Hay políticos y profesionales de la comunicación de talante tan negativo y agresivo que cuando se despiertan por la mañana parece que lo primero que se preguntan es: ¿a quién vamos a linchar o despellejar hoy? Se trata de personas que todos conocemos y sabemos que existen tanto en el campo de la derecha y la extrema derecha (con mucha mayor abundancia y colmillos más retorcidos e hirientes), como en campos liberales y progresistas. En menor grado y a veces no se sabe si de manera consciente, o por inclinaciones viscerales y de personalidad.

En el caso de la famosa pregunta 6, y en lo que concierne al momento en el que se produjo el correspondiente —y enésimo— intento de linchamiento, la verdad es que no entendí el comportamiento de algunos periodistas y medios de comunicación que no forman parte de la derecha mediática, y que en esta ocasión fueron especialmente duros en su crítica, no solo por razones metodológicas o por la forma de redactar una pregunta en una encuesta, sino que acabaron cayendo en descalificaciones e insultos personales, sin darme la oportunidad, al menos, de exponer mi punto de vista y completar la información que pudieran tener. Propósito habitual en la práctica del buen periodismo que siempre aconseja escuchar a los concernidos y conocer y contrastar distintos puntos de vista.

Algo que no pude hacer y que posiblemente explica el tono especialmente agresivo —y sin posibilidad de defensa— que tuvieron conmigo, no solo por la presunta mala redacción de una o dos preguntas del dichoso barómetro de abril, sino contra mi persona en general, con ataques ad nominen propios de otros medios de comunicación. ¿Qué se argumentaba? Que, en dicha pregunta y en alguna otra, estaba “todo mezclado, noticias, informaciones, bulos que hay que prohibir”. ¿Y? —me pregunto yo— ¿Acaso no se puede plantear la posibilidad de intentar controlar en momentos especialmente preocupantes los bulos y las informaciones maliciosas? Sobre todo, cuando pueden causar trastornos objetivos a bastantes personas. ¿Acaso no son muchos los que sostienen esto en distintos medios de comunicación social?

La verdad es que un primer indicio de alarma se produjo el día 11 de abril, cuando el subdirector de uno de los programas de información y tertulia de una conocida emisora de radio publicó un tuit en el que se preguntaba: “¿Cuántas mascarillas podrían comprarse con el sueldo de Tezanos?”. Pregunta propia de la antipolítica y de otro tipo de medio de comunicación. Sueldo que, por cierto, me proporciona ingresos inferiores a los que tenía antes como Catedrático Emérito de la UNED. Algo que ni me importa, ni me impide mantener varias de las donaciones mensuales que mi mujer y yo aportamos a causas justas. Además, el susodicho comunicador no ha tenido que realizar tres oposiciones tan duras y competitivas como las que yo tuve que hacer, en tiempos difíciles en los que ser motado de socialista era un demérito, hasta que llegué a “sacar” —como se decía entonces— una plaza de Catedrático en Madrid, donde vivía y trabajaba mi mujer Pilar y, entonces, mis dos primeros hijos.

Pero lo peor sucedió con algunos tertulianos de esta cadena, que llegaron a motar la pregunta del CIS de “torticera”, “confusa” y no sé qué más, calificándola de “insulto a la ciudadanía”, al tiempo que algunos afirmaban que yo no era “ni eficaz”, “ni honesto”, “ni imparcial”, “ni objetivo” en mi trabajo, para descalificar directamente las “preguntas del CIS —¿todas?— de manipuladas”.

Es decir, se hicieron pronunciamientos similares a los que otros portavoces e insultadores del PP y de Vox propalaban simultáneamente —supongo que coordinadamente— desde distintas tribunas mediáticas con intención no tanto de hacer un cuestionamiento metodológico —algo perfectamente legítimo— con argumentos, explicaciones y posibilidades de contraste, sino profiriendo insultos y descalificaciones propias de las películas de buenos y malos de la época de la postguerra. Es decir, la crítica no se formulaba hacia lo que yo pudiera haber hecho —equivocadamente o no—, sino a lo que yo era y pensaba en el plano político e ideológico. Algo característico de la “cultura” del estigma y del pensamiento autoritario, desde cuya perspectiva no se critica —en un sano ejercicio de debate—, sino que se deslegitimiza y se estigmatiza.

Con estos antecedentes, en esta ocasión solo acepté conectarme (desde mi casa, donde permanecía confinado, como todos) y ser entrevistado en un programa matutino de radio. Nada más ser conectado, lo primero que escuché es que alguien estaba criticando mi “desfachatez”. Así que la cosa empezó bien. Aunque después el director de este programa me envió un mensaje amistoso dándome las “gracias por la conversación vibrante y educada de esta mañana”, lo cierto es que la entrevista distó de ser tranquila y distendida, sin caer en la mala educación. Se trata de un periodismo inquisitivo que interrumpe, pregunta y repregunta sin dejar terminar de contestar al interrogado, al que se intenta llevar de un lado a otro sin descanso.

