El último barómetro del CIS indica que los españoles consideran a los políticos el tercer problema del país, tan solo por detrás del paro y la corrupción. Nunca en los cuarenta años de democracia se ha vivido una situación tan extrema de parálisis política, y en consecuencia de percepción de falta de utilidad de la clase política en su conjunto.

Decenas de proposiciones de ley presentadas por la oposición permanecen sin tramitar por el Congreso debido al bloqueo que la mesa, dominada conjuntamente por PP y Ciudadanos, hace de los mismos. Tan solo se han aprobado una veintena de leyes en los dos años de la actual legislatura, la mayoría de ellas obligadas por transposiciones de directivas europeas. Los presupuestos de 2018 continúan sin ser presentados ni debatidos, debido a que el PP no es capaz de negociar suficientes apoyos. Acostumbrado a hacerlo siempre con mayorías absolutas, parece no saber gobernar en minoría.  A pesar de ello, y en contra de los usos parlamentarios habituales en los países de nuestro entrono, afirman poder seguir gobernando sin presupuestos y pretender agotar la legislatura.

Su inacción ha permitido que quedaran sin gastar 45 millones presupuestados para la dependencia, lo que hubiera permitido atender a más de 6.000 personas. Y ello cuando las listas de espera para recibir ayudas ascienden a más de 300.000 ciudadanos con derecho a ellas, y mueren al año 40.000 dependientes sin haberlas recibido nunca. También ha permitido que la mayor plataforma de investigación en energía solar de España, la Plataforma Solar de Almería, tenga que despedir a un tercio de su plantilla porque Hacienda no es capaz de desbloquear 6 millones del presupuesto que ya tenían concedidos por la Unión Europea. Otro caso sangrante son los presupuestos anuales para I+D, que a pesar de ser muy exiguos en comparación con la media de la UE, quedan sin ejecutar en un 40%. Un éxito para Montoro y una desgracia para nuestro país, que ve año a año como nos separamos del resto del mundo desarrollado. Seguir gobernando entonces, ¿para qué?

Después de más de dos meses de bloqueo, el sainete de Cataluña continúa su esperpéntico curso sin que parezca arribar a un final razonable. Todo lo contrario, los iluminados vuelven a su mundo paralelo de repúblicas, gobiernos en la sombra y referéndum pactado (¿con quién?) con tal de conseguir los votos de la CUP, tan necesarios para seguir ocupando el poder y depredando los recursos públicos al servicio de su reaccionaria causa. De los problemas de Cataluña y los catalanes, ni un atisbo de preocupación. Nunca una clase política se ha mostrado tan inútil para sus representados.

La alcaldesa de Barcelona, que en su día despertó la ilusión de muchos ciudadanos, está entregada a la causa independentista y disimula su inacción con una política de gestos: hoy no recibo al Rey, mañana quito de una plaza la estatua de un esclavista del siglo XIX, pasado mañana pongo un lazo amarillo en el ayuntamiento. En definitiva, tinta de calamar para ocultar su ausencia de gestión.

También practica el cefalopodismo nuestra derecha. Una vez apagada momentáneamente la crisis catalana con las elecciones de diciembre, el PP encontró nuevos elementos que agitar con el tema del uso de la lengua castellana en Cataluña, e incluso con la letra del himno nacional. Siempre elementos emotivos y viscerales, nunca problemas reales de los ciudadanos. Es decir, más tinta de calamar con la que ocultar su inacción.

Ciudadanos por su parte, está encantado de haberse conocido y del impagable servicio que le está prestando el grupo PRISA. Envalentonado por su “imparable” ascenso en las encuestas, se dedica a escorar su discurso a la derecha para encandilar a los votantes del PP. Ahora se han hecho partidarios de la cadena perpetua y compiten con el PP en endurecer el código penal. Lo que no les impide aliarse con Podemos para proponer una reforma electoral que solo les favorece a ellos, y que en ningún modo corrige la falta de proporcionalidad de nuestro sistema.

Y mientras la mayoría de los partidos se dedica a lo suyo, los problemas reales, que ya no pueden esperar más, han saltado a la calle. Así, vimos primero a los policías reivindicar la igualdad salarial de todos los cuerpos, luego a cientos de miles de jubilados enfrentarse a la congelación de hecho de sus pensiones durante los últimos cinco años, y por último hemos visto a las mujeres, a millones de ellas, decir “basta ya” a la discriminación laboral y doméstica, y a la violencia machista que sufren cada día. Tal vez muy pronto veamos lanzarse también a la calle a los jóvenes o a los investigadores.

La reacción conservadora ante estos asuntos no ha podido ser más elocuente: primero negaron el problema, lo ningunearon y trataron de descalificarlo, a ver si este podía pasar sin pena ni gloria. Tanto el PP como Ciudadanos dieron buena prueba de que el problema de las mujeres les venía grande. Acusaron a las feministas de sectarias, de elitistas, de politizarlo todo, de falta de pluralismo y de muchas otras cosas. También acusaron a los jubilados de politizar las pensiones. Y cuando se vio la magnitud de la protesta, cuando millones de jubilados, y después de mujeres, salieron a las calles, entonces apareció el cinismo, no fuera a ser que perdieran algunos votos. Pasaron de un día para otro del “no nos metamos en ese asunto” a ser incondicionales defensores de la causa femenina. Rajoy se puso un lazo morado en la solapa, dedicó un minuto de su discurso a ello, y a otra cosa. Cubierto el expediente, todos nos olvidamos de lo que dijeron unos días antes.

El problema para ellos es que se les nota todo: primero su inacción, después sus tintas de calamar y por último su cinismo. Parafraseando, y a la vez adaptando, a Winston Churchill: “nunca tantos estuvieron tan hartos de tan pocos”. O también a Abraham Lincoln: “se puede engañar a algunos mucho tiempo, o a muchos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”. Tarde o temprano, esta forma inútil de hacer política les pasará factura. Inútil al menos para sus supuestos destinatarios.

La buena política debería ser sobre todo vocación de servicio, vocación de resolver los problemas. Vocación de impedir que se pudran, y de reformar para seguir progresando. Y hace mucho tiempo que los problemas se están pudriendo: la financiación sostenible de las pensiones; o los numerosos temas en el ámbito territorial, tales como la financiación, las competencias y la necesidad de una cámara donde las autonomías puedan participar en la política nacional; o el problema silencioso de la precariedad de los jóvenes, a los que estamos condenando a no poder organizarse una vida digna, a no tener vivienda de por vida, ni derecho a pensiones futuras; o la demografía, que está por los suelos debido a la falta de medidas de conciliación, con 1,3 hijos por mujer, la tasa más baja del planeta; o el hipotecar el desarrollo futuro del país con el suicidio de no invertir en ciencia; o el estar perdiendo el tren de las energías renovables; o el pacto educativo, que salta por los aires porque el PP prefiere ahorrarse los 1000 millones que debería poner para estar en la media europea. Y así, hasta el infinito. Problemas que siguen ahí y a los que nadie pone remedio.

Desde luego, sería un momento inmejorable para que una izquierda transformadora pusiera en la agenda todos estos problemas y estuviera llenando el espacio político con propuestas de soluciones. Y sin embargo, no está pasando. Al PSOE apenas se le oye, o si se le oye, no se le cree. ¿Por qué? No tengo la respuesta. Quizás sus dirigentes deberían darnos una explicación.