Autor: Antonio Serrano

MALOS TIEMPOS PARA EL TERRITORIO

En las dos últimas semanas han acontecido cambios significativos –y nada esperanzadores- en factores que necesariamente tienen consecuencias territoriales. El primero de ellos se refiere a la aprobación de la revisión de la Agenda Territorial Europea (ATE2020), bajo la presidencia húngara de la UE, el pasado 19 de mayo. El segundo grupo se refiere a los asociados a la modificaciones esperables en las políticas territoriales de la mayoría de Comunidades Autónomas y municipios, ante los resultados de las elecciones del 22 de mayo en España. El último, al incremento de las emisiones globales de CO2 en 2010, que muestra la práctica imposibilidad de que el cambio climático se reduzca por debajo del incremento de los 2ºC para finales de siglo y el riesgo de que llegue a superar los 4ºC con consecuencias absolutamente impredecibles.

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¿ES POSIBLE UN TURISMO CON EMPLEO ESTABLE Y REALMENTE SOSTENIBLE, TERRITORIAL Y AMBIENTALMENTE?

Cabe poca duda de que el paro es el principal problema nacional, que, además, aunque con intensidad moderada, sigue manteniendo una tendencia desestacionalizada al alza, acercándose a las emblemáticas cifras de los cinco millones de parados, 21% de la población activa total, y superando el 45% de parados en los menores de 24 años. Esta evolución del paro ha venido muy ligada a la de actividades directamente relacionadas con la transformación territorial de España: el urbanismo, la construcción de infraestructuras y viviendas, el automóvil y el turismo. Las cuatro primeras siguen registrando pérdidas de empleo, pero el turismo registra cambios que permitirían aprovechar el repunte para afrontar las modificaciones que exige el sector, tanto desde su perspectiva estructural como desde la necesidad de mejorar su sostenibilidad ambiental y territorial.

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NATURALEZA Y SALUD

España posee del orden del 5% de su territorio “artificializado” por urbanizaciones o infraestructuras y un 8% adicional en peligro de ser “artificializado” por ellas en los próximos diez años; en total un 13% de su superficie, frente a cerca de un 28% que, tras la aprobación de la Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, puede considerarse aceptablemente protegida contra la señalada ocupación y que, en teoría, debería destinarse a la conservación y puesta en valor sostenible de la biodiversidad y de los ecosistemas presentes en la misma; aunque sólo del orden del 0,7% de la superficie española deba dedicarse estricta y prioritariamente a la conservación (Ley 5/2007 de la Red de Parques Nacionales) y el 27,3% restante admita, en grado diverso, utilizaciones compatibles con la conservación de los ecosistemas.

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¿QUÉ PASA CON NUESTRAS COSTAS?

El territorio tiene una gran inercia en la configuración de sus paisajes. Sólo la naturaleza, con catástrofes como la que ha desolado Japón, tiene capacidad de grandes y rápidas transformaciones de nuestro entorno. Afortunadamente, el período de recurrencia de estas catástrofes (el tiempo medio que es previsible que transcurra entre una y otra) es muy dilatado y la probabilidad de que países como España sufran un fenómeno como el registrado en Japón es muy reducida, aunque no imposible. El famoso terremoto de Lisboa de hace dos siglos y medio es un ejemplo no único de la existencia de esa probabilidad.

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AGUA Y TERRITORIO. UTOPÍAS Y REALIDADES

Hablar de la relación entre agua y territorio es hablar de la historia de la humanidad. La persona necesita el recurso hídrico para sobrevivir y desde el comienzo de su estancia en la tierra su cercanía al agua para beber ha sido un condicionante intrínseco de su localización en el territorio. Sin embargo, a medida que la tecnología y la ingeniería hídrica progresa, la relación entre asentamiento y recurso hídrico empieza a ser más flexible y la dependencia del agua cercana menos relevante. En el siglo XXI dicha dependencia es prácticamente inexistente en países como España, pero, en el mundo, muchos millones de personas no tienen acceso a un agua potable de calidad y, en muchos países, el agua sigue siendo un instrumento militar y de sometimiento. Adicionalmente, el agua ha adquirido otras connotaciones ambientales, económicas y sociales, que hacen que siga siendo uno de los problemas más significativos para España y para la humanidad (a escala planetaria, las demandas de agua se han más que triplicado desde 1950, creciendo más que proporcionalmente al fuerte incremento de la población).

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