Al final, fueron diecisiete minutos de entrevista en la que yo intenté explicar la verdadera naturaleza de la famosa pregunta 6 y del conjunto del cuestionario, dejando claro que ni el gobierno había tenido nada que ver en el asunto —pretensión verdaderamente disparatada para un gobierno que está trabajando sin descanso y que tiene asuntos muy prioritarios de los que ocuparse—, ni existía por parte de nadie proyecto ni propósito alguno de establecer —o reestablecer— la censura en España. Como estaban sosteniendo medios y voceros de la ultraderecha en aquellos momentos. Es decir, los mismos que se reclaman herederos de principios políticos cercanos a aquel régimen que durante varias décadas sometió a los españoles a una dictadura, con todas sus prácticas nefandas, entre ellas la censura de prensa, ahora se rasgaban las vestiduras aparentando escandalizarse. ¡Qué paradoja, y qué contradicción, que los verdugos de antaño —muchos de los cuales volverían a serlo si se les presentara la ocasión— acusen a las víctimas de entonces de despropósitos que solo están presentes en sus estrategias de acoso y derribo! ¡Y qué absurdo que personas y medios de comunicación que se reclaman demócratas —y no hay razones para no creerlos— hagan el juego y caigan en las mismas exageraciones y trampas de los estrategas del odio y de la tensión!

Lo sorprendente de ciertas críticas es que tienden a hacerse sistémicas y apriorísticas, y se acaban aplicando de manera genérica y constante. Como una descalificación y una imputación en sí. De forma que aquel al que se critica es convertido en un culpable sistémico a priori, al margen de los hechos concretos. Comportamiento que ha sido muy estudiado por los expertos en el análisis de los “estigmas”, propios del pensamiento más conservador y poco humano. Todo ello sin darse cuenta —creo yo— que ese “estigma” inculpatorio puede acabar afectando a las personas “genéricamente condenadas”, influyendo en la manera en la que algunos son tratados cuando van a —o están en— ciertos espacios sociales.

Lo cual también anima —y esto es lo peor— a los querulantes de turno a presentar denuncias en los Tribunales, basadas en este tipo de imputaciones apriorísticas y sostenidas únicamente en recortes periodísticos poco documentados. Denuncias que, aunque no están en la lógica de los Estados de Derecho, causan daño y generan más “noticias críticas”. Como así ha sido.

Un ejemplo palmario de la carencia de conocimientos y de información objetiva de muchas de estas denuncias —incluidas las judiciales— es que los acusadores en ocasiones instan a que se publiciten —o a que los jueces reclamen— datos e informaciones técnicas que están perfecta y detalladamente incluidas en la propia página web del CIS, en todas y cada una de sus encuestas con una absoluta transparencia.

La piedra angular de estas críticas está en la extraña pretensión de hacer creer que realmente yo en el CIS, e incluso antes, “no analizo las tendencias políticas y sociales, sino que las creo”. Afirmación que no sé si tomarme como un chiste, o como un halago desmedido. ¿Tendrán una idea —por muy remota que sea— los que sostienen esta tesis de lo que cuesta influir en las tendencias de las sociedades actuales? ¿Serán conscientes de lo poco que influyen realmente grandes obras de autores e ideólogos sumamente avezados y avanzados? ¿O la labor práctica de líderes especialmente relevantes?… Y si todo eso es así, ¿creen realmente que las Encuestas que se hacen en el CIS durante el período de mi Presidencia están creando tendencias políticas y sociales de fondo en la sociedad española que no estaban previamente arraigadas en la opinión pública? ¿Tan tontos y manipulables piensan que son los españoles? Eso sí que es un auténtico insulto al sentido común y al propio ser de los españoles.

Volviendo a la entrevista radiofónica, ni que decir tiene que, inmediatamente después, en varias plataformas de la ultraderecha determinados profesionales del linchamiento se regocijaron de la tanda de tortas que —según ellos— me habían dado en dicha entrevista hasta dejarme —sostenían— acorralado y sin argumentos. Algunos incluso transcribieron partes de la entrevista en la que solo ponían las preguntas argumentativas y dejaban mis repuestas en puntos suspensivos, como si efectivamente hubiera quedado enmudecido y acorralado.

Muchos de estos comportamientos forman parte del espíritu de hooliganismo extremo —y extremista— que está penetrando algunas plataformas digitales, que se dedican con denuedo a animar a los suyos para que den más bofetadas y más fuertes. Ejercicio tan infructuoso como esperpéntico.

