En el artículo titulado El hogar tela de araña en un mundo desigual, publicado en este mismo foro, concluíamos que nuevos patrones de comportamiento, consecuentemente de estilos de vida y de convivencia, están ya para quedarse con nosotros y cómo y en qué medida el confinamiento vivido con el COVID-19, a nivel planetario, había acelerado este proceso, iniciado hace ya unas décadas.

Carlota Pérez lo planteó en los siguientes términos en el año 2000: “El origen de ese cambio de paradigma es una revolución tecnológica. Una revolución que resulta de la fusión e integración de dos grandes vertientes de cambio: una, la revolución informática, la que todo el mundo reconoce como tal, iniciada en Estados Unidos y difundiéndose por el mundo desde los años setenta y, la otra, la revolución organizativa, desarrollada en Japón y adoptada cada vez más ampliamente desde los años ochenta”[1].

En este escenario, el hogar ha pasado de ser un espacio “blindado” del ámbito personal, a ser uno “abierto” hiperconectado, en donde se difuminan las fronteras entre lo privado y lo público.

El hogar tela de araña, reconfigurado con diversos artilugios electrónicos, nos proyecta hacia el exterior, a través de lo que se ha venido llamando telepresencia, en sus variadas contingencias: teletrabajo, teleformación, telediagnóstico, telecompra, teleocio, etc.

Nos centraremos en los tres primeros. El teletrabajo, definido por la Rae como el “trabajo que se realiza desde un lugar fuera de la empresa utilizando las redes de telecomunicación para cumplir con las cargas laborales asignadas”, ha hecho posible que, desde hace tiempo, aquellos con una mayor cualificación y factibilidad de acometerlo, lo desempeñen desde sus hogares (un 3%, en nuestro país, con anterioridad a la pandemia), resultando imprescindible un cambio en la conceptualización del trabajo,  en la cultura laboral y empresarial y, simultáneamente introducir profundas mudanzas en el marco normativo-laboral. Resulta, además, obligado invertir en educación y formación con la finalidad de evitar brechas digitales (especialmente la generacional) y posibles exclusiones por razones económicas.

Una derivación en relación al teletrabajo es la aparente conciliación familiar que permite. La experiencia de los últimos meses ha mostrado que debido a la diversidad de situaciones posibles (cuidado de niños pequeños, adolescentes, ancianos, personas dependientes…) y en función de los tipos de hogares (familia nuclear biparental, hogar monoparental…) puede darse en mayor o menor medida (en los hogares monoparentales es donde hay más dificultades de implementación, añadiéndose la dimensión de género), de ahí la necesidad de garantizar a los empleados/as, tanto desde las administraciones públicas como desde las empresas privadas, medidas de apoyo y de flexibilización.

María Luz Vega, consejera principal del departamento de Investigación de la OIT, advirtió recientemente sobre la urgencia de regularlo en su integridad, no en vano los temas de la privacidad o la desconexión digital ya disponen de un cierto amparo legal. Según sus palabras “Necesitamos leyes diferentes, adaptar la digitalización y garantizar unas condiciones sanas de trabajo. Toca proteger a la persona, con las garantías suficientes como para mantener la dignidad”.

La “telepresencia” involucra también las formas de aprendizaje y ha resultado muy útil para la enseñanza, en todos los niveles, en ocasión de estos últimos meses tan particulares. Las clases virtuales y plataformas educativas han sido la alternativa para buena parte del alumnado para acabar el curso académico, si bien ha sido un imposible para los sectores sociales situados en los márgenes de la sociedad. Recuerdo con tristeza los casos de niños y niñas que, en nuestro país, viven en zonas marginales y que, al no poder seguir sus clases a través de este modelo de enseñanza virtual, tuvieron que llevarles in situ los profesionales del sector social sus “deberes” para dar continuidad, en la medida de lo posible, a su planificación docente.

También debemos valorar las circunstancias de los peques con necesidades educativas especiales y adaptar, en su caso, esta modalidad educativa a sus particularidades. Sobre esta cuestión la organización Plena Inclusión (representa a un millar de asociaciones de personas con discapacidad intelectual, trastorno del espectro autista, parálisis cerebral y sus familiares) denunció que, en los últimos meses, “buena parte de los 68.947 alumnos y alumnas con discapacidad intelectual o del desarrollo” se encontraban “desconectados”, desde que fueron suspendidas las clases presenciales, pues no contaban en sus hogares con los recursos adecuados. Para esta organización éste es el alumnado que en mayor instancia sufre la brecha económica y digital, añadiéndose la cognitiva y de accesibilidad.

