Las cifras del hambre en el mundo alcanzaron en el pasado año niveles que pueden y deben considerarse como escandalosos e intolerables.

Los conflictos armados, las crisis económicas, las consecuencias del cambio climático y el alza de los precios de los fertilizantes están, sin duda, detrás de este problema alimentario que debemos calificar como histórico. Resultando lamentable que mientras se incrementa exponencialmente el número de personas que pasan hambre, se desperdicien y tiren diariamente a la basura millones de kilos de comida.

Como declaró hace unos meses Fidèle Podga, coordinador del Departamento de Estudios de la ONG Manos Unidas: “desde hace décadas sabemos que el sufrimiento de tantas personas no se debe a la escasez de recursos, ni a causas naturales, sino a estructuras injustas y a relaciones que están basadas en la desigualdad”.

Partiendo de esta triste realidad, pero como si en otra galaxia nos encontrásemos, nos hallamos ya en el día a día con avances científicos que nos dejan sorprendidos sobre la capacidad e inteligencia que tiene la especie humana para vencer sus propias limitaciones e ir caminando en la solución de problemas hasta hace no mucho tiempo inimaginables siquiera de plantear.

Es así, desde esta última perspectiva, como estimamos que deben analizarse titulares recientes de la prensa internacional, como los siguientes: “Increíble descubrimiento científico: Una vaca produce leche con insulina humana”. “Trasplantan el riñón de un cerdo modificado genéticamente a un paciente de 62 años en EE. UU”. “Una nave de EE. UU. vuelve a la Luna tras más de 50 años”. “Elon Musk anuncia que ha implantado el primer chip cerebral en un ser humano”. “Un simple análisis de sangre permite diagnosticar el alzhéimer con una precisión del 95 %”.

Fuera, y al margen de estos indudables avances científicos, quizá debiéramos añadir un dato muy preocupante en la otra línea que nos conduce en este artículo: “en el pasado año 2023 fue notorio el avance e incremento de las 20 mayores fortunas del planeta, a resultas del empuje de las empresas tecnológicas y de la subida de las Bolsas Internacionales de Comercio”.

Retomando nuestro tema central de análisis, y en esta profunda paradoja en la que nos situamos, la pregunta que deberíamos formularnos sería la siguiente: ¿cuántos hambrientos hay en el mundo actualmente? Se calcula que unos 828 millones de seres humanos padecen hambre crónica a nivel planetario. De los cuales, 258 millones (esto es, una de cada 33 personas) se concentran en 58 países.

Como complemento a estas cifras, y en el año 2022, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) señala que en el mencionado año unos 2.400 millones de seres humanos experimentaron inseguridad alimentaria; y de ellos, unos 900 millones afrontaron una coyuntura de gravedad[1].

El Programa Mundial de Alimentos estima que en los 79 países donde está implantado y consiguientemente se dispone de datos, más de 345 millones de personas presentaron en 2023 niveles extremos de inseguridad alimentaria y no sabían si podrían o no hacer una próxima comida. Concretamente más del doble que en el año 2020: 200 millones de personas más, en comparación con el periodo prepandémico vivido[2].

A estas cifras hay que sumarle que alrededor de 2.200 millones de personas no tienen acceso a servicios de agua potable; 4.200 millones no cuentan con instalaciones de saneamientos mínimos y seguros; 3.000 millones carecen de infraestructuras domésticas básicas para, por ejemplo, poder lavarse las manos y 1.300 millones viven con menos de 1 euro al día.

Partiendo de estos datos, ¿qué factores hay detrás de esta crisis del hambre?

1.- Los conflictos armados siguen siendo, sin duda, el principal detonante; puesto que el 70% de los hambrientos viven en zonas geográficas en guerra y/o violencia. El caso ucraniano ejemplifica cómo y en qué medida los conflictos y las guerras nutren el hambre, pues obligan a los afectados a abandonar sus hogares, deviniendo así en personas “sin techo”, perdiendo sus fuentes de ingresos y destrozando sus economías y las de sus países.

2.- La crisis climática (los fenómenos extremos) es otro de los factores condicionantes del incremento del hambre en el mundo; pues sus efectos inmediatos, como la destrucción de los cultivos y los medios de subsistencia limitan, y de qué modo, las posibilidades de las personas para alimentarse.

3.- El encarecimiento de los precios internacionales de los fertilizantes para los cultivos; incluso a mayor velocidad que el de los propios alimentos, podría considerarse como otro de los factores desencadenantes de esta crisis del hambre. Sirva aquí de ejemplo nuevamente la guerra de Ucrania, pues la misma ha conllevado un aumento del precio del gas natural, afectando a la producción de los cereales y a las exportaciones de fertilizantes en todo el mundo. Habiendo producido, sin duda, un sensible aumento de los precios, al tiempo que reduciendo las cosechas.

