Histriónico, voluble y desequilibrado, el nuevo presidente de Argentina, Javier Milei, se enfrenta a la real politik: a la economía real. Y lo hace tras meses de mensajes distópicos, de promesas incumplibles; de manipular y jugar con las frustraciones de una población cansada de corrupciones, de pérdida de calidad de vida, de inflaciones de tres dígitos. Repetir las promesas de Milei nos adentra en el terreno de lo grotesco, concretado en una hoja de ruta precisa –a parte de otras lindezas que van más allá del mundo de la macroeconomía, como la posibilidad de vender los órganos humanos–: desmantelar el Estado, en sus vertientes más sociales (sanidad, educación); pero, además, descuartizar sus empresas públicas. Es el mal entendido discurso filosófico de Adam Smith, con una reivindicación de la fantasmagórica mano invisible que el gran economista escocés supo matizar con enorme solvencia, no solo en su libro caudal (La riqueza de las naciones), sino en su precedente imprescindible (La teoría de los sentimientos morales).

Estamos, frente a Milei, ante un ultraliberal estulto, un seguidor de algunos economistas de la escuela austríaca que, como Friederich Hayek, seguro que renegarían de un alumno tan ignorante como zafio. Estamos ante un desconocedor de cómo funciona la economía real y sus correas sociales de transmisión, un inexperto en la gestión, ya sea pública o privada, y que, como sus maestros Trump y Bolsonaro, se siente mucho más cómodo en las soflamas y en las charlatanerías teatrales que lo han caracterizado. Pero ahora toca la verdad: mirar números, tomar decisiones, a sabiendas que no van a ser del agrado de todos los que le han aupado al cargo que ahora ocupa.

Privatizar, dolarizar la economía, bajar impuestos a las capas más ricas de la población, recortar prestaciones sociales y ayudas a los colectivos más vulnerables, todo esto va a tener consecuencias relevantes en una anémica economía argentina. Cuatro vaticinios cautelosos: la inflación no se contendrá, sino que va a aumentar al pretender la dolarización, habida cuenta que los pagos externos se efectúan con esa moneda y ésta, el dólar, es escaso en Argentina; posibles protestas sociales ante la magnitud de las medidas anunciadas, si se acaban aplicando; “ataque” de los mercados a la economía argentina –que debe devolver más de cuarenta mil millones de dólares al FMI– y no debería penalizar sus capacidades de ingresos (rebajando los impuestos a los más pudientes), es, por tanto, una cuestión de confianza; y, finalmente, problemas de índole parlamentaria, toda vez que Milei no dispone de mayorías en las instituciones que deben aprobar o denegar sus propuestas.

En España, algunos políticos se han aprestado a aplaudir todo esto: un camino a seguir, si gobernaran y pudieran desarrollar ese programa. Pero en pocos meses veremos los resultados. Entonces, el espejo argentino nos devolverá la imagen real, no distorsionada por las ínfulas histriónicas. La palabra, el concepto, de “libertad” no es un cajón de sastre en el que se incuben ideas y propuestas que conducen, sin equívocos, a la desigualdad. Esa imagen rota del espejo.