En el ámbito de la universidad Ingrid Gil, profesora de la Universidad de Comillas, promovió un estudio, en este periodo, entre el profesorado universitario y constató que para el profesorado sus conocimientos del sistema docente online se habían incrementado en un 50% respecto a la situación previa a la pandemia, que el 32% manifestaba estar preparado para impartir docencia no presencial tras esta fase y que el 57,2% consideraba que la digitalización de las aulas era un asunto de la máxima importancia.

La duda que me asalta, siguiendo la definición de maestro que ofrece la Rae: “Dicho de una persona o de una obra: De mérito relevante entre las de su clase” es si la telepresencia, aunque sea asumida realmente por un “maestro telemático” (personalmente, me evoca la figura del mago), podrá sustituir la cercanía de las cálidas clases del maestro tradicional, esas clases que nunca se olvidan, como en mi caso que tuve el honor de disfrutar de un  gran sabio en mis estudios universitarios y que, tanto por su erudición, como por su bondad y actitud siempre permanecerá en mi mente y corazón. ¡Quizá sea una reflexión nostálgica, fruto de mi edad!

Por último, consignar que las apps de telemedicina han adquirido últimamente gran relevancia tanto para los profesionales como para los pacientes y enfermos. Según un estudio elaborado por Global Marquet Insights[2], antes del Covid 19, esta atención generará 277 mil millones de dólares en 2025 a nivel mundial y 6,7 mil millones en España, si bien previsiblemente, tras éste estas cifras aumenten notablemente.

En nuestro país, desde el decreto de estado de alarma las consultas de telemedicina se incrementaron en un 153%, según datos de mediquo[3]. En su mayor parte fueron consultas de salud en general, dudas relativas al coronavirus, además de las habituales de pediatría, ginecología, dermatología, y psicología. Por Comunidades Autónomas las que más han hecho uso de esta atención telemática a través de esta aplicación fueron Madrid, Cataluña, Andalucía y Valencia y, comparativamente, respecto al mes de febrero se observan aumentos muy notables en Cantabria (390%), La Rioja (300%), Baleares (202%) y Galicia (202%).

En cuanto al buen médico, al que se le suponen altos conocimientos en su materia, a la par que empatía con sus pacientes, no tengo claro si la telemedicina podrá sustituir adecuadamente esa proximidad y parte terapéutica que tiene el contacto personal a través de una fría pantalla de ordenador. Quizá de nuevo sea una reflexión propia de personas de mi generación, sin querer que me malinterpreten, pues siento una inmensa admiración por estos constructos humanos que son las TICs y que han hecho que nuestras vidas sean más cómodas.

En definitiva, la telepresencia, en sus numerosas posibilidades, comporta potencialmente una mejora de la calidad de vida de la población en todo el mundo; bien es cierto que existen todavía barreras tecnológicas y socio-económicas. Un tema de interés es discurrir sobre si los consumidores están dispuestos a manejarse en su cotidianeidad en “entornos inteligentes” y si sus desarrollos son compatibles en términos de confianza, privacidad y comportamientos sociales, siendo ineludible plantear el interrogante de si este bienestar potencial repercutirá sobre todos los ciudadanos, independientemente de donde el azar de la vida los sitúe, o estará únicamente al alcance de los más privilegiados.

Y volvemos al nudo gordiano de nuestro momento histórico: la desigualdad social a nivel planetario, parafraseando al escritor peruano Ciro Alegría, quien título una de sus novelas más emblemáticas con el bello e inquietante título El mundo es ancho y ajeno.

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[1] Carlota Pérez, Cambio de paradigma y rol de la tecnología en el desarrollo, Foro de apertura del ciclo “La ciencia y la tecnología en la construcción de país”, MCT, Carácas, 2000

[2] Véase, https://www.gminsights.com/

[3] Véase, https://www.mediquo.com/?gclid=EAIaIQobChMI69DtgoL86QIVA4XVCh1ZTgG1EAAYASAAEgIHgPD_BwE