El 8 de marzo es un día reivindicativo por los derechos de la mujer que conlleva una gran responsabilidad, no solo en la defensa de los derechos de igualdad de género, sino también en la búsqueda de una visión diferente para la solución a la complejidad de nuestro mundo

El pasado 8 de marzo del 2021, la ONU escogió como lema “Por un futuro igualitario en el mundo del Covid-19”. Una forma de homenajear los esfuerzos realizados por las mujeres de todo el mundo en el intento de luchar contra la pandemia: desde sus labores profesionales como las sanitarias, sus investigaciones científicas, sus creaciones artísticas, el cuidado de la familia, desde cada una de sus ocupaciones y actuaciones.

El compromiso de este 2022 se centra en el contexto de la crisis climática y la reducción del riesgo de desastres, uno de los mayores desafíos mundiales del siglo XXI.

Sin embargo, sobre cualquier reivindicación, hay una que nunca puede faltar y que debe ser congénita de la mujer: la paz. Por eso, hoy quiero reivindicar una palabra nueva: PAZMONÍA, “el derecho de las madres a que sus hijos no vayan a la guerra”.

En el III Milenio a.C, la escritura cuneiforme, una de las formas más antiguas de expresión escrita que proviene de Sumeria, considerada la primera civilización del mundo, nos dejó sobre arcilla la palabra Ama-gi. Esta palabra sumeria expresa “la manumisión de los esclavos” que, en la antigua Roma, significó el proceso para liberar a un esclavo y convertirse en “liberto”, libre, hijo de la Libertad, la traducción literal significa “retorno a la madre”.

Libertad que hoy defiende Ucrania ante nuestra atónica mirada y la soberbia locura dictatorial y fanática de Putin.

No ha existido época ni nación ni religión en la que el hombre no haya conquistado el poder con las armas de la guerra y del abuso, de la desigualdad y el sufrimiento, de la esclavitud y la crueldad sobre el “otro”. Toda sociedad construye cárceles, manipula mentes, estruja corazones, mediatiza deseos, impone condiciones, destruye vidas. Los hombres construyen su ambición sobre la opresión de sus hermanos.

Y el juego del poder y la sumisión se ha consolidado culturalmente, a través de las religiones, la filosofía, la política, la economía o la educación en el rol de los papeles del hombre y la mujer.

En cambio, cuando se persigue la utopía, se piensa en la Libertad guiando al pueblo, bajo la potente imagen de una mujer con los pechos descubiertos, una alegoría de Afrodita la diosa griega del amor, o Niké la diosa de la Victoria.

Aquellos hombres ilustrados que proclamaban libertad, sufragio universal, derechos de igualdad, se olvidaron de sus mujeres, sus compañeras, sus hijas o a sus madres. ¿Acaso los hombres tuvieron en cuenta la “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadanía”? Escrita en 1791 por Olympe de Gouges, juzgada y guillotinada. Como también podemos firmar la “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792), escrito por Mary Wollstonecraft, quien argumentó que las mujeres no son por naturaleza inferiores al hombre, sino que no reciben la misma educación. Así lo defendió una pionera del feminismo y de la clase obrera, Flora Tristán, quien, en su obra póstuma de 1846, reclamó el mismo acceso a la educación para mujeres y hombres, y una situación igualitaria dentro del matrimonio.

La educación que defendió Hipatia, desde la Academia de Platón o el Liceo de Aristóteles, maestra griega, sobresaliente en matemáticas y astronomía, pionera de las científicas, asesinada por una turba de intolerantes cristianos. También Fátima Al-Fihri, quien fundó la primera universidad del mundo, todavía operativa, en el año 859: la Universidad de Qarawiyyin en Fez.

La defensa de los derechos de libertad e igualdad es lo que consideró Harriet Beecher Stowe, cuando publicó la novela “La cabaña del tío Tom” (1852), un alegato contra la maldad y la inmoralidad de la esclavitud, en un país y una época donde los esclavos negros eran considerados como bestias. Seguro que Eleanor Roosevelt la tuvo en consideración en la Asamblea General de las Naciones Unidas en su defensa por los derechos humanos.

Abrir camino a la libertad e igualdad de las mujeres es un camino difícil. Huda Sha’arawi, pionera del movimiento feminista egipcio y árabe, protagonizó el primer acto que se recuerda en el mundo musulmán en 1923 cuando decidió arrancarse públicamente el velo. Y Julieta Lanteri fue la primera mujer que pudo votar en Latinoamérica, en 1911, por un error en el llamamiento al censo, al que ella hábil e inteligente supo acogerse. Con inteligencia, palabras y razón, Clara Campoamor abogó en pro del sufragio femenino. O María Cambrils escribió su ensayo “Feminismo Socialista”, cuatro años antes de “Una habitación propia” de la feminista Virginia Woolf. A la que hay que sumar a otra gran pensadora Simone de Beavoir y su gran obra “El segundo sexo”.

