Es básicamente un relato amable, incluso divertido, de la vejez. Eso sí, en el contexto europeo y burgués. En un tono exquisitamente francés, entre catas de vinos, barbacoas, comidas y cenas periódicas entre un grupo de amigos. No se trata de la resistencia a envejecer, sino de la negativa a renunciar a vivir de la forma que lo han hecho hasta ahora.

Con esa intención Annie, Jean, Claude, Albert y Jeanne que son amigos desde hace más de 40 años deciden compartir casa a los 75 años. No están dispuestos ante la pérdida de facultades físicas y mentales a recluirse en una residencia de ancianos, se rebelan y deciden irse a vivir juntos. Sin duda, una locura. Pero aunque la falta de espacio moleste y despierte viejos recuerdos, empieza una genial aventura.

Stéphane Robelin plantea en clave más bien optimista una cuestión real, muy específica de las sociedades occidentales acomodadas. Lo económico no es el problema, lo que plantea no es tanto qué hacemos con nuestros mayores sino qué pueden hacer ellos cuando se acerca el momento en que no pueden valerse por sí mismos. Ahí es dónde está lo interesante de esta cinta, ellos, los ancianos son los verdaderos constructores de su futuro más inmediato. Absolutamente alejados de lo que pueda ser la voluntad de sus descendientes.

El gran mérito narrativo de la película es acompasarse, sin excesos eufóricos o melodramáticos a las secuelas inexorables del tiempo. Éxito al que contribuye, en gran medida, el excelente grupo de actores que protagonizan la historia. Es Fonda, como cabeza de cartel, y el resto de los actores del grupo de ancianos —la siempre sobria y efectiva Geraldine Chaplin y los franceses GuyBedos, Claude Rich y Pierre Richard— quienes nos ofrecen una imagen atípica de este segmento de población. Daniel Brühl, en su papel de investigador social, aun siendo un actor competente, en este caso parece sobrepasado por el arrollador ritmo de estos veteranos.