El 22 de abril, 48º aniversario del Día de la Madre Tierra, Naciones Unidas nos recordaba que el Planeta y sus ecosistemas nos dan la vida y el sustento, así como la necesidad imperiosa de alcanzar un equilibrio justo entre las necesidades económicas, sociales y medioambientales de las generaciones presentes y futuras, si queremos avanzar hacia un mundo justo y en paz. En paralelo, y con referencia a este día, hay que celebrar que distintas publicaciones y organizaciones utilicen el mismo para publicar manifiestos o documentos -como la buena síntesis de El País en colaboración con la FAO sobre el Estado del Planeta- que son de agradecer en la medida en que ayudan a que la población tome conciencia de los graves riesgos que progresivamente vamos asumiendo. Pero que, desgraciadamente, no siempre dejan claro cuál es la raíz de los problemas: es decir, cuáles son las causas y los causantes sin cuya remoción o neutralización es prácticamente imposible frenar o revertir la situación de deterioro se nuestro Planeta.

Situación de deterioro y riesgos incrementales que afectan a la Madre Tierra a los que nos referimos sistemáticamente en esta Sección, cuando aparecen nuevos datos o informaciones solventes sobre los mismos. Y, en concreto, hay que destacar, aunque no sólo, dos aspectos fundamentales de estos riesgos y sus causas, claramente interrelacionados entre sí. La principal causa/amenaza está asociada a una población mundial en fuerte crecimiento que se produce conjuntamente con unos niveles de consumo medios per cápita crecientes, en una sociedad en la que el mantenimiento de esos niveles medios de consumo crecientes es la base de la acumulación capitalista que gobierna la dinámica socioeconómica global.

No es un problema maltusiano, de incremento más rápido de la población respecto a los recursos disponibles (que también puede llegar a serlo), sino un problema fundamentalmente de relaciones socioeconómicas de producción. Hay recursos suficientes en el Planeta para que, con los actuales niveles de producción y de capacidades tecnológicas existentes, se pudieran satisfacer de una forma sostenible, ambiental y socioeconómicamente, las necesidades de la población existente y previsible a medio plazo. Pero el que la prioridad en la inmensa mayoría de los gobiernos del Planeta sea la acumulación privada de capital asociada al beneficio privado individual, acrecienta los niveles de desigualdad y tiene unos efectos sobre la Madre Tierra (externalidades negativas) crecientes, entre las que destaca –por su creciente inminencia- la gravedad de un calentamiento global progresivo, cuya magnitud constituye una amenaza sin precedentes para el Planeta y para los humanos que lo poblamos.

En todo caso, este día de la Madre Tierra es una buena oportunidad para pasar revista a la situación de nuestro Planeta desde la perspectiva de distintos grupos de Indicadores que nos muestran el estado del mismo, sin olvidar que la naturaleza y sus ecosistemas existen en gran parte al margen de la actividad humana y, en numerosas ocasiones pese a ella.

Una primera referencia necesaria a su “estado” tiene que ver con conceptos sintéticos integradores de la relación del ser humano con la naturaleza, como son los de “biocapacidad” y “huella ecológica”, conceptos también desarrollados en artículos anteriores de esta sección. En este sentido, los últimos datos publicados por Global Footprint Network nos señalan que en el último año para el que se disponen de cálculos -año 2013- la tierra consumía y contaminaba del orden de 1,7 veces sus capacidades de producción y regeneración sostenible del metabolismo humano (relación huella ecológica respecto a biocapacidad), lo que implica una carga difícil de soportar a medio plazo por el propio Planeta, dada la tendencia constante a su empeoramiento año tras año (y ello pese a las pequeñas mejoras en los años de crisis) tal y como se aprecia en la Figura siguiente. Y en España la consideración de esa relación lleva a resultados más preocupantes, ya que el indicador de insostenibilidad, con el mismo proceso de cálculo, se situaba en 2,4 para dicho año 2013. Indicadores que desde 2013 han evolucionado muy negativamente para el Planeta con la recuperación del crecimiento económico mundial y el consiguiente consumo global y energético, aunque todavía no hayamos calculado con exactitud su magnitud.

Porque, como efectivamente se aprecia en la Figura, el carbón emitido por consumos –fundamentalmente energéticos- es el principal elemento que lleva a una huella ecológica muy por encima de la biocapacidad el Planeta. Y dicho consumo está íntimamente asociado a las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que están en la base del Calentamiento Global y Cambio climático asociado al mismo. Fenómenos que para el conjunto del Planeta –y en particular para España- están incrementando ya –y previsiblemente incrementarán en mucha mayor medida- la frecuencia e incidencia de procesos climáticos extremos, con efectos progresivamente más graves tanto sobre costas y áreas de inundación como sobre la problemática hídrica –sequías, contaminación hídrica, sobreexplotación de acuíferos, etc.- y su incidencia en los ecosistemas y en la biodiversidad, que son parte fundamental del Patrimonio Natural (zonas húmedas y áridas, de forma muy destacada) que nos aporta la Madre Tierra y sobre el que se basa la propia existencia de la Vida.

