Hay un cierto aire de extravagancia en el debate sobre la supuesta interferencia encubierta de Rusia en las recientes elecciones norteamericanas. La gravedad de este turbio asunto contrasta con la aparente mala gestión del problema. Casi nadie se salva de ser señalado: el Kremlin, la Casa Blanca, la CIA, el FBI, los dos grandes partidos y Trump.

La primera noticia de que oscuros agentes rusos podían estar intentando influir en las elecciones emergió el pasado verano, durante la convención demócrata. Cuentas de correo electrónico del Comité Nacional y de John Podesta, jefe de campaña de la candidata Clinton, estaban siendo pirateadas desde hacía un año. Los datos extraídos fueron enviados a Wikileaks y a Guccifer, una web fantasma controlada desde Rusia. Algunas revelaciones indicaban que la dirección del Partido Demócrata no estaba siendo neutral y favorecía a Hillary o perjudicaba a Bernie Sanders con sus actuaciones. El escándalo obligo a dimitir a la Presidenta del partido.

Los demócratas denunciaron la interferencia y exigieron una investigación. La polémica perduró durante toda la campaña, alentada por el propio candidato republicano que no se privó de realizar comentarios sarcásticos y aprovechar el caso para reforzar su estrategia de cuestionar la honestidad de su rival.

Más tarde, cundió el temor de que los servicios de inteligencia rusos pudieran manipular o inutilizar las máquinas de votación e incluso interferir en los programas informáticos de recuento de los votos. Pero la Casa Blanca, acorde con las agencias de seguridad, creyeron más conveniente tranquilizar a la ciudadanía.

Tras los sorprendentes resultados electorales y el contraste entre el voto popular (triunfo de Hillary Clinton por casi tres millones de sufragios) y el voto del Colegio Electoral (victoria de Donald Trump, gracias a la ligera ventaja de apenas unos millares de votos en Estados como Pensilvania, Michigan y Wisconsin), brotaron iniciativas a favor de la revisión del recuento. El equipo de Hillary se mostró remiso (como ya le ocurriera a Al Gore en 2000), pero terminó por apoyar la iniciativa de la candidata verde Jill Stein.

Mientras se sustanciaba el complicado procedimiento, saltó la noticia que ha removido el clima político preinaugural. La CIA dio a conocer un análisis en el que concluye, “con alto grado de certidumbre”, que las interferencias informáticas rusas pretendían influir en las elecciones presidenciales, perjudicando a Clinton y favoreciendo a Trump. Según la agencia, los hackers piratearon también al Partido Republicano, pero no proporcionaron la información extraída a terceros, contrariamente a lo que habían hecho con el Partido Demócrata.

El Presidente electo enterró el ánimo conciliador que exhibió en los primeros días posteriores a su victoria y volvió a mostrarse provocador y desafiante. Se mofó de la CIA y cuestionó de nuevo su competencia, al comentar que “éstos son los mismos que dijeron que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva”. Trump intentó zanjar las protestas de los demócratas acusándolos de malos perdedores. Portavoces republicanos fueron más cautos y se limitaron a negar, poco convincentemente, que hubieran sido infiltrados por los rusos.

Las miradas se dirigen también a la Casa Blanca, que previamente había descartado una influencia efectiva de Rusia en el proceso electoral y había dado por bueno el resultado, igual que la candidata derrotada. Una extensa investigación del New York Times plantea ahora interrogantes sobre las decisiones de la actual Administración, la profesionalidad de FBI, el comportamiento de los medios, la intención de Wikileaks y otras variables del caso (1).

EL ‘JAMÓN DEL SANDWICH’

Las revelaciones de la CIA no mejoran el prestigio de la agencia, ni mucho menos. Todo el mundo se pregunta por qué no ha revelado hasta ahora la información, ya que disponía de ella antes de las elecciones. Debido al carácter reservado de su tarea, las especulaciones priman sobre las certidumbres. Por lo general, estas instituciones de inteligencia tratan de situarse al margen de las rivalidades políticas, de no ser el “jamón del sándwich partidista”, como comentaba sardónicamente estos días un profesional veterano.

No siempre ocurre así, desde luego. Otro de los asuntos más controvertidos de la reciente campaña lo protagonizó precisamente el FBI, la agencia de seguridad interior. Su director, James Comey, originó una gran tormenta política al revelar que se iban a estudiar comunicaciones informáticas del exmarido de una colaboradora de Hillary, por si ofrecían algún dato sobre el famoso asunto de los correos de la candidata demócrata mientras era Secretaria de Estado. En el momento de esta decisión, Hillary aventajaba sustancialmente a su rival en todos los sondeos. En sólo unos días, las distancias se acortaron notablemente hasta rozar el empate técnico. Sólo entonces, Comey rectificó y suspendió las investigaciones por considerar que carecían de relevancia. Según recientes trabajos de análisis, la interferencia del director del FBI parece haber sido decisiva en el giro de las preferencias electorales (2).

UNA INAUGURACIÓN BAJO SOSPECHA

La acumulación de elementos circunstanciales sobre la influencia del Kremlin en la política de Estados Unidos se ha reforzado con candidatos gubernamentales que disfrutan de muy buenos contactos en Moscú. Es el caso del escogido para dirigir la diplomacia, Rex Tillerson, actual Presidente de la petrolera Exxon, que ha realizado importantes negocios con la compañía estatal rusa y ha sido condecorado por el Kremlin; o del virtual Consejero de Seguridad Nacional, el general Michael Flynn, un estruendoso defensor de la colaboración estratégica con Rusia, por citar sólo los más destacados.

La dirección republicana, mal que bien, se había esforzado por encajar con su nuevo líder político. Pero algunos de los nombramientos anunciados, los procedimientos exhibidos en el proceso de selección de nombres, la influencia excesiva de su entorno familiar (en particular, el yernísimo Kusher), el ruido que hace el propagandista reaccionario, Bannon, por no olvidar la incógnita siempre latente sobre el conflicto de intereses entre el Presidente y el hombre de negocios, han enrarecido el clima pre-inaugural.

Lo único que faltaba era la revitalización del thriller de espionaje en que se ha convertido esta oscura trama de intereses entre Rusia y el círculo Trump, que ha irritado a pesos pesados como McCain o Rubio. Tanto es así que los legisladores republicanos se han visto obligados a aceptar la creación de una comisión de investigación parlamentaria.

El sistema electoral norteamericano, como hemos denunciado aquí muchas veces, está plagado de irregularidades y defectos que desnaturalizan seriamente el sistema democrático. La sombra del Kremlin, real, imaginada o imaginable, sólo agrava aún más la percepción de que otros factores ajenos a la voluntad popular han podido torcer el destino de América.

 

(1) “The Perfect Weapon: How Russian Cyberpoer invaded the U.S.”. NEW YORK TIMES, 14 de diciembre.

(2) “How did Trump win? The FBI and the Russians”. MOTHER JONES, 12 de diciembre.