Personalmente, yo he sido y soy partidario de hablar, explicar y aclarar las cosas siempre que se pueda. Y hacerlo con buenas formas, sin enfadarse ni caer en lo mismo que se critica. Y espero no perder ese espíritu de diálogo y empatía, que nos inculcó ese “hombre bueno” —machadianamente bueno— que fue Joaquín Ruíz-Giménez a los que colaboramos con él en aquel proyecto ejemplar que fue “Cuadernos para el Diálogo”.

Respecto a quién ganó o perdió el debate en la entrevista radiofónica, la verdad es que no lo sé, ni me importa. Yo lo único que intenté fue proporcionar explicaciones y más información a las personas de buena fe que escuchan ese programa. Otra cosa es cómo se puedan entender y asumir o no las explicaciones. De hecho, en tales ocasiones resultan gratificantes los comentarios y opiniones que te suelen llegar con posterioridad a tus intervenciones en radio y televisión. En esta ocasión valoré especialmente lo que me comentó un colega sociólogo con responsabilidades en la sociología española que, nada más terminar la entrevista, me envió el siguiente whatsapp: “Muy duro el debate… y magistral y valiente por tu parte. Una entrevista llevada hasta el límite por dos experimentados sabuesos radiofónicos… y les has dejado sin argumentos. ¡Enhorabuena!”.

La pena es que cuando estas cosas ocurren, no tienes tiempo para contestar y agradecer los comentarios de tantas buenas personas —y profesionales— como tenemos en España. Y, también, claro está, para agradecer el ejemplo de los “valientes” que en los momentos en los que se está produciendo un linchamiento de este tenor tienen el coraje personal y profesional de pronunciarse en sus medios elogiando y/o defendiendo al CIS, a sus profesionales y a su actual Presidente. En el período que llevo al frente del CIS he tenido la fortuna de comprobar que son muchos los que tienen esta valentía. En el caso de la encuesta de abril, un periodista de tanto prestigio, por ejemplo, como Carles Castro, en su artículo en La Vanguardia, del 19 de abril, escribió: “El último barómetro del CIS, un sondeo extraordinario centrado en el impacto del coronavirus…”, al principio de su análisis de los resultados.

Ni que decir tiene que en mi consideración sobre este particular me he fijado únicamente en lo que podíamos calificar, imitando el famoso dicho académico anglosajón, como la “franja no lunática” del periodismo; ya que lo que se pudo leer y escuchar en el ámbito de la “franja lunática” no es para ser reproducido en un escrito mínimamente decente.

Ciertos profesionales del extremismo periodístico han adquirido tanta destreza en el arte del insulto y la descalificación, como incapacidad para los argumentos razonables y sosegados. Por eso, cuanta menos razón tienen en un determinado asunto, más exageración y odio despliegan en sus insultos, conformando un mundo de oscuridades del alma en el que uno se acaba perdiendo. Por eso, en ocasiones como esta apenas he echado una ojeada a los escritos denigrantes que suelen remitirnos algunos amigos y entidades, en los que se puede encontrar un odio sistémico, acompañado por largas ristras de insultos de todo tipo y tenor. Algunos que yo ni siquiera había escuchado antes.

Este proceder, que lamentablemente cada vez se está haciendo más presente en el mundo de la política, hasta ahora no había llegado, en esta manera e intensidad, al mundo de la academia y de la investigación sociológica, por lo que creo que, en ocasiones como esta, en relación con una mera pregunta de una simple encuesta, a pocas personas les habían dedicado antes una sarta tan variada y desproporcionada de insultos. De insultos e incluso de denuncias en los juzgados. Aunque no ha sido la única ni la primera vez.

Adicionalmente, hay que hacer notar que en el mundo de los linchamientos mediáticos también están los que se “apuntan hasta a un bombardeo”, como se dice popularmente. Por lo que en este caso no faltaron tampoco los que entraron en las ondas o las redes aprovechando la ocasión para echar sus tres cuartos de espadas al insulterio. Incluso no han faltado los que criticaron al CIS por el cambio metodológico —“otro más”, decían— que supone hacer las encuestas de abril por teléfono. Como si este fuera un cambio metodológico deliberado y gratuito y no una exigencia inexcusable derivada de la situación de enclaustramiento de la población. Situación que impedía que los propios encuestadores del CIS salieran de sus casas para hacer encuestas en los hogares de aquellos que eran seleccionados muestralmente. Personas que, desde luego, ahora no abren sus puertas a un extraño que no conocen. Algo que antes de la pandemia del coronavirus era cada vez más difícil. Como se constató especialmente en el barómetro de marzo del CIS. Y que hasta que no desaparezcan los temores, y las restricciones a salir de casa, resultará imposible.

Con este tipo de críticas, lo único que demuestran algunos “cuestionantes” es lo poco que saben sobre estas cuestiones y lo poco prudentes que son pontificando sobre asuntos que desconocen. Lo que les deja en la situación delicada de parecer que se meten en el linchamiento por inercia y/o por simples animadversiones y envidias personales e institucionales.

