Antes de entrar en materia, quisiera hacer dos observaciones. La primera es que en esta ocasión no nos encontraremos con una producción de la talla de “The Queen” (con Tony Blair en su momento álgido) o “La Dama de Hierro”, con una ex-primera ministra británica suavizada por el paso del tiempo y por la generosa interpretación de Meryl Streep. Y la segunda, la propia consistencia del personaje más cercana a un charlatán de feria que a un político con firmes convicciones.

Tras un intenso rastreo de archivos y testimonios, esta película de Xavier Durringer se centra en cinco años -entre el 2002 y el 2007- de la vida política francesa, cuando Jacques Chirac (en su segundo mandato), Dominique de Villepin (primer ministro) y el entonces aspirante presidencial Sarkozy se despedazaban entre ellos. Siempre con grandes sonrisas y abrazos traicioneros. Sin duda, los mejores momentos de esta cinta los encontramos en esos habituales almuerzos entre sus personajes, el sarcasmo que emplean en sus diálogos y sus afiladas lenguas ofrecen un espectáculo a la altura de los gustos gastronómicos de Sarkozy.

Es una corrosiva sátira, elaborada con delicadeza. Estructurada más en formato de telefilme que en el de un largometraje al uso. Con un tono caricaturesco que plasma a la perfección a ese tipo de político de las mil caras. A cada cual le dice lo que quiere oír y nada ni nadie se le pone por delante. Un sujeto que da la razón a George Bernard Shaw cuando sentenció: «No sabe nada y cree saberlo todo; esto le faculta claramente para la carrera política».

Pero esta película no sería igual sin la magnífica interpretación de Denis Podalydès. Su recreación de Sarkozy es memorable. Tras ver este film y seguir en el televisor la actual campaña presidencial, el espectador tendrá serias dificultades en discernir quién es Podalydès y quién Nicolas Sarkozy.

Ahora, en plena carrera por su segundo mandato, y con todas las encuestas dándole como perdedor, de nuevo se ha transmutado en el salvador de la Gran Francia. Si se cumplen los vaticinios y los franceses le niegan su confianza, veremos a Sarkozy despojado de su oropel presidencial y tendremos delante no a lo que ha representado sino a lo que en realidad es.