Un sol abrasador cae sobre la tierra caliente. La cámara hace un barrido por un paisaje agreste y polvoriento típico del Oeste americano, mientras una melodía propia del Spaghetti western va creando ambiente para introducir al espectador en una historia sorprendente. Poco a poco va apareciendo en imagen un grupo de esclavos encadenados entre sí, que caminan pesadamente custodiados por dos hombres armados y a caballo. Así comienza ‘Django desencadenado’, la última película de Quentin Tarantino, ese “enfant terrible” del cine americano que realiza con este film gamberro uno de sus mejores trabajos, un producto auténticamente Tarantino, comprometido y brutal que no dejará indiferente a nadie.

Y es gamberro porque el cóctel de manufactura parece excesivo y disparatado a priori. Tarantino utiliza un cuento de la mitología alemana que el propio Wagner recreó en su ópera “Brunhilda” (en la película existe el personaje de Brunhilda, es la amada de Django), para contar una historia de lucha -de “lucha final”, se podría decir-, de emancipación, de ansias de justicia, de superación, de desesperación, de violencia, de castigo y de reparación. Y narra una lucha despiadada y sangrienta (la violencia al estilo Peckinpah es uno de los sellos de Tarantino y en esta película el autor americano no se reprime nada) pero conmovedora, porque está destinada a conquistar la libertad para salvar lo más valioso que tienen los seres humanos que consiguen encontrarlo: el amor verdadero. Por lo tanto, el autor coge este cuento mitológico y lo transforma en un guión de cine de peli del Oeste, con una estructura y lenguaje propios del mejor cómic combativo, lo agita bien en esa coctelera ecléctica que debe tener por cerebro y, ‘voila’, sale ‘Django desencadenado’: que narra la historia de un esclavo maltratado y humillado que tiene la oportunidad hacerse cazarrecompensas, y por tanto, de matar blancos -y cobrar por ello- de forma legal. Un cazarrecompensas de origen alemán (Christoph Waltz) le proporciona la libertad a cambio de que le ayude a identificar y dar caza a un grupo de delincuentes buscados por la justicia y que Django conoce. El alemán y el esclavo liberado se convierten en socios y emprenden un largo camino juntos con el objetivo final de encontrar y liberar a la mujer de Django, la bella Brunhilda (Kerry Washington) esclavizada en una de las plantaciones más grandes del Sur. Y a partir de aquí comienza la historia real de la película con un guión sorprendente.

El cuento “romántico” de Tarantino tiene el valor de hacer un retrato despiadado y mordaz de la América blanca sureña, ejemplificada en el terrateniente esclavista Calvin Candie (personaje interpretado por un grandísimo Leonardo Di Caprio), un ser despreciable, mezquino y bruto -en el más amplio sentido del término- que se disfraza de oropeles y refinamientos propios de la corte prerrevolucionaria de Francia, pero que usa y abusa de la crueldad extrema y el sadismo -si es necesario- para dominar con el miedo a sus esclavos. Este personaje es muy importante en la película, porque resume lo peor de la oligarquía de Estados Unidos, que pone continuamente palos en las ruedas al progreso en igualdad solo para conservar y ampliar sus privilegios de clase.

En este sentido, cabe una reflexión sobre lo que significó la lucha de emancipación de los afroamericanos en Estados Unidos, que ni mucho menos termina con la guerra civil estadounidense entre el Norte y el Sur. Y cabe esa reflexión porque la acción de la película se sitúa dos años antes del inicio del conflicto civil, una guerra que afortunadamente ganó el Norte a un grupo de Estados sureños que se rebelaron para negar derechos de igualdad a una parte enorme de población, los negros esclavos. Una guerra en la que los estadounidenses, los trabajadores -tanto los negro como los blancos- se jugaban muchísimo, se jugaban su emancipación. Y la acción de esta película está trufada de una violencia brutal -que existía, no era nada estética, y no se la ha inventado Tarantino-, en la que se muestra un “Oeste” (cómo género cinematográfico) desmitificado, repleto de hombres blancos envilecidos por la ignorancia, la codicia y la ausencia de normas.

Conviene recordar aquí, ahora que coinciden en la cartelera dos películas que tratan de fondo el tema de la esclavitud en Estados Unidos (‘Django’ y ‘Lincoln’), que en esa lucha de emancipación destaca con carácter propio Abraham Lincoln, el presidente americano que consideraba que la abolición de la esclavitud era necesaria para el progreso del país y para dotar de valor propio al mundo del trabajo, a todo el mundo del trabajo, fueran blancos o negros los componentes de ese universo. Lincoln era un convencido defensor de los derechos de igualdad y de justica, además de considerar necesaria la emancipación de la clase trabajadora en general para que fuera dueña de su trabajo y estaba convencido de que eso no se podría conseguir sin la abolición de la esclavitud (como recuerda Vicenç Navarro en un reciente artículo titulado “Lo que la película ‘Lincoln’ no dice sobre Lincoln” publicado ‘Publico.es’).

Pero además caben otras reflexiones. Tarantino ofrece un guión pivotado en tres vértices: un negro esclavo liberado, que bien podría simbolizar el tercer mundo que reclama su lugar en la historia y su parte de la tarta, para sobrevivir; un alemán cazarrecompensas, que mata sí, pero siempre dentro de la legalidad establecida, que es culto, tiene valores y cree en la justicia y en la igualdad entre los hombres, y que podría simbolizar esa Europa que planea por el mundo con esos valores igualitarios pero sin ser capaz de cambiar las cosas del todo, confraternizando un poco con estos y aquellos; y un terrateniente blanco que simboliza lo peor de la oligarquía que domina Estados Unidos. Y qué hace Tarantino con estos tres personajes, los enfrenta y le da la oportunidad a los perdedores, a los parias de la tierra, al tercer mundo -simbolizados en el personaje de Django, el esclavo desencadenado- de tomar el “palacio de invierno”, en este caso, de tomar al asalto la plantación de los poderosos y darle la vuelta a la tortilla. Y le da la vuelta de la única manera que sabe, y que todos entienden, con violencia, con extrema violencia, no deja a nadie vivo. Pero lo hace por una buena causa: liberar a su mujer y sobrevivir en libertad.

La película bien podría ser una metáfora para advertirnos de que la locura en la que estamos instalados en el mundo actual, en el que hay unas desigualdades brutales que se imponen con la violencia del hambre y la pobreza, tendrá un recorrido dramático si no se cambia el rumbo, si no se reparte. Porque cuando los desesperados llamen a la puerta no lo harán con refinamiento, ya que a ellos no se les ha tratado con refinamiento, ni mucho menos.

Recomiendo ‘Django desencadenado’ porque es buen cine. Un cine que tiene el sello de un gran Tarantino. Un director genial (desde mi punto de vista), que sabe utilizar todos los recursos cinematográficos de sus mayores (en esta película homenajea en varios planos al ‘Ciudadano Kane’ de Orson Welles, además de a Peckinpah y a Sergio Leone) y muchos recursos del mundo del cómic para hacer un gran producto con lenguaje propio. Además, los actores están fantásticos y se mueven con autenticidad diabólica en un guión trepidante en el que el autor no deja títere con cabeza.

Esta película es puro cine de Tarantino, políticamente incorrecta hasta el extremo, y gamberra, muy gamberra, y muy crítica con esa sociedad blanca inmovilista y ultraconservadora de su país. Tiene también la virtud de haber sabido construir un guión en el que el sarcasmo inteligente ayuda a construir esa crítica social que lleva a reflexionar. Y además, se permite el lujo de conducir a los espectadores de la violencia a la ternura sin pestañear. ¿Se puede pedir algo más?