“Hay que mirar hacia el fin, no importa lo que se esté considerando. Muy a menudo, Dios da al hombre una visión de felicidad, y entonces lo arruina completamente”. Estas palabras de Heródoto vienen a resumir lo que les está ocurrido a muchos secesionistas, que están pasando, en muy poco tiempo, de la euforia de su ensoñación al realismo de la acción de un Estado que tiene el deber de defender la democracia.

El penúltimo acto de la farsa secesionista, acontecido en el Parlamento catalán, se ha convertido en una tragicomedia. Esperemos que no llegue a tragedia en los próximos días. Porque lo que está haciendo Puigdemont es dar un portazo a la democracia y a la ley que la sustenta; es excluir a quien no piensa como él; es decir a los catalanes que no pueden vivir y convivir con su vecino si no opina como él, es decir, si no es independentista.

En junio de este año me preguntaba en un artículo titulado Puigdemont, sin acuse de recibo: ¿Qué más tiene que pasar para que el independentismo salga de su ensoñación y trabaje por la convivencia y la prosperidad de los catalanes y de los españoles, en lugar de ahondar en un abismo en el que sufriremos todos, pero, sobre todo, los catalanes?

La pregunta surgió tras la respuesta que le dio la Comisión Europea para la Democracia a través del Derecho, más conocido como Comisión de Venecia, a una carta de Puigdemont en relación al referéndum ilegal que planteaban celebrar el uno de octubre. En solo dos párrafos, la Comisión de Venecia indicaba, de forma clara, que cualquier referéndum tiene que “llevarse a cabo en pleno cumplimiento de la Constitución y con la legislación aplicable”. Cualquier referéndum tiene que llevarse a cabo de acuerdo con las autoridades españolas.

Pero, como ya decía entonces, les iba a dar igual y nos llevarían al precipicio. Un precipicio muy bien planificado, donde ahora conocemos que la hoja de ruta secesionista decía que “el día 1 de octubre se tiene que liar, se va a liar». Además de señalar que hay que “generar conflicto y desconexión forzosa” a través de una declaración unilateral de independencia y la creación de un nuevo Estado en dos etapas de gobierno, como recoge el documento denominado Enfo CATs Reenfocant el procés d´independencia per un resultat exitós

En ese documento se afirma que la Declaración Unilateral de Independencia «generará un conflicto que bien gestionado puede llevar a un Estado propio” porque «el Estado español no reconocerá el derecho a hacer un referéndum, pero si lo ve todo perdido, lo hará hacer para que lo perdamos».

Han pasado muchas cosas en los últimos meses, y especialmente en los últimos días. Pero, Puigdemont y Junqueras, en el Parlamento de Cataluña, han cruzado su rubicón particular. La declaración de independencia de Cataluña obliga a actuar al Estado para defender la democracia en España.

Les ha dado igual la ruptura de la convivencia que han provocado y que tardará muchos años en ser restaurada. Esa será una de sus responsabilidades, pero no la única, porque ahora sin más dilación el Estado, con todos sus instrumentos, está dando respuesta legal a su declaración de independencia.

En estos momentos tan amargos y de tanto sufrimiento en las vidas de millones de personas por esta locura rupturista, es preciso parar esto ya. No vale esta especie de baile de la yenka separatista, donde declaro la independencia, pero a renglón seguido la suspendo temporalmente.

El precio ha sido y será alto. Pero, hoy ha comenzado el fin del secesionismo en Cataluña. Tras volver a la ley, Cataluña necesita como salida unas elecciones al Parlamento catalán en las que se vote con garantías y con igualdad las diferentes opciones. Tras volver a la ley, Cataluña y España necesitan una democracia actualizada, una constitución adaptada a la democracia del siglo XXI.