4.- Por último, hay que señalar la inflación de los precios de los alimentos más esenciales. Según el Banco Mundial, se observan hoy niveles inflacionarios, que superan el 5% en el 60% de los países de ingreso bajo; en el 63,8% de los de ingreso mediano bajo; en el 46% de los de ingreso mediano alto y en 27,3% de los de ingreso alto[3].

Y si de los factores justificativos de la crisis del hambre nos trasladamos a las zonas geográficas más castigadas, tenemos que referirnos a Centroamérica y Haití, a la República Centroafricana, a Sudán del Sur, a los países del Cuerno de África y a Siria, Yemen y Afganistán.

Es cierto que la desnutrición se ha reducido en algunos países de Asia y también de América Latina; pero en África sigue siendo muy considerable; sufriendo desnutrición 11 millones más de personas; cifra equivalente al 20% de la población de todo el continente; al igual que en el Caribe, donde el hambre se ha elevado un punto y medio, o en Asia Occidental, con un aumento del 0,6%.

En todo este contexto, la población más vulnerable está constituida por las mujeres y los niños. La situación de los más pequeños resulta alarmante, pues en torno a los 148 millones de niños padecen retraso en su crecimiento a consecuencia de una alimentación insuficiente; 45 millones sufren desnutrición aguda muy grave y 37 millones tienen sobrepeso por no disponer de una dieta saludable.

De ahí que la asistencia humanitaria resulte indispensable para atender las necesidades de supervivencia de tantos millones de hambrientos. Gráficamente dicho, para la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO)[4] es indispensable recaudar unos 1.800 millones de dólares para ayudar a que 43 millones de personas produzcan sus propios alimentos y no mueran de hambre. Un comunicado de esta Entidad, de diciembre de 2023, lo dejaba claro: “En contextos humanitarios, las intervenciones agrícolas de emergencia que permiten a las personas producir sus propios alimentos, a menudo combinadas con la distribución directa de alimentos y las transferencias de efectivo, pueden ser la forma más eficaz de satisfacer las necesidades humanitarias críticas y, al mismo tiempo, maximizar el impacto de cada dólar proporcionado”.

El escenario actual del hambre (presentado en estas líneas) y las proyecciones a futuro anticipan que en el año 2030, 461 millones de personas padecerán desnutrición crónica, muy por encima del objetivo de “hambre cero” establecido por Naciones Unidas para esa fecha. Debiendo destacar que a mayor abundamiento se prevé que el número de hambrientos crónicos dentro de siete años ascenderá a 600 millones.

Ante dicha situación, debemos plantearnos cómo revertir esta tremenda injusticia que a todos los ciudadanos no hambrientos debería avergonzarnos.

Ayuda en Acción  (organización de atención directa a la infancia más relevante de España) propone 8 medidas o recomendaciones básicas, que compartimos plenamente, aunque seamos conscientes de su eficacia limitada y, consiguientemente, de su insuficiencia: 1ª. El consumo de superalimentos como el jengibre, la granada, la moringa, el aguaymanto o la acerola. 2ª Fomentar una cultura de autoabastecimiento y trabajar en la mejora del sector primario, sobre todo en los países en desarrollo. 3ª Reducir los residuos alimentarios (por ejemplo, implementando procesos de deshidratación de alimentos. 4ª Mejorar la fertilidad del suelo agrícola. 5ª. Empoderar a las mujeres, permitiendo su plena participación en todos los sectores y a todos los niveles de la actividad económica, para construir economías más fuertes. 6ª. Comprar productos del denominado “comercio justo”. 7ª. Donar a una ONG o realizar funciones de voluntariado y 8ª. Concentrar los esfuerzos en las zonas rurales.

Medidas que seguro resultarán eficaces y que ya se intuyeran en un bello poema de Antonio Machado:

“Dice la esperanza: Un día

la verás, si bien esperas.

Dice la desesperanza:

Solo la amargura es ella.

Late, corazón… No todo

se lo ha tragado la tierra”

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[1] Véase, https://www.fao.org/publications/home/fao-flagship-publications/the-state-of-food-security-and-nutrition-in-the-world/es

[2] Véase, https://es.wfp.org/crisis-alimentaria-mundial

[3] Véase, https://www.bancomundial.org/es/topic/agriculture/brief/food-security-update

[4] Véase, https://www.fao.org/republica-dominicana/noticias/detail-events/fr/c/1675384/