Suelo ser muy optimista al pensar que el tiempo pasado nunca fue mejor. De hecho, solo hay que preguntarse en qué época histórica nos gustaría vivir para ser conscientes de que la historia de la humanidad está más bien llena de sufrimiento, violencia, guerras, explotación, miseria, .., y hasta entrado el siglo XX no conseguimos un acuerdo universal de Derechos Humanos, que nos sirva como una brújula para orientar nuestras acciones individuales y sociales. Y se consiguió tal Declaración después de habernos sumergido en el infierno.

Me gusta la actitud positiva de Rutger Bregman en su libro “Utopía para realistas”. Efectivamente, solo el hecho de ser 8000 millones de personas supone ya un éxito de la especie humana. Crecemos de forma exponencial: somos más y vivimos más.

Sin embargo, inicio este año con la sensación de estar sentada sobre un polvorín.

“Polarización” fue la palabra escogida para significar el año 2023. Un año que acabó con dos guerras que se recrudecen a las que no se ve el final. Resulta sorprendente pensar que, en la época de mayor paz, después de las 2 Guerras Mundiales, se calcula que en el mundo han muerto más de 40 millones de personas en conflictos bélicos; el gasto militar es el mayor de toda la historia; el número de desplazados y refugiados aumenta sobrepasando los 100 millones de personas que deambulan por el mundo buscando un cobijo, ya ni siquiera se plantean un “hogar”; la desigualdad social es la seña de identidad de este siglo; los megáricos ya no viven en la Tierra, tal y como la conocemos los mortales, su “secesión” se produjo hace décadas, y el mundo se les queda pequeño; un planeta, por cierto, cuyas costuras se desgarran y se producen de forma alarmante y vertiginosa fenómenos extremos desde el calor a los terremotos, los volcanes, la furia del mar, …

No obstante, existen muchísimos motivos para la confianza en que todo irá a mejor. Sobre todo, porque el futuro no está escrito, es imprevisible, y el ser humano tiene logos. Como diría Kant, hasta un pueblo de demonios inteligentes prefiere un pacto de Estado que garantice la paz y la justicia.

Lo que ocurre es que no parece darse la ecuación de “demonios inteligentes”. Al menos, no se contempla “inteligencia” en muchas de las acciones, sino más bien soberbia, ambición y mucho odio.

El problema es el “odio” que se está alimentando sin medir bien las consecuencias. Me quedé helada cuando vi la “fiesta de Nochevieja” en las puertas de la sede del PSOE en Ferraz, apaleando un muñeco de Pedro Sánchez. Seguramente no es “delito de odio”, pero sí es una solemne estupidez, un acto lleno de vandalismo y barbarie, y gente que destila mucho odio. Personas encendidas, agresivas, violentas, desmedidas, que confunden la libertad de expresión con insultar al otro. Gente incapaz de controlar “un calentón” verbal o físico. Me preocupa mucho esa actitud, que se alimente el sentimiento de jauría, porque luego son difíciles de frenar.

Imagino que PP y Vox piensan que, si ellos llegan al gobierno, todo ese griterío y violencia social se parará por varias razones, entre ellas, porque ya estarán ellos al frente del poder. Pero, hay que saber que los sentimientos se acentúan, y cuando alimentas odio, se vive de odio. Una espiral de ceguera, de borrachera pasional, de desenfreno nada edificante y muy irracional.

Cuando se me pasó el estupor, me quedé pensando si aquella gente que gritaba e insultaba, no tenía ninguna otra forma mejor de celebrar la Nochevieja. ¡Qué pena! Al final, no dejan de ser marionetas en manos de quienes estarían celebrando a dos carrillos y con buen vino aquella ocasión.

Lo que me más me angustia es la provocación generalizada, la crispación en aumento, el perverso juego que supone la polarización, la extrema derecha hurgando en las miserias, el populismo rampante, la posverdad, …

Señala con acierto Ramón Aymerich, jefe de internacional de la Vanguardia, que el año 2024 será un año excepcional en términos electorales. Casi la mitad de la población irá a las urnas. Se votará en grandes estados como EEUU, como la India o como el Parlamento Europeo. Todo ello, en un ambiente excesivamente caldeado, y no solo por la temperatura del planeta, sino por el agitado ambiente social y político.

En este mapa de la Vanguardia se ve en colores azules los países que celebran elecciones este 2024.

Muchos de ellos con el riesgo de que las democracias se reconviertan en las llamadas “iliberales”, o que ganen aquellos que prefieren destruirlas desde dentro (y ya lo hemos vivido en el siglo XX). Otras elecciones porque ni siquiera son tales, como el caso de Rusia.

Otros muchos países no aparecen en azul porque ni siquiera celebran elecciones.

Decía el siempre citado Antonio Gramsci: «la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados».

Ojalá no crezcan muchos monstruos y solo nos quedemos con las pesadillas.