Antes de que los ministros y ministras hubieran prometido su cargo, la ultraderecha ya estaba en la calle protestando porque “España se rompe, Sánchez es traidor, aquí gobierna el independentismo, Podemos y Venezuela” y no sé cuántas cosas más. Porque ya no se respetan ni los 100 días de cortesía, qué digo 100 días, ni 100 horas esperaron. Eso sí, habría que ver cuánta gente se reunió en las calles, y Vox pinchó. Porque, sinceramente, aunque Vox quiera llevar a la calle la algarabía, la tensión, la confrontación, la protesta permanente, y, aunque tenga fieles seguidores convencidos (o no) de que gobierna el demonio rojo con rabo incluido, lo cierto es que la inmensa mayoría de los españoles queremos que las cosas vayan bien, que la economía vaya bien, que el bienestar y los derechos se consoliden, que se cumpla con Europa, que haya estabilidad y armonía, que se rebaje la tensión, … porque eso será bueno para todos, porque eso será bueno para España.

El gobierno está compuesto de perfiles sólidos, plurales, técnicos y especialistas, personas preparadas, con criterio, y que ahora deberán aunar esfuerzos, cohesionar posiciones, y saber que los debates se quedan dentro del Consejo de Ministros. Claro que habrá debate y pluralidad, y disensiones, y posiciones diferentes. Porque eso es la política y la democracia, y porque la diversidad de opiniones enriquece y hace que se contemplen todos los puntos de vista y el mayor número de soluciones.

No he visto temor ni suspicacia ni previas desconfianzas entre los ministros y ministras que han ido tomando posesión. Al contrario, he visto ganas y responsabilidad. Todos los que están ahí, y principalmente los dos líderes de ambos partidos, saben lo importante que es para España que el Gobierno funcione. Estoy absolutamente convencida que no pondrán en riesgo la estabilidad de nuestro país.

Y, tan importante es el fondo de las decisiones como la forma en que se transmitan.

Porque la oposición nos va a inundar de griterío, de insultos, de crispación, por lo que resulta imprescindible que se transmita una imagen de serenidad. Y Sánchez sabe hacerlo bien, una cualidad que le sobresale es la capacidad de que sus nervios no se alteren, de no transmitir agresividad, de explicar de forma prudente y pausada, al tiempo que no pierde la consistencia.

Es un gobierno con muchos especialistas y conocedores de sus asuntos, pero también con perfiles fuertemente políticos, curtidos y preparados.

Y, sobre todo, es un gobierno que ha hecho respirar a una inmensa mayoría de españoles porque, por fin, se puede garantizar una estabilidad, pese a la fragmentación política, las dificultades de negociación, y la continua crispación de la oposición.

No será un camino fácil, claro que no. Nunca lo ha sido para ningún gobierno; gobernar no es un juego, aunque haya quienes se planteen la política como un divertimento, una provocación o una escenografía. Los problemas a los que se enfrenta España, desde los territoriales, al cambio climático, a la innovación y la ciencia del siglo XXI, a la desigualdad social constituyen retos de hondo calado.

Y me quedo con el primer mensaje que constituye una forma de hacer al tiempo que un compromiso interno: “Muchas voces, pero una sola palabra”.