Francia vive de nuevo bajo la presión del miedo al yihadismo y la tentación de reacciones excesivas, que sólo pueden agravar el problema y alentar violencias ulteriores.

La conmoción sacudió a buena parte del país a mediados de octubre, cuando Samuel Paty, un profesor de secundaria de 47 años fue decapitado en plena calle por un hombre de 18 años, de origen checheno, en la localidad de Conflans-Sainte-Honorine (departamento de Yvelines, cercano a París). El enseñante había tratado en clase con sus alumnos las caricaturas de Mahoma (1). El juicio por los asesinatos de los dibujantes y periodistas de la revista Charlie Hebdo se está celebrando en París. Un par de semanas después, tres personas fueron degolladas en la basílica de Niza por un presunto simpatizante islamista.

Estos atentados devolvieron a los franceses a los sombríos días de 2015 y 2016, cuando militantes o simpatizantes del Daesh sembraron el terror entre los ciudadanos con atentados múltiples e indiscriminados. La derrota del Califato en Irak y Siria, prácticamente total, salvo pequeñas bolsas de resistencia, podía hacer pensar en un periodo de cierta calma. Pero, como ya advertíamos entonces, otros terrores vendrían. Cualquier musulmán radicalizado o con un perfil problemático o violento puede convertirse, en un momento dado, en un soldado de Alá o del profeta. Es una cuestión de fanatismo, que no es privativo del Islam, por supuesto, ni de cualquier religión o credo político o ideológico.

El profesor Paty, que fue objeto de homenajes y reconocimientos por su coraje intelectual al evocar con sus alumnos una realidad peligrosa y oscura, ha sido convertido en un símbolo de la libertad de pensamiento y expresión. Previamente, el propio Macron había puesto en marcha una campaña en defensa de los valores republicanos de la laicidad y la tolerancia y se mostraba muy combativo contra lo que denomina “separatismo islamista”. La Asamblea Nacional está debatiendo un proyecto de ley de seguridad global elaborado antes de estos últimos actos de odio religioso.

Después de los últimos atentados, el presidente ha instruido a sus ministros para que adopten las medidas urgentes oportunas contra los considerados viveros o focos de complicidad con los asesinos o simpatizantes. Algunas organizaciones cívicas, como el Colectivo contra la Islamofobia en Francia (CCIF) y otras consideradas “enemigas de la República” han sido o van a ser disueltas, por entender que son negligentes.

Desde la izquierda se ha criticado duramente a Macron y al ministro del interior, Gérald Darmanine, a quien se le considera un halcón en la persecución de grupos sospechosos de connivencia o simpatía con el radicalismo islamista. Los sectores críticos con el gobierno consideran que Macron y sus colaboradores están creando un innecesario ambiente de pánico y aprovechando el clima anti musulmán de un numeroso sector de la población francesa, para robarle apoyo al Frente Nacional (ahora Reagrupación nacional). Una treintena de intelectuales y personalidades públicas, entre los que figura el prestigioso islamista Oliver Roy, han firmado una carta de protesta por las políticas gubernamentales. “No le hemos elegido para esto, señor Presidente”, afirman.

De nuevo se presenta el círculo vicioso del terrorismo islamista (o simplemente alentado por el fanatismo religioso, como parece ser este caso). Un acto violento provoca una reacción política que amplifica más que aplaca las consecuencias del conflicto.

LA PUGNA CON ERDOGAN

Macron recibió la invectiva del presidente turco, con quien mantiene una relación de hostilidad pública y un cruce de cumplidos inusitados en dos jefes de Estado que, además, son formalmente aliados. En un acto público celebrado una semana después del atentado, Erdogan dijo que el presidente francés “parece tener un problema con el Islam” y le recomendó someterse a “exámenes médicos”. En términos muy parecidos se había expresado el año pasado, tras la actuación de Turquía en la zona del norte de Siria controlada por las fuerzas kurdas, que fueron expulsadas militarmente por mercenarios apoyados por el ejército turco para establecer una zona tampón o de seguridad.

Como ya ocurriera entonces, el embajador francés en Ankara fue llamado a consultas, una actuación que suele preceder a la presentación de una protesta diplomática formal. El Eliseo emitió una nota lamentando “la ausencia de cualquier expresión oficial de condena o de solidaridad de las autoridades turcas después del atentado de Conflans-Sainte-Honorine”.

La publicación oficialista turca Sabah acusó al gobierno francés de “lanzar una vasta campaña de caza de brujas contra la comunidad musulmana”. Medios de la oposición estiman que Erdogan agita la hostilidad con Francia para ganar popularidad, muy erosionada en los últimos meses por la crisis económica (su yerno ha sido sustituido como superministro por ineficacia) y la pandemia (2).

Macron recibió reproches de otros dirigentes árabes, aunque más discretos o sutiles. Incluso sus aliados europeos se han abstenido de cargar mucho las tintas, sabedores de que transitan por territorio muy sensible. Las comunidades de musulmanes en Europa resultaron muy perjudicadas por el ambiente de miedo y sospecha con motivo del ciclo terrorista islamista de los últimos años y los gobiernos tratan de evitar provocaciones.

UNA AFICIÓN INCÓMODA

El líder galo no suele morderse la lengua. Recuérdense sus comentarios ácidos sobre Tsipras durante la crisis griega, que Hollande le afeó. Con Trump pasó de los happenings a las pullas. El año pasado provocó un gran revuelo cuando dijo que la OTAN se encontraba en “estado de muerte cerebral”. Hace poco protagonizó un encontronazo con la ministra alemana de defensa, al insinuar que no estaba en la misma longitud de onda que la Canciller sobre una defensa europea más autónoma de Estados Unidos. Merkel corrigió al presidente francés, con quien se entiende regular. Paradójicamente, Annegret Kamp-Karrenbauer es una partidaria decidida de que Europa asuma un mayor compromiso de seguridad, a la vista del cambio de prioridades estratégicas en Washington, más allá de las derivas del presidente saliente (3).

Macron suele mostrarse también polemista con los políticos, líderes sindicales y portavoces de sectores sociales franceses, como se puso de manifiesto con motivo de la crisis de los gilets jaunes o durante el conflicto de la reforma del sistema de pensiones. La franqueza de Macron gusta a ciertos segmentos de la sociedad francesa, pero a veces da la sensación de el joven presidente se deja llevar por cierta arrogancia o exhibicionismo. La gestión de la pandemia ha sido mejorable, como en otros sitios de Europa y del mundo. Esta misma semana se ha anunciado una desescalada del confinamiento limitado tras la segunda ola del virus. Macron afronta elecciones en 2022 (antes que Erdogan, por cierto). No le sobra tiempo para poner en marcha la economía y dejar atrás este tiempo sombrío. De no conseguirlo, puede correr la suerte de sus dos antecesores (Sarkozy y Hollande). Ninguno de los dos fue reelegido.

 

NOTAS

(1) “L’effroie des habitants de Conflans-Saint-Honorine, après le meurtre d’un enseignant, décapité ‘par un monstre’”. LOUISE COUVELAIRE. LE MONDE, 17 de octubre.

(2) “Pourquoi le président turc, Recep Tayyip Erdogan, ataque violemment Emmanuel Macron”. LE MONDE, 26 de octubre.

(3) “As Trump exists, rifts in Europa widens again”. STEVE ERLANGER. THE NEW YORK TIMES, 25 de noviembre.