En la vida política tiende a ponerse cada vez más énfasis en las prácticas negativas y críticas que en las propositivas. Lo que se destaca, por lo tanto, no es lo que cada cual postula, sino a quién se denigra y descalifica de manera más rotunda y sistemática.

Tal negatividad se proyecta especialmente sobre aquellos líderes políticos a los que se pretende destruir por completo. Por eso, cuando un líder cae en el visor de los profesionales de la negatividad ya puede irse preparando.

Pedro Sánchez fue uno de esos líderes a los que, desde el primer momento, le cayó encima una fuerte carga descalificadora e insultante por parte de la derecha política y mediática. Bien es cierto que, a veces, con la colaboración de ciertos compañeros y compañeras de filas, que contribuyeron a reduplicar los efectos de tamaño proceder.

Por esta vía se acabó construyendo un cliché negativo sobre Pedro Sánchez que comprendía tanto aspectos personales como políticos. Un cliché que acabó penetrando en ámbitos sociales muy diversos, y que durante un tiempo fue un hándicap importante para sus posibilidades de proyección pública.

Ni que decir tiene que aquellos que en algún momento conocían de cerca a Pedro Sánchez, o podían escucharlo, se solían sorprender, comprendiendo lo desmesurado de la campaña de intoxicación que se había lanzado sobre su figura y su forma de ser.

Como se puede comprender, cuando te ves sometido a tal cuestionamiento crítico y descalificador, y cuando la crítica encanallada se extiende al círculo de tus amigos y familiares más cercanos, no es fácil sobreponerse y aguantar si no tienes convicciones arraigadas y una personalidad suficientemente templada como para resistir.

Algo que Pedro Sánchez explica en su libro Manual de Resistencia, publicado por Editorial Península en febrero de 2019.

Los expertos en comunicación y competencia política podrían explicar con cierto detalle y conocimiento de causa cómo se construyó dicho cliché negativo y de qué manera se propaló y sustentó hasta que terminó calando en círculos amplios de la población española. No solo de derechas.

La consecuencia de esta operación fue que cuando Pedro Sánchez empezó a proyectarse públicamente de manera más intensa, sobre todo en el contencioso de su defenestración y en las segundas elecciones primarias a las que concurrió, tuvo que enfrentarse a una situación difícil. Además con el agravante de que no se trataba de prejuicios racionalmente articulados y sustentados en base a factores o hechos concretos y verificables, sino que se trataba de apreciaciones per se, que consecuentemente no eran fáciles de refutar o contrastar. Algo que forma parte de la misma naturaleza del prejuicio y con la que yo mismo me topé muchas veces en conversaciones e intercambios de opiniones con algunas personas –entre ellas amigos apreciables– con las que resultaba imposible reflexionar o argumentar racionalmente sobre este particular. Algo que los “creyentes” suelen considerar como cierto per se, que no admite dudas, verificaciones, ni cuestionamientos.

La existencia de tal tipo de prejuicios tiende a conformar segmentos hostiles entre el electorado, cuyas opiniones solo suelen cambiar con el contraste de los hechos. Es decir, cuando algunos de los prejuiciados pueden constatar con hechos fehacientes que tales apreciaciones carecen de fundamento. En todo o en parte. Lo que en el caso de las negatividades políticas solo se puede disipar cuando aquel que es víctima de tales clichés críticos tiene la oportunidad de gobernar. Y, por lo tanto, someterse a un escrutinio público incuestionable.

En el caso de Pedro Sánchez, las situaciones políticas que padeció previamente a su llegada al gobierno y los comportamientos dignos que mantuvo poco a poco le granjearon simpatías fervorosas entre un número no despreciable de ciudadanos. Lo que dio lugar a que una parte del electorado le apoyara entusiastamente, mientras que otra parte tenía opiniones bastante críticas ante él. Por eso, en las encuestas, a la hora de valorar su figura, era uno de los líderes que obtenía tanto puntuaciones muy negativas como muy positivas.

Sin embargo, todo esto cambió casi por completo en cuanto empezó a desempeñar sus funciones como Presidente de Gobierno y cada vez más electores pudieron comprobar con hechos concretos y bien visibles que los prejuicios que les habían imbuido no se correspondían con la realidad. De ahí el proceso reverso al que se asistió a continuación, y que conforma un fenómeno político y sociológico singular.

De ahí el interés analítico de poder verificar con datos contrastables cómo ha ido diluyéndose aquel cliché negativo. Punto a punto, la imagen que se quiso transmitir de Pedro Sánchez, en primer lugar, como un líder extremista quedó contrastada con la realidad de un Presidente de Gobierno prudente, poco dado a los extremismos, y que transmite tranquilidad y confianza.

En segundo lugar, la radicalidad de las supuestas medidas económicas que, según se decía, pretendía tomar y que asustarían a las empresas y a los mercados internacionales no se vieron por ningún lado, quedando refutadas por una buena aceptación y una razonable tranquilidad económica, incluso con mejoras visibles en el clima político y con una Bolsa que no se hundió como consecuencia de la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa.

