Una asociaciĂłn, de interĂŠs social, por supuesto, ha fletado un autobĂşs para que, haciendo las veces de valla publicitaria mĂłvil, recorra EspaĂąa con un mensaje contrario a la libre sexualidad de las personas de supuesto, tambien, interĂŠs social.
Una parte de la poblaciĂłn, aparentemente mayoritaria pero no hay que estar muy seguro de ello, ha puesto el grito en el cielo, y en los tribunales, para paralizar el trayecto de dicho autobĂşs en Madrid, primera etapa de su rallye. Se podrĂa calcular en unos, muy pocos, miles de personas los que habrĂan podido ver hasta ese momento el dichoso autobĂşs y su mensaje.
Pero, he ahĂ que, a escasas 48 horas de ese momento ya hay millones de personas en EspaĂąa que han podido ver el estrafalario mensaje. ÂżHe dicho en EspaĂąa? Me corrijo: un twit de Chelsea Clinton desde USA sobre el tema me hace pensar en algunos cientos los millones de personas en el mundo que se han podido enterar de cĂłmo nos las gastamos en EspaĂąa en materia de aceptaciĂłn de libertad sexual. Medios de comunicaciĂłn y redes sociales se han encargado de publicitar, urbi et orbe, el mensaje espuriamente anatĂłmico y groseramente didĂĄctico.
Bien, pues aquĂ todo el mundo ha esgrimido derechos a la hora de publicitar el anuncio. La asociaciĂłn, de interĂŠs social, por supuesto, exhibe su derecho de expresiĂłn para poner el autobĂşs en ruta. Los medios, y bloggers de todo tipo, los derechos de informaciĂłn y de opiniĂłn para multiplicar por miles el escaso impacto que hubiera tenido el mensaje si hubiera estado solo a la vista de los viandantes que se cruzaran con el autobĂşs.
De todos esos derechos, un juzgado de Madrid ha declarado que el de expresiĂłn no permite la presencia del mensaje en el autobĂşs, por lo que ha decretado su ocultaciĂłn mediante una gran pegatina sobre la que se pondrĂĄ, a buen seguro, un mensaje parecido pero disimulado. Al fin y al cabo el presidente de la asociaciĂłn, de interĂŠs social, por supuesto, es abogado y sabe cĂłmo va el asunto. Pero los otros dos derechos, tambien por supuesto, de informaciĂłn y de opiniĂłn, han ocasionado nuevas apariciones del autobĂşs y del mensaje en las televisiones espaĂąolas, y de fuera de EspaĂąa, a la hora de ilustrar la noticia. Y, a buen seguro que lo seguirĂĄn haciendo cuando el autobĂşs prosiga su ruta con el nuevo mensaje. No solo con el nuevo, sino con el antiguo (en realidad viejĂsimo) para que el telespectador pueda compararlos.
Y, dados por supuestos todos los derechos constitucionales de que gozamos en EspaĂąa y de la bondad de todos ellos. ÂżDeberĂan estar satisfechos los usuarios de esos derechos del resultado de su ejercicio en este caso?
Pues, segĂşn lo que pretendieran. Desde luego el que ha usado el derecho de expresiĂłn tiene asegurada su reelecciĂłn como presidente de la asociaciĂłn, de interĂŠs social, por supuesto. Lo mismo le consideran un genio de la publicidad, aunque yo no me creerĂa que tuviera planificada esa repercusiĂłn. El coeficiente intelectual del mensaje y el de la presunta previsiĂłn del alcance de la campaĂąa no parecen compatibles.
Mås bien ha sido el celo de los detentadores de los otros derechos lo que ha hecho superar el alcance esperado por la campaùa. Y no sÊ si estos han medido bien lo que estaban haciendo. Si bien es verdad que el derecho de información es, debe ser, neutro y que cuanto mås se extienda la información  se crea un mayor bienestar para la humanidad (lÊase el libro de Rßdiger Safranski: ¿Cuånta verdad necesita el hombre?), no pasa lo mismo con el de opinión.
La expresiĂłn de una opiniĂłn contraria al mensaje en los medios de comunicaciĂłn supone una reiteraciĂłn indirecta del mensaje que se quiere rebatir, por lo que la eficacia de la crĂtica queda parcialmente compensada por la repeticiĂłn del mensaje. Hay que volver a repetir que sobre el dichoso mensaje no hay un suficiente consenso social. Sobre esto hay mucho escrito en comunicaciĂłn social y en prĂĄctica judicial.
De todas formas, esperemos que el resultado social sea el de afianzar la libertad de las personas en el uso de lo mas propio, su cuerpo. Aunque no sĂŠ si los convencidos de cada parte van a cambiar de manera de pensar por esto.
