El refrán español «no hay mal que por bien no venga» puede aplicarse al renacer del activismo científico, que ni siquiera en la época de los recortes ha sido intenso ni unánime, porque ni todos los países, ni siquiera las regiones, reaccionaron igual ante la austeridad impuesta respecto a la inversión en ciencia y tecnología. Este movimiento ha vuelto a situarse en la actualidad, incluso a nivel global, por mor del acceso de Trump a la presidencia de Estados Unidos. Esta posición, evidentemente resultado de la vía democrática, ha generado una situación de notable preocupación por la incertidumbre que se deriva de las estrategias expuestas y de las políticas propuestas.

No debemos olvidar que en Estados Unidos la responsabilidad de la política científica reside en el Presidente de la nación con el apoyo de un asesor (Director of the Office of Science and Technology), una personalidad generalmente de altura científica y/o tecnológica, mientras que los presupuestos salen de la oficina del Presidente. Ahora un personaje aparentemente contradictorio y sin duda sorprendente como Trump está al frente de esta responsabilidad, y se están barajando como director de la Oficina dos candidatos que suscitan zozobra. La revista The Scientist, un periódico online sobre ciencia, sus políticas y con especial énfasis en las ciencias de la vida, está tratando este asunto de política científica en profundidad, y ha traído a la palestra dos nombres para el puesto. Son: William Happer, físico de Princeton, y David Gelernter, experto en ciencias de la computación de Yale. Ambos han sido entrevistados por Bob Grant, redactor de la revista, en cuyo número del 6 febrero de 2017 se ha publicado el reportaje.

La entrevista con Galernter, que abre el número, no tiene desperdicio, ya que la primera impresión que uno saca es que se trata de una persona abierta, claramente convencida de su conservadurismo político y del importante papel que va desempeñar el presidente Trump. Según mi criterio, Bob Grant conduce la entrevista con pericia y aprovecha la sinceridad (¿ingenuidad?) del entrevistado para que dé cuenta de la reunión que sostuvo con Trump antes de tomar posesión, con la presencia de dos asesores del presidente: Peter Thiel —el más joven de los asesores ajenos a la familia de Trump, además de contarse entre los inversores con más éxito en tecnologías de la comunicación, introducir el Paypal y resultar controvertido en Silicon Valley por la forma de exponer sus planes, que cabe resumir en la frase «No creo que democracia y libertad sean compatibles», se autocalifica como libertario y, por tanto, defensor del individualismo frente al Estado— y el súper conocido Steve Bannon, el polémico periodista y publicista, escogido como asesor estratégico del nuevo presidente.

En resumen, de la entrevista mantenida con Gelernter, en la que se detecta por parte del entrevistado una mezcla de ingenuidad, transparencia y prudencia coyuntural, y en la que usa un lenguaje coloquial —de hecho recurre al término «guys» (tipos, individuos) para referirse a las personas con las que mantuvo la reunión—, cabe extraer que una gran prioridad para el equipo de Trump es «la seguridad nacional». El entrevistado matiza, ante las preguntas del periodista, que esto no se hizo explícito como tal, pero resultaba claro del contexto de la conversación y para Gelernter no fue una sorpresa. Los intereses declarados por parte del aspirante a dirigir la Oficina para la Ciencia y la Tecnología son: la física, las neurociencias, el cerebro, la psicología humana, así como la computación y las redes. Ante la pregunta, obligada, sobre el cambio climático, Gelernter inicia el ejercicio de prudente hipocresía que no deja de transmitirse a lo largo de la entrevista. Como puntos destacados se pueden subrayar que «el clima obviamente cambia, pero no creo en el efecto de la acción del hombre», que «nunca va a pensar que Trump sea un ignorante y cuestionarlo por ello porque, aunque no provenga de Harvard, no lo es»; que «comprende que Trump tenga otras prioridades antes que la política de la ciencia»; y que «el activismo científico para él es un episodio de los dibujos de “The Looney Tunes Show”, la introducción de locos, chiflados en los dibujos animados». Respecto a su posición ante el decreto («executive order») sobre la inmigración, lo que expresa Gelernter es lo más razonable de lo que declara en la entrevista para quien escribe estas líneas, ya que, además de invocar a los derechos humanos, al evocar en su respuesta la importancia de los inmigrantes en el desarrollo de la ciencia y la tecnología estadounidense, se atisba racionalidad científica.

La revista The Scientist recoge, con los debidos controles, comentarios («posts») a los artículos que publica, aunque no siempre se incluyen. En este caso se recogen dos: uno donde se «advierte que el entrevistado (Galernter) conoce la situación con respecto a la ciencia, las escuelas de grado y los estudiantes extranjeros, mientras que espera que capte pronto el estado de la ciencia sobre el cambio climático antropogénico y que, a pesar de los meandros de la política, parece que es un defensor de la ciencia estadounidense, la ingeniería y las matemáticas». El segundo comentario, mucho más rudo, señala que este individuo (retoma el término «guy» que Gelernter emplea) «no tiene conocimiento alguno sobre las ciencias biológicas». Asimismo este comentarista manifiesta «posiciones muy críticas hacia personas que lleguen al poder (¿con relación a la ciencia?) con fuertes cargas ideológicas y filosóficas».

