El que fue éxito de ventas de Noah Gordon salta a la gran pantalla conservando el título de la novela. “El médico” nos presenta a Rob Cole, un niño huérfano que es adoptado por un barbero y cirujano que le enseña el oficio. Durante años recorren Inglaterra montando espectáculos para atraer al público, hasta que conoce a Benjamin Merlin (Stellan Skarsgård), un médico judío al que pronto admirará y que le descubrirá a su mentor, el científico persa Ibn Sina (Avicena).

Nunca es sencillo llevar al cine una novela y menos una de gran éxito, como en este caso. Stölzl hace un buen trabajo, una adaptación muy libre, pero manteniendo la esencia de la historia. Simplifica el relato y logra embarcar al espectador en un viaje por el siglo XI que atrapa por completo, a pesar que la película dure 150 minutos.

Tres son los elementos sobre los que se articula la historia y el film los mantiene con una exquisita presentación en su forma y tratamiento del asunto. El primero, la diferencia entre occidente (Inglaterra, pero válido para todo lo que conocemos hoy como Europa) y Oriente en lo cultural, social y científico. En definitiva, la enorme distancia en lo que conocemos como desarrollo. El segundo elemento, la permanente intromisión de lo religioso en las sociedades en su forma de organizarse, en todas ellas, con mayor o menor grado. Y el tercero, la persistente resistencia que acaba siempre en conflicto entre religión y ciencia. Entre las creencias y dogmas frente al avance del conocimiento humano en todas sus facetas.

Tom Payne es Rob Cole, el niño que queda huérfano a los nueve años. El cual mantiene su curiosidad por aprender, cada día más, acerca del funcionamiento del cuerpo humano y de las técnicas de sanación, llevándole a interesarse por el mentor de Benjamin Merlin, un médico judío que cura la ceguera del barbero. Él es Ibn Sina (Ben Kingsley) y ejerce como médico y profesor en la lejana Persia, lo que le llevará a embarcarse en un viaje espectacular haciéndose pasar por judío. Los sueños del joven Cole se trasladan a la madraza en la que podrá conocer al legendario sabio y establecer con él una relación de maestro-alumno muy profunda.

El relato marca las diferencias entre el oscuro y sombrío occidente, bajo el temor represor de la religión cristiana , totalmente dominada por la superstición y un oriente musulmán abierto al conocimiento y ejemplo de tolerancia en la religión y el saber. Nos hace recordar la diferencia entre la España de los Reyes Católicos y el período anterior Andalusí.

En general, todas las interpretaciones del extenso elenco de la película son acertadas pero hay que destacar la de Olivier Martinez, que da vida al sultán de Ispahán y viene a condensar en su papel varias etapas diferentes como son el orgullo del poder, la cultura del exceso pero también la fragilidad ante la aparición de la enfermedad y el fanatismo.

Ben Kingsley, que encarna a Ibn Sina de manera sobria y eficaz, no desmerece en absoluto pero las expectativas que siempre se tienen de un actor de esta envergadura, por lo menos a mí, en esta ocasión, no se han visto correspondidas.

La fotografía, la planificación del rodaje y la dirección artística, aunque con tintes teatrales, recuerda aquellas grandes producciones hollywoodienses de los años 50 y 60.