Aunque nos parezca mucho tiempo, 75 años no son nada si lo comparamos con los muchos siglos precedentes que nos constó elaborar un texto universal que protegiera a todos los seres humanos sin excepción.

Dicho así, parece de sentido común y de una obviedad que cae por su propio peso. Sin embargo, nos constó un largo camino evolutivo cultural, moral y político para llegar a estas conclusiones. Que tampoco están tan claras para muchos países ni para muchas personas que todavía dudan de la eficacia, de la utilidad o incluso de que los Derechos Humanos no sean, ni más ni menos, que un “invento” de Occidente, del que abiertamente hay que discrepar.

Voy a remitirme a algunas reflexiones filosóficas que ha realizado el catedrático de ética (y admirado amigo) Domingo García Marzá, quien exponía algunas ideas que merecen ser difundidas.

En primer lugar, hay que combatir las posiciones escépticas o relativistas que denuncian que los DDHH no sirven para nada, o que bien son ficciones irrealizables, o que son “la piel de cordero” con la que blanquear y ocultar las numerosas barbaries que se siguen cometiendo en el mundo.

En segundo lugar, hay que recordar, con la razón y con el corazón, con el conocimiento y con la emoción, cuál es el origen de su creación y aprobación en 1948. No fue una posición filosófica ni tampoco una cuestión de análisis reflexivo. Surgieron de la propia experiencia y la indignación ante el sufrimiento atroz, bárbaro e indescriptible impartido por el nazismo en la II Guerra Mundial.

Lo vivido en los campos de concentración, la humillación y las salvajadas cometidas con las personas, los experimentos científicos indescriptibles, el dolor y el sufrimiento inenarrable produjeron el ASCO MORAL.

En tercer lugar, con la elaboración de los DDHH aparece por primera vez el concepto DIGNIDAD, que luego ha sido reproducida en todas las constituciones democráticas. Por encima de la libertad y de la igualdad, hay un valor moral superior que es la dignidad, tal y como estableció Kant, cuando determinó que hay cosas que tienen precio y por tanto son equivalentes de ser intercambiadas, pero las personas tienen dignidad por lo que son valiosas por sí mismas. O, como señaló Ortega y Gasset, “los DDHH es la altura moral de nuestro tiempo”.

En cuarto lugar, señala Domingo G Marzá que su legitimidad no está en la firma de los países ni su función consiste en su cumplimiento completo, sino que su valor está en que, gracias a su existencia, podemos saber lo que está bien o mal, lo que es justo o no. Se convierten en una orientación (una idea regulativa) y en una crítica (la concepción de saber valorar las situaciones).

Por tanto, ¿es necesario su cumplimiento y aceptación? Por supuesto. ¿Y si no se cumplen significa que no sirven para nada? Todo lo contrario.

Hemos llegado hasta este momento y, gracias a ellos, podemos juzgar y valorar qué sistema político y/ social es más conveniente y justo, o qué comportamiento individual es más correcto para nuestra convivencia.

Si no existieran, el relativismo moral que algunos proclaman camparía por nuestras sociedades.

Situado ese importante marco ético que configura la imprescindible existencia de los DDHH, hemos de analizar en qué punto estamos. Y no parece que nuestro mundo goce de muy buena salud democrática, sino al contrario.

La guerra en Ucrania, el conflicto entre Israel y Palestina, la desigualdad creciente, la pobreza, la emigración en busca de una oportunidad para vivir, los gobiernos iliberales y/o autárquicos, las dictaduras, el cuestionamiento del Estado de Derecho, la polarización y la posverdad, el poder en manos de un grupo de tecnológicas, el dinero obsceno incluso ilegal que sigue traficando con personas, ….

Como dice el ex embajador de España en la Unesco, Andrés Perelló, “no solo resulta incomprensible sino resulta obsceno que haya personas que, sentadas delante de un ordenador, ganen dinero que no podrán gastar en 700 vidas, mientras que existen seres humanos que mueren de hambre” durante el rato que yo escribo este artículo.

No obstante, lo ocurrido en la última reunión de Naciones Unidas con el veto de EEUU a frenar los ataques de Israel sobre el pueblo palestino nos obliga a parar un momento y exigir unas instituciones que puedan dar mejor respuesta, más eficaz, a lo que está sucediendo.

Debe plantearse seriamente la ineficacia de Naciones Unidades. Urge su replanteamiento y su refundación. Urge adecuar esta institución al nuevo siglo: hacerla más democrática y eliminar los vetos que bloquean sus actuaciones.

Al mismo tiempo, la ciudadanía democrática, la que no nos resignamos y no queremos dejar caer los brazos ni volver a la nostalgia de un pasado que nunca fue mejor, debemos denunciar las injusticias, no dejarnos llevar por “cantos mesiánicos” de iluminados que gritan e insultan, capaces de demoler la democracia desde dentro, porque algo hemos aprendido de la historia pasada.

A la juventud no se le puede extrapolar “hacia atrás”, enviar al pasado. Cada generación tiene sus propios problemas y su propio sufrimiento. Pero deben ser conscientes de que no se pueden malograr las buenas oportunidades. La creación de la Declaración de los Derechos Humanos no es papel mojado, no es una ficción. Es el mejor instrumento ético y jurídico del que disponemos para llamarnos “seres humanos”.