La pandemia imprime una sensación de que no pasa nada, de que nada se mueve, que no se avanza ni se retrocede. Sin embargo, este atípico y duro verano sí guarda entre las hojas del calendario demasiados acontecimientos que no deben pasar inadvertidos: las protestas raciales versus los continuos excesos fascistas de Trump; la campaña de EEUU; el conflicto de Bielorrusia y el papel político de Putin, o la preocupante escalada de popularidad de Bolsonaro en un Brasil que parece haberse habituado a morir de lo que sea, entre otros graves problemas. Y aquí en casa, tenemos el debate sobre la monarquía y el lamentable papel del anterior monarca; los movimientos que se producen en los partidos políticos (por ejemplo, la destitución de Álvarez de Toledo o el acercamiento de Ciudadanos al Gobierno); el inicio de curso educativo; la necesidad de nuevos presupuestos; y la grave situación económica.

Es cierto que el primero y más grave, que condiciona toda nuestra vida social y familiar, así como la actividad económica y productiva, es el coronavirus, que lejos de irse, continúa infatigable su escalada de contagios, no solo en España, sino a nivel mundial. Ahora bien, como dice el ministro Illa, no estamos en una segunda oleada, es que el virus nunca se fue, sino que se pudo controlar su expansión a base de medidas claramente restrictivas. Por otra parte, el número de contagios, de ingresados y de fallecidos no corresponde a la misma serie de marzo y abril, por varias razones, entre ellas, porque los servicios sanitarios ya no tienen el colapso inicial y existe mayor control y organización. Lo que no quiere decir que debamos bajar la guardia a nivel personal: todo lo contrario. Estamos viendo que el verano, las vacaciones, la familia, el contacto social, la alegría del buen tiempo… nos está pasando factura.

Y ahora viene el inicio de curso. Absolutamente necesario pero complicado. Con un difícil equilibrio entre retomar la actividad económica y social y mantener la seguridad sanitaria. Todos estamos de acuerdo en que la salud es lo primero, pero también notamos personalmente la fatiga de seguir confinados, de las restricciones, de los problemas laborales, y, en muchos casos, de la soledad. En nuestro entorno próximo, ya todos conocemos a alguien que ha sido contagiado.

Me decía una amiga jubilada que apenas puede ver a sus hijas y, mucho menos, a su nieto, que el virus le está robando la vida. Lectora empedernida, escritora, amiga de sus amigas, activa, se encuentra en un hogar que cada vez le pesa más, se le hacen más estrechas sus paredes, le ahoga el aire que respira, y se cansa de verse sola ante el espejo. Echa de menos los abrazos, las comidas del domingo, recoger al nieto del colegio, el aquagym, y los cafés con sus amigas. Esa era la normalidad social que, más allá de la economía (factor realmente preocupante), puede volvernos algo desquiciados.

De una manera u otra, parece que la gran mayoría estamos deseando que el 2020 termine.