En Venezuela, el oscuro episodio de una operación tipo Bahía Cochinos se ha resuelto en farsa. Tardaremos en saber hasta donde llegan las responsabilidades de los actores en liza, quien miente, oculta, tergiversa o simplemente disimula. La narración de la trama puede seguirse en las piezas elaboradas por periodistas del Washington Post (1).

Como suele ocurrir en este tipo de operaciones ilegales encubiertas/descubiertas, hay muchos cabos sueltos por atar, huellas visibles e invisibles, siniestras intenciones disfrazadas de nobles propósitos, preparativos poco acordes con el alcance del proyecto y chapuzas por encima de lo tolerable.

UNA OPERACIÓN CHAPUCERA

Después del fiasco golpista del 30 de abril de 2019, el presidente “encargado”, Juan Guaidó intentó procurarse una salida para recuperar la iniciativa. Creó, al efecto, un denominado Comité estratégico, suerte de estado mayor, para diseñar una estrategia de derribo del madurismo. Al frente colocó a Juan José Rendón, un operador político que rompió con el régimen en 2013 y se exiló en Miami, patria chica de anticastristas y antichavistas.

Después de una ronda de contactos con una docena de abogados, de estudiarse en detalle el operativo de Bahía Cochinos y de contactar con mercenarios bajo la pátina de expertos en seguridad, organizó, en septiembre pasado, una reunión en su casa con los líderes de la oposición, Guaidó a la cabeza. El invitado de ocasión fue Jordan Goudreau, un boina verde norteamericano retirado de origen canadiense, de dudoso historial. El exmilitar presentó un plan consistente en infiltrar un comando en Venezuela, conectar con militares venezolanos afectos, secuestrar a Madero, su familia y otros altos cargos y propiciar una revuelta.

En octubre se acordó el plan, pero a partir de ese momento, las cosas empezaron a torcerse y los relatos, en consecuencia, difieren. Goudreau afirma que Guaidó apoyó la contratación de sus servicios en un documentos firmado. Rendón niega esto último. Cada uno aporta documentos distintos para respaldar su versión. Por lo que cuentan los protagonistas, hubo un problema de dinero (otro clásico de estas operaciones supuestamente idealistas), aunque los dirigentes opositores comprometidos juran y perjuran que se dieron cuenta de lo loco que estaba el tal Goudreau, que se había inventado apoyos y recursos de los que no disponía y decidieron abandonar el plan. El militar, un veterano de Irak y Afganistán, asegura que había simpatizado con el pueblo de Venezuela, después de haber realizado un trabajo de seguridad para el millonario dueño de la Virgin, Richard Branson,  que había organizado un  concierto prorefugiados venezolanos en la localidad fronteriza colombiana de Rio Hacha.

LA CASA BLANCA, DE PERFIL

Goudreau asegura que contactó con un miembro del staff del vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, en relación con su plan. Pero portavoces del número dos de Trump lo niegan. Lo mismo ha hecho el presidente-hotelero. Que en la Casa Blanca se desentiendan del muerto es lo esperado. Y hasta puede que digan la verdad. O que sea una verdad a medias. Esta Administración no ha escondido su intención de derribar al régimen de Maduro, whatever it takes, haciendo lo que fuera. Pero cuadra más una operación desde dentro, es decir, otro golpe a la vieja usanza, más doctrina Escuela de las Américas que la cochinada anticastrista. Tampoco debe tomarse el desmentido de Trump/Pence como inequívoco. Nunca suele haber huellas o pruebas de compromisos de esa naturaleza.

GUAIDÓ, DEBILITADO

Para Guaidó, negativas y correcciones apartes, el episodio puede ser devastador. Su credibilidad ha quedado en entredicho. La frustración del presidente encargado salta a la vista. Después de un inicio prometedor, ha corrido la misma suerte que otros dirigentes opositores: carece de respaldo interno suficiente o decisivo. La población puede estar desengañada, sin duda, del bolivarismo y sus herederos maduristas. Pero no se fía de esta oposición elitista, y menos aún si se echa en brazos del viejo gorilismo trasmutado en hombres de Harrelson. Aunque se ampare en una retirada a tiempo, la sola consideración de una operación militar mercenario pone en evidencia su debilidad.

La creciente dependencia de Colombia que Guaidó evidencia es un baldón más. El actual gobierno de Bogotá es el más derechista desde Uribe: de hecho Duque es un ahijado del implacable expresidente. La obsesión antiterrorista de la ultraderecha de guante blanco colombiana, con su mentalidad de paramilitarismo intacta y sus innumerables cadáveres en el armario, no es la mejor compañía para el presidente “encargado”.

ÉXITO EFÍMERO DE MADURO 

Tampoco es que Maduro salga muy bien parado de esta farsa, aunque sea un ganador provisional. Desde luego, le beneficia poder reforzar su narrativa de régimen acosado por el imperialismo, y aún así vigilante y resistente. El presidente ha presumido de estar al corriente de todos los detalles de la trama, hasta los más insignificantes y ha exhibido como trofeos de guerra a dos colaboradores norteamericanos de Goudreau, sanos y salvos.

Más allá de este innegable tanto propagandístico, Maduro tiene que afrontar el problema real de su país, que no es necesariamente el fantasma de Bahía Cochinos. La quiebra del sistema productivo, el impacto de las sanciones de Washington y el descenso brutal del precio del petróleo ya eran factores suficientes para colocar a su gobierno al borde del colapso. Pero la crisis del coronavirus, aunque cuantitativamente menos grave que en otros países, puede convertirse en el golpe de gracia (2).

Las carencias materiales y humanas de hospitales y centros de salud (sólo hay 80 ventiladores para 28 millones de habitantes), la interrupción persistente del fluido eléctrico y el incremento de los precios hasta limites de locura son amenazas mucho más reales que unos cuantos mercenarios en la costa. Para el responsable de la división latinoamericana del International Crisis Group, Ivan Briscoe, el coronavirus puede ser la tormenta perfecta para el régimen madurista (3).

La gran baza del heredero de Chávez es la lealtad de las fuerzas armadas, garantizada por su posición dominante en empresas públicas y negocios privados. En pocas palabras, los militares venezolanos no son fáciles de comprar. Ya lo vimos hace un año con el fracasado golpe del 30 de abril. Nadie se quiere arriesgar a cambiar de caballo sin garantías sólidas. Y la oposición no puede presentarlas. El seguro que otrora podía representar Washington es hoy una rémora. Reducir a Maduro a la condición de narcotraficante al frente de una banda de delincuentes sirve de poco, cuando hay sospechas serias de tales cargos entre militares renegados del bolivarismo.

De Puente Llaguno a Miami, de 2002 a 2020, la derrota golpista, militar o mercenaria de la Venezuela chavista o tardochavista ha pasado de la tragedia a la farsa. Para escarnio de la oposición, fútil gloria del régimen e indiferencia de la mayoría del pueblo venezolano.

 

NOTAS

(1) “From a Miami condo to the Venezuelan coast, how a plan to ‘capture’ Maduro went rogue”. THE WASHINGTON POST, 7 de mayo.

(2) “Venezuela’s health care crisis now poses a global threat”. FOREIGN POLICY, 12 de marzo.

(3) “A perfect storm for Venezuela”. IVAN BRISCOE. FOREIGN AFFAIRS, 11 de mayo.