En un divertido pasaje de Los vencejos —la última novela de Fernando Aramburu, el autor de Patria—, el protagonista y su amigo deciden confeccionar una lista de certezas. Pero solo admiten como tales aquellas en las que coincidan ambos. La lista empieza así:

  • la tortilla de patatas, siempre con cebolla
  • el capitalismo es detestable
  • el comunismo es aún peor

Al leerla, me pregunté si podríamos confeccionar una lista semejante que recogiera las certezas comunes a todos los españoles y enseguida concluí que la intersección de todas nuestras certezas individuales nos daría seguramente una lista vacía. Y, sin embargo, dado que vivimos sobre el mismo suelo, deberíamos tener alguna convicción común. Yo me conformaría con que la lista tuviera tan solo la siguiente certeza:

  • la desigualdad extrema es insoportable

Nacemos esencialmente iguales, con dos brazos, dos piernas y un cerebro. Pero, a partir de aquí, son muy diferentes las oportunidades que se abren al bebé de una familia pudiente y al de una familia menesterosa. Esa es la principal causa de la desigualdad extrema. La igualdad estricta no es posible, ni siquiera deseable, pero sí lo es la igualdad de oportunidades. Si esta fuera una certeza compartida, estaríamos de acuerdo en muchas cosas más. Por ejemplo, que el Estado debe compensar la desigualdad de origen ofreciendo oportunidades educativas y sanitarias a quienes nunca podrían sufragárselas por su cuenta. De ahí, derivaríamos a la necesidad de una fiscalidad progresiva y, una certeza tras otra, llegaríamos a coincidir en un ideario muy cercano al socialdemócrata. Si esta línea de razonamiento no fuera suficientemente convincente, podríamos añadir que, aparte de éticamente indefendible, la desigualdad extrema es socialmente ineficiente porque conlleva conflictos, aumento de la delincuencia, inseguridad, mayor gasto en policías, jueces y cárceles, etc.

Es obvio, que a muchas personas, y a partidos políticos bien identificados, la desigualdad extrema no les quita el sueño. Parecen considerarla una consecuencia inevitable de nuestra condición humana y pueden convivir con ella igual que uno convive con las inclemencias meteorológicas. Me conformaría entonces con que fuera una certeza compartida por más de la mitad de la población.

Los países nórdicos parecen haberse empleado a fondo en reducir las desigualdades de su población y figuran entre los países más igualitarios del planeta. Sus índices de Gini están en torno a 25, mientras que la media mundial es del orden de 65.

El índice de Gini es un número entre 0 y 100, representando 0 la igualdad perfecta —donde todos los individuos disfrutan de la misma renta— y 100 la desigualdad completa —un solo individuo disfruta de toda la renta y el resto no tiene ninguna—. Naciones Unidas considera que índices mayores de 40 son alarmantes y representan una extrema polarización entre pobres y ricos.

Según datos de Expansión, Estados Unidos tuvo en 2020 un índice de 41,2, lo que indica una situación ciertamente alarmante en el país más rico del planeta. España estaba en 33,2 y ha subido 1,3 puntos en 2021. La media de la UE fue de 30 en 2020. A nuestro nivel, dentro de la UE, están Grecia, Portugal y los países bálticos y somos más desiguales que Francia, Italia, Alemania y Polonia. Estudiando con más detalle las consecuencias de nuestro índice de Gini, de la curva de renta se deduce que el 20% más rico de los españoles ingresa ocho veces más que el 20% más pobre. Si la renta media de estos últimos fuera, pongamos, de 10.000 euros anuales, la renta media de los primeros sería de 80.000.

El Gobierno de la Comunidad de Madrid es, sin embargo, capaz de empeorar estos datos. A pesar de ser la comunidad con mayor PIB per cápita —35.900 € en 2109—, Madrid es también una de las más desiguales: su índice de Gini es 1,8 puntos superior a la media española, el gasto público sanitario por habitante —1.200 €— es un 11% inferior a la media y el gasto público educativo —728 € por habitante— es el peor de toda España y la mitad que el del País Vasco. Adicionalmente, un 15% de la población madrileña está en riesgo de pobreza.

Las cifras publicadas estos días sobre listas de espera en la sanidad pública son escalofriantes, con demoras de entre 6 y 18 meses en las citas médicas de más de medio millón de madrileños. A pesar de estos abrumadores datos, la Presidenta Ayuso repite sin rubor en los plenos parlamentarios que la sanidad pública de Madrid es la mejor, no ya de España, sino de todo el planeta. Tal vez por eso, un 37% de madrileños han suscrito un seguro privado de salud, que es, sin duda, el objetivo encubierto de sus políticas de asfixia a los servicios públicos.

Está claro entonces que, entre las certezas de ese gobierno y de los partidos que lo sustentan, no está la necesidad de combatir la desigualdad extrema. Ojalá la mayoría de los madrileños lo perciba así en las elecciones de 2023.