Algo que recuerda aquel chiste tan malo de vascos —¡ay los estereotipos! —, en el que un vasco va por la calle por la noche y ve que cuatro personas le están atizando de lo lindo a un pobre barrendero. Tarea a la que él se une de inmediato con tal ardor y dedicación que no se da cuenta de la llegada de la policía y, mientras los otros mamporreros salen huyendo a la carrera, él continúa dándole al barrendero. “¿Por qué le estaba Ud. pegando a este barrendero?” —le pregunta la policía después de detenerlo. Y el vasco se queda pensando un rato y les dice: “Pues la verdad es que no lo sé”. “Pero ¿le ha hecho algo a Ud. el barrendero?” —le dicen. “Pues no” —replica el vasco. “Pero ¿le conocía Ud.?” —inquiere el policía, ya un poco mosqueado. “No, no, que va, es la primera vez que le veo” —replica el vasco. “Pues, entonces, ¿por qué coño le estaba Ud. dando una paliza?” —estalla el policía. A lo que el vasco responde con mucha parsimonia: “Pues, verá Ud., venía yo andando tranquilamente por la calle y vi que cuatro mozos le estaban dando una buena paliza al barrendero, así que me animé y pensé en colaborar. Y me puse a darle unas cuantas tortas yo también. Para que se entere de quien es Patxi”. Pues eso.

Y todo esto, ¿para qué? ¿Con qué propósito? Obviamente la intención de muchos de los ataques y cuestionamientos no es académica, ni científica, sino política. El buen hacer y la credibilidad del CIS y su actual Presidente se cuestionan para restar crédito a sus encuestas, de forma que, paralelamente, se intenta añadir credibilidad a las encuestas de otras empresas y publicaciones que coinciden en un fin político muy claro, que no es otro que acabar con Pedro Sánchez y el actual gobierno.

Para eso se perpetra una campaña de hostigamiento en la que la profesionalidad y el rigor científico del CIS se intenta presentar como una actividad contaminada por propósitos políticos progubernamentales, al tiempo que la actividad de ciertas empresas, vinculadas de facto a partidos como el PP y a los viejos residuos del que en su día fue calificado como “sindicato del crimen” periodístico, se intenta presentar como altamente profesional. Es decir, las encuestas del CIS, con muestras altas (3.000 entrevistas o más), con metodologías aleatorias que garantizan una mayor representatividad, y publicitadas con total fidelidad y transparencia, sin manipulaciones ocultas, son motadas de sesgadas e intencionadas políticamente, pese a que en ellas hayan colaborado en algunas ocasiones empresas privadas profesionalmente acreditadas por una larga trayectoria. En cambio, encuestas realizadas telefónicamente, con muestras muy pequeñas (de 600, 700 o 1.000 entrevistas), efectuadas sin seguir métodos aleatorios rigurosos, que no hacen públicos los datos primarios (lo que realmente dicen los encuestados), que utilizan cálculos proyectivos que se mantienen ocultos (sin transparencia), se intentan presentar como el resultado de ejercicios de objetividad profesional. Es decir, exactamente el mundo al revés.

¿Cuál es el remate de esta operación tergiversadora? Sencillamente sostener, sin que existan otros datos que permitan contrastar las informaciones, ni posibilidades objetivas de comparación, que “la mayoría de los españoles rechazan a Pedro Sánchez y al actual gobierno y que apoyan en mayor grado al PP y a Vox y sus actuales líderes, cuya popularidad y perspectivas electorales no hacen más que subir, en tanto que Pedro Sánchez y el PSOE no hacen más que bajar”. Algo que nadie puede verificar de manera fehaciente.

Y luego se atreven a sostener que el CIS de Tezanos tergiversa y manipula los resultados de sus encuestas, sin recordar que en las elecciones de abril de 2019 las encuestas del CIS clavaron los resultados electorales, y en las de noviembre de ese mismo año acertaron con la tendencia general de los resultados, es decir, con el triunfo del PSOE y con una mayoría de izquierdas, y con la derrota del PP.

¿Qué pretenden ahora los “adivinos” de la derecha? ¿Repetir otra vez las elecciones? ¿Hacerlo una y otra vez hasta que se cumplan sus ideologizados pronósticos? ¿O utilizar sus sesgadas encuestas para generar una falsa impresión de que los españoles están tan hartos de Pedro Sánchez y su actual gobierno que es “necesario” —dicen— perpetrar otras operaciones para lograr traducir en la práctica la típica “profecía que se cumple a sí misma”?

“Menuda tropa”, como decía Romanones.

Se entenderá, pues, que en cuanto lo permitan las actuales condiciones del estado de alarma, voy a pedir mi comparecencia en el Congreso para explicar verazmente cómo se realiza el trabajo en el CIS.