En las últimas dos décadas se puede observar cómo, a lo largo y ancho de todo el mundo, se está produciendo, e incrementado, un fenómeno de desconfianza de los ciudadanos hacia sus representantes, que está derivando en un aumento de las protestas y en la irrupción de distintos tipos de populismos que polarizan aún más las sociedades.

De estos fenómenos se puede destacar al menos dos hechos. Por una parte, muchas de las protestas responden más a situaciones de frustración, de malestar difuso contra el sistema, que provocan más agitación que medidas encaminadas a provocar transformaciones concretas y efectivas en la realidad política, económica y social.

Un ejemplo claro es que a pesar de las protestas masivas que se vienen produciendo por todo el mundo, en los últimos 14 años se observa un deterioro de los derechos políticos y de las libertades civiles, como señala Freedom House, en su Informe sobre la Libertad en el Mundo 2020. Esta amenaza a los derechos políticos y a las libertades civiles no es solo propia de sociedades autoritarias, sino también de democracias consolidadas, es decir, sociedades libres.

Por otra parte, este clima de malestar está siendo aprovechado por líderes populistas para polarizar aún más las sociedades, para incrementar su apoyo electoral y en no pocas ocasiones, y en democracias muy asentadas, para llegar al poder e ir laminando desde los gobiernos los cimientos democráticos de esas sociedades.

Se puede afirmar que la democracia se va debilitando y se encuentra asediada, en un escenario donde el miedo y la incertidumbre, acentuado por la pandemia del Covid-19 y por la crispación política, cada vez provocan más indignación en un número a cada vez mayor de ciudadanos.

Al tiempo que esos mismos ciudadanos, por acción o por omisión, hacen que lleguen al poder lideres populistas que pretenden socavar los cimientos de la democracia, en una deriva autoritaria que va contra el bienestar y la convivencia de la población.

Llegados a este punto, surge la pregunta: ¿esta intimidación y asedio de la democracia se puede corregir? La respuesta es afirmativa. Se puede y se debe revertir esta tendencia. La democracia puede recuperar su vigor y su fuerza. Sólo es preciso ampliar los espacios de libertad, bienestar y seguridad, para todos los seres humanos, a través de un nuevo impulso democrático en esta ocasión desde los ámbitos locales al global.

Y para conseguirlo se necesita concienciar a la ciudadanía de la situación, para que sea activa, tanto eligiendo gobiernos, que quieran profundizar en la democracia, como presionando después a sus gobiernos en el objetivo de que toda la sociedad junta lo consiga.

Qué fácil parece todo cuando se afirma o describe en unas pocas líneas. Y más, siendo consciente que una cosa es saber lo que se tiene que hacer y otra muy distinta es ser capaz de hacerlo. Como demuestran los datos sobre ampliaciones o reducciones netas de derechos políticos y libertades civiles en los distintos países.

Aun así, hay que intentarlo y dejar de ser un espectador en la vida, porque pequeños y continuos cambios en la dirección de más democracia e igualdad, transformarán a las personas y las prioridades de la sociedad.

Durante los últimos catorce años, el mundo lleva experimentando una senda democrática descendente. Es decir, de deterioro continuo de la democracia. En 2019, sesenta y cuatro países sufrieron reducciones netas de derechos políticos y libertades civiles. En sentido positivo, se puede afirmar que, en los últimos doce meses, treinta y siete países han registrado aumentos de derechos políticos y libertades civiles, como señala Freedom House en su informa anual de Libertad en el Mundo 2020.

Hoy en el mundo hay 83 países que pueden denominarse libres, tres puntos porcentuales menos respecto a la última década. En estos países, que suponen el cuarenta y tres por ciento del total, habitan 3.003.000.000 personas, es decir, el treinta y nueve por ciento de la población de la tierra.

Hay 63 países, que representan el 32 por ciento, que son parcialmente libres, un aumento de dos puntos porcentuales. En estos Estados viven 1.925.000.000 de personas. El veinticinco por ciento de la población total del planeta.

Y, por último, hay 49 países, que representan el 25 por ciento del total, que no son libres, un aumento de 1 punto respecto a la década pasada. Y en ellos, habitan 2.772.000.000 personas, el treinta y seis por ciento de la población mundial.

Pero no es solo una cuestión numérica. También es una cuestión cualitativa, ya que las democracias más asentadas también experimentan deterioro, y además no han liderado el apoyo de las libertades en el mundo, lo que ha incrementado la influencia de los regímenes autoritarios.

En el primer caso, en los últimos 14 años, de las 41 democracias más establecidas del mundo en 2005, es decir, aquellas que obtuvieron la calificación de libre durante los 20 años anteriores, 25 han sufrido disminuciones netas en sus puntuaciones.

En el segundo caso, la falta de apoyo o el indeciso apoyo a las libertades a escala global que han realizado las democracias más avanzadas ha provocado que las potencias con regímenes autoritarios hayan aumentado su influencia en el mundo, apoyándose entre ellos, pero también interfiriendo en los procesos electorales, apoyando populismos en sociedades democráticas y ampliando la censura más allá de sus fronteras mediante la presión que su poder económico les proporciona.

Esta tendencia es necesario cambiarla y que nuevamente las principales potencias democráticas proporcionen un liderazgo claro y sirvan de ejemplo para ampliar la democracia en el mundo. Pero, ¿cómo hacerlo con Trump o Boris Johnson?

Los tiempos son complicados, los miedos aumentan y es preciso frenar la amenaza democrática que suponen los populismos nacionalistas y los excesos de los estados no democráticos. Para ello, hay que afianzar la utilidad de la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho. Y ello, solo se conseguirá con unidad, con más igualdad, libertad y justicia social para todos, y especialmente para las personas que están más desprotegidas.

Hace falta reconstruir la confianza, para lo que se requiere el concurso de todos, pero, sobre todo, hace falta voluntad. Una voluntad que hay que hacer crecer para que sea real y efectiva.

Este es el camino.