La entrevista al segundo aspirante, William Happer, realizada también por Bob Grant y publicada como ya se ha dicho en el mismo número online de 6 de febrero, es bastante más conservadora en el fondo y la forma. Tiene un origen más directo, puesto que nace de una reunión entre el aspirante y Trump, sustentada en conexiones anteriores. Como Happer está reconocido como uno de los negacionistas del cambio climático más prominentes —por lo que es también de los más criticados por los cultivadores de las ciencias del clima—, la entrevista se concentra mucho sobre esta temática, sobre la que Bob Grant formula cuestiones que pretenden comprometer al entrevistado. Happer mantiene las formas según los patrones de alguien que no oculta su conservadurismo, a la par que se muestra prudente y conocedor del sistema científico y tecnológico estadounidense. También considera lógico que la ciencia no sea una prioridad para los presidentes —no personifica esta afirmación en el actual—, lo cual es una verdad a medias y que sugiere que conoce poco la historia de la política científica en Estados Unidos, en la que bastantes presidentes han apostado por esta prioridad desde Franklin Delano Roosevelt a Barack Obama pasando por Reagan, Nixon y Bush.

El tuit que puso en acción una Marcha por la Ciencia. La importancia de las redes sociales

La Asociación Americana para el Avance de las Ciencias (AAAS , en sus siglas del inglés) y la revista Science, que es su órgano para la diseminación de la ciencia de excelencia y está entre las dos más importantes del ámbito multidisciplinar, ha publicado (vol. 355, número 6325, págs. 556-557) un artículo, del que es autora Lindzi Wessel, con el título “From a tweet, a March for Science is born” (“A partir de un tuit, ha nacido una marcha por la ciencia”). El artículo describe como un tuit lanzado el mes de enero por Caroline Weinberg, una educadora en salud pública y escritora científica en New York City, en los siguientes términos “Hell hath no fury like a scientist silenced” (No hay mayor peligro que un científico silenciado), ha generado un gran movimiento social. A consecuencia de los temores percibidos sobre el impacto que la Administración Trump puede tener sobre los científicos y su actividad —por cierto lo que antecede en estas líneas es una pequeña muestra— Weinberg lanzaba en el tuit la idea de una Marcha por la Ciencia. Con esa propuesta la fuerza de las redes sociales ha conseguido atraer el interés de un grupo de científicos jóvenes, posdoctorales y estudiantes de doctorado, es decir la fuerza joven e indispensable para el desarrollo científico.

El debate científico en dichas redes empezó inmediatamente, como L. Wessel muestra en su artículo. Se configuró un trio de organizadores compuesto por Weinberg, Jonathan Berman, un postdoctoral de la Universidad de Texas (Centro de Ciencias de la Salud), que trabaja sobre hipertensión, y Valerie Aquino, una estudiante de doctorado en antropología de la Universidad de Nuevo México (Albuquerque), que puso en marcha desde las redes sociales la idea de una manifestación en Washington, DC, el 22 de abril de 2017, y que debía propagarse por 100 ciudades y, en lo posible, extendidas por todo el mundo. Según Science, pronto contaron con 300.000 seguidores y con un grupo secreto de Facebook con 800.000 integrantes. La propuesta del trio establecía además que esa iniciativa “no sería solo para científicos sino para cualquiera que crea en la ciencia empírica”, en los conocimientos científicos apostillaría yo. Añadían que (la demostración) “debía ser como celebración de la ciencia” así como “una llamada para apoyar, salvaguardar a la comunidad científica”.