Ya recogimos en esta Sección (enero de 2018) que el Global Risk 2018 destacaba que los Riesgos relacionados con el medio ambiente tienen una posición preeminente (de los diez Riesgos más significativos para los próximos diez años, seis tienen carácter ambiental) tanto por su probabilidad de ocurrencia como por la gravedad previsible de sus efectos sobre el Planeta, así como por su fuerte relación con las tendencias de generación de migraciones y de conflictos geoestratégicos. Destacaban los Riesgos de Sucesos climáticos extremos, los Desastres naturales, los Fallos en los procesos de adaptación al Cambio Climático, los Desastres ambientales producidos por el hombre, las Crisis hídricas, o el Colapso de ecosistemas y la pérdida de biodiversidad (consecuencias irreversibles de las pérdidas de recursos naturales y de biodiversidad para la humanidad o para el sistema productivo: pesca, sistema forestal, farmacia, etc.), mostrando su preocupación por la existencia de riesgos disruptivos y dramáticos que pueden causar un deterioro rápido e irreversible en los sistemas en los que confiamos, conduciendo a un colapso global o a una transición abrupta que nos lleve a un estado “subóptimo” para el conjunto de la Humanidad.

De hecho, los datos más actuales existentes a nivel global muestran que las desigualdades socioeconómicas y ecológicas han aumentado en los últimos 20 años, a la vez que en el Planeta se han superado ya tres de sus nueve principales limites biofísicos -los relativos al equilibrio climático, la pérdida de biodiversidad y el ciclo del nitrógeno- acercándonos peligrosamente a puntos de no retorno. Muchos aspectos del bienestar de la población, actual y futura, se están viendo negativamente afectados por el progresivo proceso de degradación que están experimentando los elementos del Patrimonio territorial y, entre otros, los servicios de los ecosistemas. Mientras que algunos aspectos del bienestar social han mejorado, muchos otros, a veces más intangibles -como las relaciones sociales, el bienestar psicológico, o la salud por motivos de la contaminación o los golpes de calor en zonas urbanas, por ejemplo- se han visto negativamente afectados. Las aproximaciones economicistas al bienestar humano, basadas en el nivel de vida, continúan induciendo estilos de vida poco sostenibles en términos socioecológicos que llevan a sobrepasar claramente los límites biofísicos del Planeta.

No obstante, hoy por hoy siguen existiendo posiciones divergentes ante la valoración de la evolución de la Madre Tierra y de los ciudadanos que la habitamos. El Banco Mundial acaba de publicar The Changing Wealth of Nations 2018: Building a Sustainable Future, donde predomina una visión claramente optimista, no sólo de lo que ha sido la evolución 1995-2014 de la Riqueza Global, sino que muestra una clara visión optimista sobre el futuro que potencialmente tenemos ante nosotros. Y no es el único Informe de este año 2018 con esta visión optimista, destacando al respecto algunos de los que recogen los avances registrados en el cumplimiento de los 17 Objetivos y 169 subobjetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de Naciones Unidas.

Pero las referencias a estos documentos y a sus conclusiones necesariamente han de dejarse para próximos artículos, siendo pertinente hoy, en conmemoración del Día de la Madre Tierra, dejar en el aire la pregunta: ¿hasta cuándo la sociedad humana podrá tensionar la capacidad ecológica del Planeta sin conducir a rupturas catastróficas?

Por ahora no existe respuesta, pero el Calentamiento Global (y no sólo él) es una de las primeras consecuencias de la insostenibilidad del modelo global de desarrollo predominante al que no se está poniendo coto. Lo que debería llevar al convencimiento social de la necesidad de que nuestros políticos pasen a defender los intereses de la mayoría de la población, actual y futura, propiciando el cambio del modelo de sociedad capitalista de consumo por líneas de actuación alternativas, que son viables ya en la actualidad. Y es evidente que en España, al margen de las necesarias políticas ambientales de mitigación y adaptación al cambio climático, a las crisis hídricas, y al colapso de los ecosistemas y de la biodiversidad, sobre las que tan poco y mal ha actuado el Gobierno del PP, es imprescindible una nueva política que prevenga los efectos más negativos de estos riesgos sobre las costas –y por lo tanto el turismo- el balance hídrico, el sector primario y los ecosistemas, aprovechando al máximo la puesta en valor e internalización de sus servicios. No es ésta la línea que hay sobre la Mesa en las políticas del partido en el Gobierno, ni en el apoyo que el Partido Popular, Ciudadanos, el PNV y el PDeCat están dando, por ejemplo, a la modificación de la Ley 42/2007, de 13 de diciembre, del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, priorizando intereses económicos particulares sobre los intereses generales del país y de nuestro Patrimonio Natural; ni en sus apoyos a unos potenciales Presupuestos para 2018 que siguen la línea de los diez años anteriores, minimizando los recursos para los programas ambientales (desde 2008, los programas gestionados por la Secretaría de Estado de Medio Ambiente han visto reducido su presupuesto en un 56%) y la atención a problemas fundamentales como el cambio climático, el cambio de modelo energético, la fiscalidad ambiental (que sigue muy por debajo de la media europea, con menos del 5% de los ingresos del Estado), la protección y conservación litoral, el ciclo del agua o la biodiversidad.