La votación del 6 de mayo en el Congreso, que ha prorrogado por cuarta vez el estado de alarma, ha dado lugar a muchas lecturas. Una particularmente interesante es la referida a las posiciones que han mantenido en ella los partidos independentistas catalanes.

La de JxCat, fue de nuevo un no a la prórroga, la misma que ha venido manteniendo en votaciones anteriores. Este partido, con el señor Torra al frente de la Generalitat y el señor Puigdemont moviendo los hilos desde su dorado retiro belga, ha dado numerosas pruebas de desentenderse del destino de España, incluido el de los catalanes que, hoy por hoy, forman parte de ella. Su postura, como dijo el Presidente Sánchez, es puramente testimonial y solo está dirigida a sus seguidores. Votan no porque saben que otros votarán . Si hubiera triunfado el no, y el virus pudiera circular libremente entre territorios, los catalanes sufrirían las mismas consecuencias que el resto de los españoles. El comportamiento del señor Torra en estas seis semanas ha sido el que cabe esperar de un propagandista irresponsable: ante cada medida propuesta por el Gobierno, él ha discrepado y ha propuesto otra distinta, tan solo para diferenciarse de aquél. Ha impedido en ocasiones que la UME hiciera su trabajo de desinfección, o aportara sus hospitales de campaña, simplemente por el hecho de que eso distorsionaba la imagen tan cuidadosamente cultivada de un Estado opresor y enemigo de Cataluña. Es decir, el virus ha sido para él una ocasión más para hacer independentismo.

La posición de ERC es, sin embargo, más interesante. Se palpaba la incomodidad del señor Rufian en su turno de réplica, una vez se comprobó que el Gobierno disponía de los votos de Cs y del PNV y, por tanto, que los votos de Esquerra dejaban de ser críticos. Parecía un niño al que le hubieran arrebatado su juguete: ya no podría ERC seguir ejerciendo el chantaje al Gobierno y vender caros sus votos como en otras ocasiones. De hecho, amenazó con hacer descarrilar la legislatura si el apoyo de Cs se consolidaba y venía a reemplazar al suyo.

El resultado de la votación dejó a ERC en un lugar francamente incómodo: su no se sumaba al de Vox y la CUP, es decir a los antisistema de uno y otro signo. Incluso EH Bildu hizo más patente esta soledad con su abstención y con una frase –al menos la frase, independientemente de quién proviniera– cargada de responsabilidad: “no estamos aquí para generar más caos e incertidumbre”. ¡Qué lección, señor Rufian! Usted, de triunfar, sí hubiera generado más caos con su no.

Y es que, en los momentos críticos de la historia de España, el independentismo siempre ha dejado tirados a los españoles. En los libros está escrito que la Generalitat de Lluis Companys, lider de Esquerra, intentó en 1937, cuando todavía Cataluña formaba parte de la zona republicana durante la guerra civil, negociar una paz por separado con Franco con la mediación del gobierno británico. Mucho más recientemente, ERC precipitó el final de la anterior legislatura al negar su apoyo a los presupuestos del Gobierno del PSOE, gobierno al que ellos habían investido con su apoyo en la moción de censura. Las razones siempre esgrimidas pueden resumirse en la manida frase “qué hay de lo mío”: si no hacen avanzar su agenda independentista, al final se terminan bajando del tren. Su nombre “Izquierda Republicana” es, en realidad, un señuelo, porque su nacionalismo estará siempre por delante de cualquier consideración progresista.

Conviene empezar a desentrañar la ideología independentista y a señalar sus aspectos populistas, antisistema y, en definitiva, reaccionarios. Al final de la dictadura franquista, los partidos de izquierda miraban con simpatía las reivindicaciones de las nacionalidades históricas y se unían al grito, entonces unánime, de “libertad, amnistía y estatutos de autonomía”. Todavía hoy, hay alguna izquierda encandilada con las reivindicaciones nacionalistas y defienden como algo progresista “la autodeterminación de los pueblos de España”. Pero las cosas son ya muy distintas y no hay hoy un ápice de progresismo en esa reivindicación.

Los orígenes del nacionalismo catalán tal vez se sitúan en el discurso de Enric Pratt de la Riva al comienzo del curso 1890/91 del Centre Escolar Catalaniste de Barcelona, donde por primera vez se habla de una patria catalana esclava del Estado Español. Previamente, había habido reivindicaciones regionalistas, como el Memorial de Agravios presentado al Rey Alfonso XII en 1885 por dicho Centre Escolar. Pero todavía se hablaba allí de una patria chica (Cataluña) y una patria grande (España).

El movimiento tuvo de positivo el exaltar la lengua y la cultura catalanas y el rescatar obras de arte y tradiciones que despertaron un justo sentimiento de orgullo en el pueblo catalán. La parte negativa fue que ese sentimiento se construyó en parte como contraposición al supuesto carácter indolente, degenerado e inmoral de la raza castellana, contaminada de sangre musulmana, pero que, por un azar de la historia, había conseguido dominar a la noble raza catalana, adornada, ella sí, de las virtudes del positivismo, el espíritu emprendedor y el amor a la libertad.

Es decir, ya en sus orígenes el nacionalismo era sobre todo un sentimiento, un sentimiento romántico, como correspondía a la época, con no pocos elementos racistas y supremacistas. Impulsado inicialmente por la burguesía catalana, mucho más desarrollada y eficaz que las burguesías del resto  del país, consiguió sin embargo aunar en un solo partido a todo tipo de fuerzas, fueran estas republicanas, monárquicas, religiosas o laicas. Todavía hoy, sorprende la capacidad del sentimiento independentista para saltarse las barreras de clase y aunar en las votaciones del parlamento catalán a fuerzas de derecha, de izquierda y antisistema.

Ello confirma que el nacionalismo es, ante todo, un sentimiento, es decir una fe. Y como toda fe, corre el riesgo de dividir a las sociedades en creyentes y no creyentes y en justificar, en nombre de la fe, la persecución de los no creyentes. No muy diferente de esta descripción es lo que hemos visto en Cataluña durante los años del procés: los no creyentes han sido silenciados, estigmatizados y excluidos de los puestos de poder.

Hasta que una parte de la sociedad catalana no salga de su ensueño y perciba estos elementos románticos,  racistas y reaccionarios en los partidos independentistas, no saldremos del perpetuo chantaje al Estado. ¿Por qué no puede ser compatible el amor a la tierra, a la lengua y a la cultura propias y a la vez sentirse parte de un proyecto más amplio? Si Cataluña tiene su historia propia, también la tiene unida a España durante más de cinco siglos. Además, en la propia Cataluña, más de la mitad de sus habitantes hacen compatibles ambas identidades. Los sentimientos, como la fe, son muy respetables, pero siempre que se entiendan como derechos privados de las personas. Cada persona puede sentirse laica, musulmana o católica, del mismo modo que puede sentirse solo catalana, solo española, o compartir ambos sentimientos. El problema surge cuando una identidad se quiere imponer por la fuerza a todas las demás y el sentimiento se convierte en obligatorio.

A estas alturas de la historia, estamos muy escarmentados de las guerras de religión que asolaron  Europa durante siglos, y de los sentimientos nacionalistas excluyentes que dieron lugar a dos guerras mundiales.