciencia (ambiental, cientĂfica, polĂtica…) implica vernos a nosotros mismos como seres que nos desenvolvemos en, y dependemos de, nuestro entorno (natural, social, polĂtico…), que nos influye, pero al que tambiĂ©n influimos con nuestras acciones y decisiones. Para que haya conciencia no sirve con vender, hay que convencer.
Pensemos en otros paralelismos. Se habla con frecuencia de que hay una actitud negativa hacia la ciencia. Sin embargo, no existe evidencia de ello. Se puede decir que hay distintos tipos de ciencia dependiendo del peso que tiene la bĂşsqueda del conocimiento en contraposiciĂłn con la bĂşsqueda de beneficios en el establecimiento de sus objetivos. La reacciĂłn social a la bĂşsqueda de conocimiento es netamente positiva. En cambio, se vuelve más negativa cuanto mayor es el peso que tiene la obtenciĂłn de beneficios como razĂłn de ser de la actividad cientĂfica. TambiĂ©n se dice que hay una crisis polĂtica y democrática, pero no hay evidencia de una disminuciĂłn del compromiso pĂşblico con los principios de la democracia. SĂ la hay de que está disminuyendo el apoyo polĂtico, que se manifiesta en tres áreas: desilusiĂłn con los representantes polĂticos, con los partidos y con las instituciones[4]. Se puede decir que, en ambos casos, hay una crisis institucional.
En mis 15 años de actividad profesional analizando la relaciĂłn entre ciencia y sociedad he encontrado mĂşltiples evidencias de que el conocimiento es fundamental para comprender cĂłmo se relacionan las personas con la ciencia. No porque las que más saben sean mejores “clientas” (más bien al contrario), sino porque están más dispuestas a informarse, mejor preparadas para hacerlo, es más probable que tengan una opiniĂłn y, por tanto, parecen estar más dispuestas a actuar con conciencia (cientĂfica). Por otro lado, no es tan importante el conocimiento de hechos concretos como la percepciĂłn de que se ha recibido una buena formaciĂłn cientĂfica, sentirse capaz de “manejarse” con la ciencia, a lo que el psicĂłlogo Albert Bandura se ha referido como la autoeficacia percibida. TambiĂ©n he encontrado evidencia del peso que desempeñan las diferencias individuales, algo que apunta a la necesidad de “recuperar” a las personas como objeto de investigaciĂłn. Debemos comprenderlas, pues son ellas las que votan, las que deciden vacunarse o las que se esfuerzan por reducir el uso de envases de plástico.
Cuando, quienes tienen la capacidad de influir en la sociedad, optan por vender en lugar de por convencer, están olvidando nuestra biologĂa e ignorando que los clientes no suelen ser fieles. Me ha venido a la memoria un anuncio que se hizo famoso en España hace años. No recuerdo el producto (creo que era un detergente) ni la Ă©poca, pero recuerdo muy bien el eslogan (una prueba de su Ă©xito): “busque, compare y, si encuentra algo mejor, cĂłmprelo”. Tengo la sensaciĂłn de que el Gobierno, con la tendencia cada vez más extendida en esta sociedad a basarlo todo en la mercadotecnia, busca vender una imagen de Ă©xito ejecutivo, que la gente vea todo lo que se puede conseguir si los vota, para que no dude en hacerlo cuando llegue el momento. Estoy de acuerdo con Soledad Gallego DĂaz en que serĂa mucho mejor que se explicaran e intentaran convencer. No solo porque la gente se lo merece, sino porque es una estrategia mucho más eficaz. Por ejemplo, creo que JosĂ© Luis RodrĂguez Zapatero ganĂł las elecciones de 2004 porque vendiĂł ilusiĂłn y “talante”, muy necesarios tras la legislatura en la que JosĂ© MarĂa Aznar gobernĂł con mayorĂa absoluta. Creo, en cambio, que perdiĂł las de 2011 porque no habĂa convencido. En cuanto vinieron mal dadas, los “consumidores” se sintieron totalmente defraudados y buscaron nuevos “productos”.
Termino con una Ăşltima reflexiĂłn. Tras años agazapados en el seno de partidos tradicionales, los partidos populistas están volviendo a dar la cara. Son expertos en fabricar dudas, están alterando los patrones establecidos de competencia entre partidos y están aumentando su representaciĂłn en los parlamentos de todo el mundo[5]. El populismo es un conjunto de ideas mal definido en torno a tres elementos centrales, antisistema, autoritarismo y nativismo, que  se caracteriza por un profundo cinismo y resentimiento hacia las autoridades, incluidas las Ă©lites intelectuales y los expertos cientĂficos[6]. Su fortaleza y, por tanto, su mayor peligro, radica en que nadie vende mejor que ellos. Por un lado, son oportunistas: adoptan cualquier discurso que les puede beneficiar (negacionismo del clima o de la COVID, antivacunas). Por otro, no solo niegan la ciencia, sino que rechazan la relevancia de los hechos cientĂficos en la toma de decisiones[7]. Negar la relevancia de los hechos es la estrategia de defensa más empleada por quienes se resisten a ser convencidos. Hasta ahora han tenido poca oportunidad de demostrar de quĂ© son y no son capaces y, por tanto, no ha habido opciĂłn a que defraudaran a sus consumidores. Si no queremos darles la oportunidad de demostrar hasta dĂłnde pueden llegar, olvidemos la mercadotecnia, hagámonos conscientes de que es mejor convencer que vender y actuemos en consecuencia.
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[1] https://elpais.com/ideas/2021-11-06/si-sabes-que-puedes-morir-y-no-te-vacunas-eres-irracional-o-estupido.html
[2] https://elpais.com/ideas/2021-11-07/nos-merecemos-explicaciones.html
[3] Waring, T.M., & Wood, Z.T. (2021) Long-Term Gene–Culture Coevolution and the Human Evolutionary Transition. Proceedings of the Royal Society B, 288, 20210538. https://royalsocietypublishing.org/doi/10.1098/rspb.2021.0538
[4] Pharr, S., Putnam, R., & Dalton, R. (2000). Trouble in the Advanced Democracies? A Quarter-Century of Declining Confidence. Journal of Democracy, 11(2), 5-25.
[5] Inglehart, R. F., & Norris, P. (2016). Trumb, Brexit, and the Rise of Populism: Economic Have-Nots and Cultural Backlash. Faculty Research Working Paper Series, RWP16-26. Harvard Kennedy School, John F. Kennedy School of Government. https://research.hks.harvard.edu/publications/getFile.aspx?Id=1401
[6] Mudde, C. (2007). Populist Radical Parties in Europe. New York: Cambridge University Press.
[7] Nature Human Behavior (2017). Science and politics. https://www.nature.com/articles/s41562-017-0116
