Un artículo escrito por los economistas Thomas Piketty, Cristina Narbona, Nacho Álvarez y Steve Keen, al que se han sumado unos cien economistas más, publicado en siete importantes periódicos europeos, ha removido un tema que, hasta ahora, era considerado un anatema en el campo de la economía aplicada y del pensamiento económico: la deuda pública y su reestructuración, en el marco de la eurozona. Este espacio económico, con unión monetaria pero sin unión fiscal, tiene, en el terreno de las deudas públicas y sus consecuencias, una realidad compleja: los países menos desarrollados, los del sur de Europa, se encuentran constreñidos por la existencia de una moneda sobrevalorada. A esto deben añadirse factores internos, de estructura productiva, que infieren a su vez déficits externos.

Durante la Gran Recesión, la austeridad expansiva aplicada a esas naciones supuso la devaluación salarial y la exigencia de controlar déficit y deuda. Estos elementos significaron la precariedad laboral y social y una dificilísima situación para las capas vulnerables de la sociedad. Grecia fue el exponente de todo ello. Durante la Gran Reclusión, estamos viendo cambios relevantes en relación a la austeridad expansiva. De entrada, la política monetaria del BCE ha dado un giro importante: el abandono de mantener la inflación en el 2% –un aspecto que se está discutiendo a fondo en la sede del BCE–, para centrar los esfuerzos en preservar los países con déficits públicos muy profundos. La conexión con la política fiscal –poco presente durante la Gran Recesión– se ha hecho palpable. Incluso aquellos gobiernos que eran líderes en la aplicación de la austeridad, han optado por relajar el control del déficit público ante los desequilibrios provocados por la pandemia. Las cifras son elocuentes, a pesar de ese golpe de timón: los tipos de interés son negativos, mientras que la inflación persiste por debajo del 2% e incluso, en algún país, se acerca a escenarios deflacionistas.

En tal contexto, los gobiernos han decidido, avalados por esa política monetaria y por una reorientación del pensamiento económico en la Comisión Europea y el FMI, implementar programas de inversión. Un factor que incide en el avance del déficit. Su financiación se ajusta a la emisión de deuda soberana, adquirida por inversores o monetizada por el banco regulador. El dinero, a partir de ahí, lo crea la banca privada, cuando concede créditos a empresas y familias. Las reservas mínimas que las entidades bancarias deben tener son los límites a ese proceso. Los balances de los bancos recogen el resultado de esas operaciones. Los interrogantes que se abren son varios, y señalan vías a la investigación:

  • El límite que tiene la monetización: es sobre todo la tensión de una inflación fuera de control. Este escenario no se intuye en la eurozona, teniendo en cuenta la evolución de los precios hasta la fecha. La confianza en el euro por parte de los mercados es un factor que disuade tensiones de precios, toda vez que no se van a producir devaluaciones. La hiperinflación es la única amenaza real, ya que provocaría desconfianza total en la moneda –recuérdense las hiperinflaciones alemana y austríaca a principios de la década de 1920, hace ahora justamente cien años–.
  • La devolución de la deuda. Toda esta, tanto la vencida como la emitida de nuevo para refinanciar, la está comprando el BCE, o bien los bancos comerciales con dinero prestado por el regulador. Si los países de la eurozona no pagaran esa deuda, tal decisión no perjudicaría a inversores ni a ahorradores: la deuda está prestada por el banco central a sus llamemos clientes, los gobiernos de la eurozona. Nos prestamos dinero a nosotros mismos, un escalón más de la deuda mutualizada. Y la fuerza del euro es clara: el pago de impuestos u otras obligaciones en euros, junto a las exportaciones en esta moneda –con las que adquirir importaciones en otras unidades monetarias–, son hechos que lo confirman. El superávit comercial del área es de 25,8 mil millones de euros en noviembre de 2020, según Eurostat (https://ec.europa.eu/eurostat/documents/portlet_file_entry/2995521/6-15012021-AP-FR.pdf/b0f5dc7b-395d-8f9b-4f56-8adf48400403), dato que subraya la robustez monetaria.

Lo que se está produciendo en la economía europea con el giro al que aludíamos antes es que el gasto público –ERTES, inversiones, subvenciones– se puede pagar con emisiones de deuda, lo que provoca déficits públicos financiados por el banco central y otros bancos de la misma zona monetaria. Este monto de deuda no crea necesariamente problemas en el futuro mientras la inflación esté controlada bajo parámetros razonables. Esta es una garantía de la sostenibilidad presupuestaria de los gobiernos, si ese segmento de la deuda es condonado –bajo la forma técnica que se decida– para que, a su vez, esos gobiernos puedan disponer de mayores recursos para encarar los retos que tienen planteados. Sería un verdadero alivio, sin duda, para los responsables de la economía y de las finanzas de los Estados.