La mencionada revista The Scientist está haciendo, desde principios de febrero, un intenso e interesante seguimiento del proceso. El 2 de febrero, Diana Kwon publicaba un reportaje con el título interrogativo “Will a March help Science?” (¿Ayudará una manifestación a la ciencia? ), en el que se trataba de recoger las opiniones críticas que se habían producido por científicos de diversas disciplinas e instituciones bien previamente como en un artículo de opinión aparecido en New York Times por un geólogo marino de la Universidad de Carolona Oeste o recogidos expresamente para el artículo de The Scientist, como los del conocido psicólogo de Harvard Steven Pinker o un biólogo evolutivo John Coyne de la Universidad de Chicago, que se posicionaban con actitudes conservadoras y elitistas de la ciencia en el sentido de expresar temores acerca de la “politización de la ciencia“ o para temer “la interpretación política errónea de estas acciones de movilización“. A los comentarios en pro y en contra recogidos en el cuerpo del artículo de D. Kwon, se unía casi una veintena de comentarios (rara vez he visto tantos en un artículo de esta revista) con una amplia muestra de opiniones para configurar un muy serio y respetable debate con alguna excepción que permite el anonimato de las redes sociales. A título ilustrativo recojo dos: el de uno que firma como “True Scientist” ( “Verdadero Científico” ) que aparecía como su primer “post” en la revista y que, en largo comentario, acusaba a los activistas en pro de la Marcha de : “ personas con mucho tiempo libre con las manos ociosas y sentados en sus despachos pagados por grants ( me permito explicar el concepto que es la base de la política científica moderna , se trata de “ ayudas para financiación de proyectos obtenidos en concursos competitivos) con generoso salarios fantaseando sobre un presunto cambio climático y temas similares”. A ello respondía alguien que también “posteaba” por primera vez con la firma ”Issan”, quien con brevedad y sustancia, señalaba que” Quien firma como “verdadero científico” no parece ser alguien de los que el mismo (des) califica del modo que hace en su comentario”. Desde mi punto de vista, este “científico verdadero” es cuando menos un profundo ignorante de lo que son la filosofía, la sociología y la política de la ciencia.

En esa campaña de seguimiento del proceso, The Scientist ha publicado en los dos primeros días de febrero varios artículos recogiendo las reacciones de la comunidad científica y tecnológica ante el primer Decreto (“Executive order”) de Inmigración. Esta regulación, que de forma temporal prohibía la entrada en Estados Unidos a inmigrantes y refugiados de una serie de países, suscitó una importante reacción de laboratorios y organizaciones científicas como la Organización Europea de Biología Molecular (EMBO, en sus siglas en inglés) y de la comunidad científica norteamericana agrupada en más de 150 sociedades científicas que han pedido a Trump la rescisión de dicha orden ejecutiva. También se han registrado reacciones en contra por algunas importantes compañías tecnológicas.

En relación con la Marcha, The Scientist ha recogido en el número de 13 de febrero un mapa interactivo sobre la situación de las ciudades que apuestan por la iniciativa. Mientras que el 20 de febrero se publica un nuevo artículo de Diana Kwon con el título “Marching for Science, from Berlin to Sydney”  (Manifestándose por la ciencia desde Berlín a Sydney), en el que se presentan los comentarios sobre los objetivos de las manifestaciones satélites que persiguen mostrar la solidaridad con los científicos de USA y subrayar las cuestiones que preocupan en diversos países donde se van a celebrar. Lo que es interesante, y no sé si preocupante es que los comentarios externos recogidos –cinco, de los cuales uno corresponde a “True Scientist”-, son críticos con el activismo. Hay sin embargo diferencias en esas críticas, ya que algunos hasta evocan temas de filosofía o sociología de la ciencia. Pero parece que esos cinco comentaristas están a favor de Trump o son de esos conservadores que “quieren separar ciencia (la pura) y política (la impura) y acusan a los activistas de tener una agenda política”

Por parte europea, hay que destacar que EuroScientist, un movimiento colaborativo , que entre sus objetivos busca expresar y recoger las relaciones entre la ciencia y la sociedad y sigue en gran parte las estrategias de la ciencia responsable (Responsible Research,) que atraviesa las aproximaciones sociales y éticas de los programas europeos sobre estas cuestiones, se ha unido a la idea de la Marcha por la Ciencia y con tal motivo, ha hecho además, pública la “Declaración de Bruselas” como iniciativa crítica, de abajo hacia arriba ,acerca de cómo la evidencia científica se utiliza para informar las políticas sobre cuestiones relacionadas con la ciencia y la sociedad.

Toda esta reemergencia del activismo científico me ha conducido a situarme en el instante de los lamentos por ausencia de conocimientos, científicos en sentido amplio, como el título de este artículo apunta. Personalmente, soy el primero en lamentar mi incapacidad, por limitaciones de edad, interés y conocimientos, para entender las redes sociales. Soy proclive a la reflexión y cuando algo me preocupa no puedo escribir solo un tuit o un pequeño conjunto de ellos.

Tales capacidades están en las mentes y manos de los jóvenes pero también me asaltan preocupaciones sobre los fines para que se utilicen. Sin embargo hay que reconocer que la iniciativa de la Marcha por la Ciencia que glosamos es para mí oportuna y valiente, y envidio sanamente los resultados.

Pero ante todo, a partir de lo que hemos escrito en estas líneas, los lamentos me conducen, y me gustaría que asimimo llevaran a los ciudadanos, a pensar en la gravedad que supone la toma de decisiones por quienes carecen de conocimientos y las toman con rapidez y con tuits y cuyas consecuencias pueden cambiar, ¿destruir?, el mundo construido por la hibridación entre libertad, democracia y sostenibilidad social.