Siempre me resulta un poco bochornoso escribir sobre las actuaciones vergonzosas que se realizan en polĂ­tica. Y me genera cierto apuro por dos razones: una, porque yo tambiĂŠn he estado en polĂ­tica con debates parlamentarios broncos, donde resulta muy difĂ­cil inhibirse a un ambiente caldeado y polarizado; dos, porque no me considero apta para criticar las actuaciones de los demĂĄs, aun no siendo ejemplarizantes.

AĂşn asĂ­, no puedo evitar estar preocupada. Muy preocupada.

El ambiente que vemos del parlamento español no es edificante. Ni siquiera podríamos decir que es “política”, un ejercicio público tan antiguo como la sociabilidad del ser humano: una herramienta que organiza nuestra convivencia.

El parlamento espaĂąol se ha convertido en un barrizal, en un insulto permanente, en una crispaciĂłn desbordada, en un juego de suma cero, en la aniquilaciĂłn del adversario, en intentar destruirlo todo (incluida la confianza en el sistema democrĂĄtico).

Lamentablemente, no es la primera vez que sufrimos este ambiente. Suele producirse cuando el PP estĂĄ en la oposiciĂłn. No es ni mĂĄs ni menos que la estrategia electoral que el PP ha utilizado y utiliza. Lo vimos cuando habĂ­a que acabar con Felipe GonzĂĄlez a toda costa, donde se emplearon a fondo, no solo el PP con Aznar a la cabeza, sino tambiĂŠn medios de comunicaciĂłn de la derecha (acuĂŠrdense de las entrevistas posteriores que concediĂł Luis MarĂ­a AnsĂłn, director entonces del ABC, explicando la estrategia de derrotar a Felipe). Lo vimos de nuevo cuando Zapatero llegĂł al gobierno, y como se utilizĂł el terrorismo, ETA y todo cuanto estuviera a su alcance para denostar al presidente Zapatero (incluido el ataque a sus hijas, a la imagen de dos adolescentes, que deberĂ­an haber dejado al margen de tales sarcasmos).

El PP es así. Una dirección política con el colmillo retorcido, que rezuma continuamente venganza, que utiliza la estrategia permanente de la confrontación más vil, y para quien todo vale, sobre todo, embrutecer y ensuciar el debate político bajo el prisma de que así, metidos en el fango, “todos salimos salpicados”.

Y, ÂżquĂŠ hacer?

Pues no soy quiĂŠn para dar consejos. Porque resulta complicado no defenderse cuando atacan a tu familia, cuando difaman o acusan sin pruebas, cuando no se muestran argumentos sino insultos, cuando el parlamento se convierte en un barrizal. No es fĂĄcil permanecer impasible o mantener las formas de educaciĂłn correcta.

Lo que ocurre es que entrar en la pelea “cuerpo a cuerpo” denigra todavía más al parlamento, envilece a quien debate y, sobre todo, no es garantía de éxito.

El PP no frenará su “acoso y derribo”, porque está con el colmillo afilado, frotándose las manos, pensando en lo poco que le queda para ganar. Y está dispuesto a destruir a quien haga falta.

Pero el PSOE no puede seguir ese nivel de debate. Debe medir mejor sus fuerzas y su estrategia. SĂŠ que no es fĂĄcil. Pero se pueden hacer debates duros e incisivos, al mismo tiempo que se aportan argumentos, razones y datos. Tampoco soy ingenua y no pienso que las buenas maneras sean motivo para que una gran parte de la ciudadanĂ­a distinga entre un partido u otro. Eso no va a ocurrir, porque el ambiente social estĂĄ ya a niveles de alta polarizaciĂłn.

La polĂ­tica y la sociedad se retroalimentan. AsĂ­ pues, que el PSOE no crea que su buen hacer le puede llevar a la victoria. El problema es que tampoco se lo garantiza caer en la continua provocaciĂłn del PP.

De su forma de hacer polĂ­tica dependerĂĄ la calidad del parlamento y la confianza de muchos (no de todos) ciudadanos.

Y ya sĂŠ que todo esto es mucho mĂĄs fĂĄcil de decir desde fuera que de hacer cuando estĂĄs en medio de un debate polĂ­tico. Por ello, tomen esta reflexiĂłn desde la mĂĄs profunda preocupaciĂłn.