Carmen de Burgos luchó por la supresión de las leyes sexistas y la defensa del aborto. Como lo hizo Margaret Sanger, que abrió en Nueva York en 1916 la primera clínica de planificación familiar del mundo. O Concepción Arenal que dedicó su vida a la reforma penal y la defensa de los derechos de la mujer. Como Mercedes Formica, quien consiguió en plena España franquista, que el asesinato machista dentro del matrimonio se considerara como homicidio.

Carmen Conde, al ser nombrada la primera mujer académica de número de la Real Academia Española, declaró: “Vuestra noble decisión pone fin a una tan injusta como vetusta discriminación literaria”.

Es un buen momento para hacer balance. Muchos son los logros: leyes, alianza social contra la violencia de género, visibilidad y recuperación de las mujeres, perspectiva de género, representación de la mujer en la vida pública. … De todos los logros, hay dos que me parece esenciales.

  • Todo lo que hemos aprendido. Hemos aprendido de derecho, de historia, de arte, de filosofía, … hemos aprendido entre todas y con todas, hemos recuperado gran parte de nuestra memoria como mujeres. Se han hecho visibles muchos nombres desconocidos. Hemos hecho un diccionario propio, hemos reconstruido la memoria olvidada y silenciada, nos hemos reescrito a nosotras mismas. Nos hemos hecho más fuertes.
  • La complicidad. Hemos cambiado la imagen sobre la mujer culturalmente impuesta. que nos mostraba como desconfiadas, retraídas, atomizadas. Hoy reconocemos públicamente nuestras valías, las defendemos con orgullo, nos sentimos parte de un todo, generamos sinergias mutuas, nos ayudamos y nos queremos.

El conocimiento y la complicidad son nuestros grandes logros. El feminismo es humanismo, universalista, profundamente democrático, normativo y no relativista. No luchamos por unas, sino por todas, no se tolera la exclusión de derechos para nadie, no se fundamenta en deseos sino de derechos (que no es lo mismo y no es igual).

Y lo remarco porque los logros son muchos, pero los riesgos también. Y muchos riesgos provienen de las exigencias de convertir los deseos en derechos.

Sigue existiendo la violencia de género, el tráfico de mujeres y niñas, la prostitución y la explotación sexual, la vulneración de derechos, el matrimonio infantil, la mutilación genital, el encierro bajo un burka. Pero también nuevas formas de mercantilización que se producen en una economía capitalista donde todo se compra y se vende, donde todo tiene un precio, incluido el cuerpo de la mujer. Ejemplos de estos nuevos fenómenos son los vientres de alquiler o el llamado “sugardadismo”.

Sigue estando presente el “techo de cristal”. Según la ONU, menos de la mitad de mujeres del mundo están empleadas, porque la obligación sigue siendo hacerse cargo de la casa, una cifra estancada desde hace 25 años. No hacen falta informes para ver las actitudes atávicas como las del ministro de Uganda negándole el saludo a la Presidenta de la Comisión Europea.

Y, si el techo de cristal solo se ha quebrado, más me preocupa que el suelo es movible y puede hundirse. Vivimos una involución debido a la agresividad de la ultraderecha, las fake news, la confusión entre sexo y género o la crueldad del fanatismo religioso. Elementos diversos que conviven en el mismo tiempo histórico.

La creciente confusión en el significado de principios básicos de igualdad y libertad hace que se extienda una bruma de incomunicación y polarización. Igualdad se opone a desigualdad y no a la diferencia; en cambio, existe una búsqueda obsesiva por la identidad que construye burbujas que funcionan como excluyentes. Se busca reunirse exclusivamente con aquellas personas con las que se comparte ideología, religión, color de piel, nacionalidad, …. Por otra parte, Libertad no es hacer ni decir lo que nos dé la gana sin medir las consecuencias. Ser libre es disponer de la condición de ciudadanía, y eso exige una corresponsabilidad social, una defensa personal del espacio público y del bien común.

Gritamos más y nos oímos menos. Nos insultamos más y en cambio dialogamos menos. Se cierran los espacios de reflexión y diálogo mientras prolifera el ruido bruto y sucio.

Esto no es una guerra entre hombres y mujeres. Es trabajar entre todos y todas por modificar un sistema de dominación cultural del hombre sobre la mujer.

 

Fotografía: Carmen Barrios