Hoy, ante los desafíos presentes en la economía, muchas voces abogan por preservar la industria. Políticos y académicos lo afirman, sin que se acierte a explicar cómo desarrollar esa tesis. Algunos hablan de mantener calificaciones industriales en suelos de polígonos, un planteamiento que responde más bien a ideas de otro momento y que, probablemente, no se relacionen con la situación actual. Partimos de otros preceptos: la ciudad metropolitana es el ámbito en el que deberían moverse unas iniciativas que deben considerar, entre otros factores, la transición energética y el problema de la vivienda. En tal sentido, la multiplicidad de usos obliga un urbanismo que aligere la transformación industrial, en un sentido laxo del concepto, en el que incluir los servicios avanzados y, también, el turismo (sobre esto, Miquel Barceló: Innocities. Urbanismo, economía, tecnología y cambio social, 22@ Network, Barcelona).

Urgen, por tanto, visiones más integrales en las que las sinergias entre economía y territorio se hagan efectivas. Almacenes y espacios en polígonos con densidad de empleados de baja cualificación se podrían transformar en superficies de oficinas y servicios con baja edificabilidad para multiplicar, a su vez, la cualificación de la fuerza laboral. No es una elucubración abstracta, porque el dato es elocuente: un empleado de alta cualificación genera más de tres puestos de trabajo en el sector servicios (Enrico Moretti: The New Geography of Jobs; Bruce Katz: The Emergence of Innovation Districts). La empatía entre actividades industriales innovadoras, infraestructuras de conocimiento y nuevos espacios de oficinas obliga a reconsiderar el urbanismo metropolitano, para facilitar así la transformación económica.

Estamos, por tanto, ante unas coordenadas en las que la economía y el territorio se deben activar, de manera simbiótica. Existen evidencias empíricas claras sobre las ventajas de las densidades urbanas: las ciudades como impulsoras de la innovación, creadoras del conocimiento. Las empresas aprenden a desarrollar nuevos productos en ciudades diversificadas. Otros factores importantes: mayor cualificación de los trabajadores, salarios mejores, aumento de la productividad.

Resulta necesario reivindicar el retorno a un primer plano del urbanismo o gobierno del suelo. Los planes municipales de urbanismo vigentes en España encierran un potencial de construcción residencial de unos 7,5 millones de viviendas. A la vista de las previsiones del INE sobre el ritmo de creación de hogares para los próximos años, hay suelo urbanizable para cubrir las necesidades de vivienda durante más de 100 años. Resulta crucial que la reorientación de los modelos productivos se alinee con una transformación de la oferta a una orientación urbanística más amplia, más holística. Ésta puede vincularse de forma sinérgica a cambios que, desde la óptica de la gobernanza, faciliten dos procesos esenciales: la relación entre cambio económico y el territorio en el que se asiente; y la estrecha colaboración, perentoria, entre las administraciones públicas y los sectores privados.