El cambio de Gobierno ha abierto una oportunidad para ir resolviendo el conflicto con las instituciones catalanas dentro del marco constitucional. En palabras del Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, reconducir la grave crisis de Cataluña es el objetivo prioritario de su Gobierno y la vía es avanzar en la vigencia del marco estatutario.

Diálogo franco por parte del Gobierno, que para tener éxito necesita, por una parte, de un Partido Popular que abandone la oposición irresponsable en materia territorial en la que se ha vuelto a instalar, como en el periodo 2004-2011, y tenga cierta responsabilidad de Estado en esta materia como tuvo el PSOE en la oposición.

Y por otra, que los independentistas pongan el interés de los catalanes por delante de sus intereses particulares, con el fin de que el dialogo de lugar a acuerdos duraderos que garanticen la convivencia y el bienestar en toda España.

Por ahora, parece que se mueven poco, mientras el Tribunal Constitucional suspende la moción del Parlamento de Cataluña que pretendía llevar a la independencia. Los independentistas catalanes, con Puigdemont y Torras a la cabeza, siguen sin reconocer los graves errores que llevan cometiendo durante mucho tiempo, y continúan con su viaje a ninguna parte. Ahora, la estación a la que llegan se llama nuevo movimiento político para “construir la república”.

Un intento de OPA hostil al resto de fuerzas independentistas aunque, según manifiestan, pretende afianzar la unidad del movimiento soberanista, mediante un movimiento de amplio espectro y transversal con el objetivo claro de «construir la república».

Y aquí, como en la canción de la Parrala, “unos decían que sí, otros decían que no”. Es decir, el PDECat, a una semana de la celebración de su congreso, donde pretendía redefinirse como partido y cambiar de nombre, se encuentra con este nuevo movimiento que busca acabar con ellos. Pero hoy, solo dicen “Todo lo que sea transversal, de suma, de defensa del mundo soberanista, de la independencia, república, democrática, allí estaremos». ERC se ha desmarcado rápidamente diciendo que “cada formación debe crecer en su espacio para poder sumar después». Y por su parte, ANC ha asegurado que habrá representación de su entidad en la presentación de este movimiento. Para señalar a continuación que «después de una conmoción tras lo que pasó en octubre y la represión política posterior y cómo han reaccionado los diversos actores, es lógico que haya recomposiciones en el espacio político».

En resumen, hay siguen los independentistas como si nada, pero siendo conscientes que el espacio de diálogo que les ofrece el nuevo gobierno de Pedro Sánchez, viene bien a Cataluña, pero no a ellos, porque pone en evidencia sus verdaderas intenciones frente al sempiterno victimismo.

Si a todo lo anterior, le sumamos que está descendiendo el sentimiento independentista y aumenta la sensación de engaño en muchos ciudadanos de Cataluña, el presente y el futuro se debe escribir con dialogo, prudencia y acuerdos. Desechando de una vez por todas las vías unilaterales que ya saben que no van a ninguna parte.

Mientras que se resitúan los secesionistas y asumen  cierta responsabilidad de Estado en el PP, es una buena ocasión para releer el editorial  de la revista francesa Charlie Hebdo, del pasado 11 de octubre 2017:

“El referéndum organizado en Cataluña para su independencia hace temblar a Europa. Si todas las regiones europeas que tengan una lengua, una historia, una cultura originales empiezan a reclamar su independencia, el Viejo Continente se va a fragmentar como el casquete polar bajo los efectos del recalentamiento climático. Puesto que hay unas doscientas lenguas en Europa, ¿por qué no crear doscientos nuevos países? ¿Y por qué no proclamar tantas declaraciones de independencia como quesos y vinos hay en el continente?

La independencia, sí, pero ¿respecto a qué? Es legítima la independencia cuando uno quiere liberarse de la tiranía o la opresión. ¿De qué destino trágico quieren hoy liberarse hoy los catalanes? En 1977, poco después de morir Franco -éste había prohibido el uso del catalán después de su victoria en 1939-,  la Generalitat de Cataluña fue restablecida, y luego la región se dotaba de un parlamento y de un gobierno regionales.

Franco ya no está

Pero hoy, cuando Franco ya no está, hay que buscarse otro tirano al que poder derribar. Será el Estado español y, por supuesto, la peor dictadura jamás conocida en el mundo: la Unión Europea con sede en Bruselas. Detrás de esa palabra esplendorosa, independencia, se ocultan preocupaciones a veces menos nobles. Como pasa con la Liga Norte en Italia, siempre la reclaman las regiones más ricas. Cataluña quiere la independencia porque ya no quiere soltar dinero a las otras regiones españolas menos ricas que ella.

Si todas las regiones europeas que tengan una lengua empiezan a reclamar su independencia, el Viejo Continente se va a fragmentar como el casquete polar. Es como si oyéramos de nuevo la voz de la innoble Margaret Thatcher: “I want my money back”. La lengua, la cultura, las tradiciones están muy bien para las postales, pero la pasta está mucho mejor. Las regiones pobres de Europa pocas veces bajan a la calle para obtener su independencia.

Más allá de estas consideraciones mercantiles, es curioso oír algunas voces de la izquierda reclamar la independencia de una región como Cataluña en nombre de una identidad cultural, que, por cierto, nadie cuestiona. Y además, ¿por qué la identidad cultural reivindicada por los catalanes debería ser tomada en cuenta y no la identidad cristiana defendida por los xenófobos europeos? ¿Por qué las palabras “identidad” o “cultura” suenan bien cuando las pronuncia la izquierda, pero se convierten en infames cuando es la derecha y la extrema derecha las que las pronuncian?

La cercanía a la extrema derecha

La independencia de Cataluña no tiene por objeto liberar a esta región de una tiranía que ya no existe, ni permitir a la economía ser próspera, puesto que ya lo es, y mucho menos obtener el derecho a hablar una lengua autorizada desde hace tiempo. La obsesión identitaria que se expande por Europa como la podredumbre de una fruta afecta a la extrema derecha pero también a la izquierda. El nacionalismo de derechas y el de izquierdas tienen un punto en común: el nacionalismo.

Cuando Cataluña haya roto las cadenas que la atan a la monarquía española y al Santo Imperio Europeo, ¿qué ocurrirá? Al son de los tambores y de los pífanos, los gallardos independentistas desfilarán por las calles de Barcelona como si fueran la Columna Durruti, las jovencitas lanzarán pétalos de rosa a los militantes que habrá desafiado con arrojo al Estado policial español, corales infantiles con niños de pelito rizado cantarán a la libertad recobrada y al euro derrotado, las abuelas desdentadas tejerán banderas con los colores de la nueva República, y los bisabuelos desempolvarán la boina que llevaban en el frente en el 36.

Será muy bello, emotivo, magnífico. Y luego, al final de la tarde, todo el mundo volverá a su casa para plantarse delante de la tele y ver el concurso de turno o el partido del Barça en cuartos de final de la Copa. Cataluña bien se lo merece”.

En definitiva, hay que abandonar “la idiotez o muerte”, y situarse en el nuevo momento político, donde es posible el acuerdo dentro de la Constitución.

¡Aprovechen la oportunidad!