En tercer lugar, las catástrofes anunciadas debidas a la fragmentación de España que se decía que impulsaría tampoco se produjeron, ni se hicieron visibles los supuestos pactos secretos a los que algunos decían que había llegado con las fuerzas secesionistas. Sino que más bien al contrario sus comportamientos fueron firmes e inequívocos, no solo en el apoyo a la aplicación del artículo 155 de la Constitución por el Gobierno de Mariano Rajoy, sino también en su comportamiento ulterior que, aunque siempre dialogante y sosegado, nunca se plegó ante las exigencias de los independentistas. Lo que le costó que estos no apoyaran los Presupuestos Generales del Estado. Sin embargo, su talante negociador y dialogante ha dado lugar a que, durante el escaso año de su primer gobierno, no solo se produjera un apaciguamiento del clima político general en Cataluña, sino que también ha disminuido la población que apoya el secesionismo, según los datos de las encuestas fiables del CEO de Cataluña (el equivalente al CIS).

En cuarto lugar, los peligros de aislamiento internacional que algunos auguraban como consecuencia de la desconfianza y el supuesto rechazo que suscitaría Pedro Sánchez no solo no se produjeron, sino que ha ocurrido todo lo contrario, con un reforzamiento neto de la posición y el papel de España y su Presidente en prácticamente todos los foros internacionales. Un Presidente que habla inglés y francés y que tiene una formación internacional de primera categoría, debido a las estancias y tareas que realizó en Nueva York, donde entre otras cosas trabajó en un bróker de Wall Street, en Bruselas, donde cursó un Máster internacional, en el Parlamento Europeo, donde participó en el debate presupuestario europeo colaborando con Bárbara Dührkop, o en Bosnia-Herzegovina, donde se fogueó en resolución de conflictos internacionales como ayudante especial del embajador Carlos Westendorp… Con todo este bagaje a la espalda, el Presidente Sánchez ha desarrollado una potente agenda internacional, proyectando una imagen de hombre de Estado con altura de miras, moviéndose como pez en el agua en los foros internacionales, ganando prestigio y consideración en las principales cancillerías del mundo, especialmente en Bruselas, donde España ha merecido la credibilidad suficiente como para disponer de márgenes importantes en los Presupuestos Generales, que ahora se consideran completamente creíbles y fidedignos.

En quinto lugar, las consecuencias apocalípticas que se anunciaban como consecuencia del nombramiento de ministros poco formados y escasamente responsables, también se han visto contrastados por un Consejo de Ministros con mayoría de mujeres y con independientes de prestigio. De forma que el equipo ministerial ha merecido durante su corto período de gestión un notable reconocimiento público.

Y, aún sin agotar el tema, en lo que concierne a algunas de las carencias y defectos personales que se le atribuían, como no tener un carácter firme, ni convicciones serias, o ser muy frío, altivo y distante, o cambiar continua y frívolamente de opinión y de comportamiento, lo que ha podido ver todo el que no ha querido mantener apartados los ojos de la realidad, es a una persona seria, cercana, cordial y comprometida, que no se ha dejado influir por apremios indebidos, ni ha cedido a las presiones –casi chantajistas en algunos casos– a las que ha sido sometido por algunos de aquellos de los que se podía esperar todo lo contrario. Con lo que ha demostrado que es un líder con criterios y firmeza de ánimo, también como Presidente del Gobierno de España. Al igual que antes ya lo había demostrado como Secretario General del PSOE.

Con todos estos bagajes, precedentes y condicionamientos no se puede negar que durante el año escaso en el que Pedro Sánchez ha sido Presidente de Gobierno no solo ha realizado una labor correcta, sino en algunos casos bastante cumplida. Aún con la limitación de contar solo con 85 diputados. Lo que ha obligado a llevar a cabo acuerdos con distintos partidos para aprobar las 20 leyes y los 33 decretos-ley refrendados, con los que se ha intentado adoptar medidas urgentes y atender promesas electorales concretas, que ponían en marcha soluciones a cuestiones inminentes, prestando atención a necesidades acuciantes de varios sectores sociales.

Todos estos hechos y dinámicas han dado lugar a que la imagen de Pedro Sánchez y las valoraciones sobre su figura hayan estado mejorando progresivamente entre la opinión pública, hasta llegar, en el momento en el que se escribe esto, a ser el líder mejor valorado y el que suscita menos opiniones-puntuaciones negativas en la escala decimal y el que recibe las calificaciones más altas. Lo que no significa que no persistan aún residuos del viejo cliché negativo que con tanto empeño se construyó.

Pero, la cuestión no queda solamente ahí, sino que en este período en España se ha producido también un fenómeno singular de reforzamiento del papel y de la valoración presidencial, como ya se produjo en ciertos momentos con otros presidentes anteriores. Pero con mayor énfasis, y diferencias, en este caso. Es decir, el número de personas que en julio preferían a Pedro Sánchez como Presidente de Gobierno no solo se situaba en torno a 10 (o más) puntos por encima de los votantes posibles del PSOE, sino que también ha ido aumentando en paralelo al crecimiento de los posibles votos directos (no ponderados) del PSOE, según las encuestas fiables (vid. gráfico 1).

El ascenso paralelo de ambas tendencias revela que análisis como los que he realizado en este texto no se basan en subjetivismos o en simpatías personales, sino que se trata de una evolución consistente de las valoraciones de muchos ciudadanos, que han acabado conformando con sus opiniones casi exactamente el reverso práctico de lo que se pretendió con la propalación inicial de un cliché sumamente crítico sobre Pedro Sánchez. Paradojas de la vida y de la política.