En los regímenes democráticos el ejercicio del voto es uno de los elementos más importantes del despliegue de la ciudadanía. Por eso, en toda democracia seria el momento de votar se rodea de la solemnidad y de las formalidades correspondientes. Como algunos suelen decir, los días de la votación son la fiesta de la democracia.

Sin embargo, en las sociedades de nuestros días estamos viendo que algunos políticos tienden a considerar el voto, el hecho de votar, como una pieza al servicio de estrategias muy particulares.

Lo sucedido en el Reino Unido durante los últimos años es un ejemplo revelador de esta degradación del sentido del voto y de su creciente instrumentalización partidista, o incluso personalista. Por ejemplo, David Cameron utilizó el referéndum escocés como una vía de debilitar el voto laborista en unos territorios en los que el Partido Laborista solía obtener tradicionalmente la mayoría de los escaños. Algo que se modificó a partir del último referéndum escocés e, incluso, en las últimas elecciones los laboristas solo han recuperado menos de la mitad de los escaños que venían teniendo históricamente en las tierras altas.

Después de aquella “operación”, Cameron volvió a repetir suerte con el referéndum del Brexit, con la intención de reforzar su poder interno y su liderazgo en el Partido Conservador. Pero le salió mal esta segunda operación instrumentalizadora del voto. Y no le quedó más remedio que presentar su renuncia.

Más recientemente, Theresa May volvió a intentar instrumentalizar el adelanto de las elecciones para reforzar su mayoría en el Parlamento Británico y su liderazgo en el Partido Conservador. Y también en esta ocasión le ha salido mal la operación instrumentalizadora. ¿Aprenderán? Veremos.

En España, tenemos el ejemplo bien reciente de Puigdemont y los secesionistas catalanes, que plantean nuevamente un pseudo-referéndum plebiscitario que no cumple los requisitos imprescindibles de garantía, en una decisión ciudadana de la naturaleza e importancia que ellos pretenden. Sin consenso, sin seguir los procedimientos habituales, al margen de la legalidad vigente, sin debate parlamentario, sin transparencia e, incluso, anunciando la convocatoria unilateral sin atender a los mínimos requisitos de las prácticas democráticas, realizando comparecencias públicas para anunciar la medida en las que ni siquiera aceptan preguntas de los periodistas. Es decir, un comportamiento que se sitúa en las antípodas de lo que es una democracia consecuente y un ejercicio libre e inequívoco del derecho ciudadano al voto.

La tendencia a instrumentalizar y devaluar el sentido del voto también lo estamos viendo en los comportamientos de algunos partidos nuevos, o novísimos, en varios países europeos, en los que los comportamientos e iniciativas políticas suelen rodearse de un aire crecientemente festivo, casi circense. E, incluso, cuestionador de la propia lógica y sentido de la democracia. El pseudo-partido Cinco Estrellas de Beppe Grillo es un ejemplo expresivo de este tipo de comportamientos. Algo que en cierto modo se entiende en ese caso, teniendo en cuenta que su líder ha sido, y parece que continúa siendo, un cómico de bastante fuste.

Más difícil es comprender los comportamientos de ciertos líderes de Podemos, que también convocan al voto parlamentario en mociones de censura –que igualmente son algo muy serio−, con desprecio a los principios de la lógica democrática, devaluando el valor de los votos –a todas luces insuficientes para ellos− a la condición de simple instrumento para sus fines comunicacionales, sin tener en cuenta su carácter esencial en la democracia, como algo muy valioso en sí mismo. Por esta vía están convirtiendo los procedimientos democráticos en una anécdota –o disculpa− para organizar acciones llamativas de disidencia y contestación pública, que en realidad no descansan en un planteamiento serio y viable, orientado a desplazar efectivamente del gobierno a las fuerzas conservadoras de la derecha.

Por esta vía, y con otros enfoques, hay que recordar que la devaluación del sentido y el valor del voto, como ejercicio libre y consciente de la ciudadanía, fue uno de los primeros elementos que empezaron a cuestionar en los años veinte y treinta del siglo pasado las fuerzas totalitarias en plena Gran Depresión, para acabar avanzando hacia donde todos sabemos. Con resultados inhumanos y desastrosos. ¿Cómo es posible que algunos no sean capaces de aprender nada de la experiencias históricas? ¿Qué es realmente para ellos el acto de votar? ¿Qué pensarán sus votantes cuando ven el desperdicio que hacen de los apoyos que recibieron?