Durante la campaña, Trump exhibió una tendencia enfermiza a proyectar un universo paralelo: sobre la decadencia de América, sobre el desequilibrado sistema comercial mundial, sobre la amenaza migratoria… O sobre la guerra de religiones. “El Islam nos odia”, dijo una y otra vez, en una irresponsable incitación a eso mismo que él pretendía falsamente denunciar.

Trump aterrizó en Arabia Saudí dispuesto a someterse a un giro orwelliano, con tal de salir indemne de un potencial desastre diplomático. Se avino a corregir su embridar su retórica y a decir lo que le aconsejaron, con mayor o menor agrado. Dicho a la manera trumpiana: a comerse sus propias palabras. Stephen Miller, el mismo asesor xenófobo que elaboró parte de sus exabruptos de campaña, le apañó para la ocasión un discurso de tono conciliador, con el que hacer olvidar tanta barbaridad demagógica reciente. En definitiva, una vuelta al guion convencional, al que informa la política exterior norteamericana desde antes de que él naciera.

En su forzada corrección (1), Trump no incidió en las causas profundas del terrorismo o de la inestabilidad de la región, como intentó Obama en 2009, en su mensaje de El Cairo, con mayor honestidad intelectual. Pero no era eso lo que le interesaba al actual presidente, y mucho menos a sus anfitriones saudíes.

De lo que se trataba era de que todo volviera a estar en su sitio con los jeques, tras la incómoda era de Obama, debido al acuerdo nuclear iraní y a los recelos (que no la oposición) del anterior presidente a avalar en su totalidad los excesos saudíes en Yemen.

Trump le dijo a los saudíes lo que quieren oír: que la Casa Blanca considera a Irán como el principal agente perturbador en Oriente Medio, con su respaldo político, militar y financiero a la Siria de Assad y a las milicias terroristas de Hezbollah en el Líbano, los grupos paramilitares shíies en Iraq o la minoría houthi en Yemen.

La restauración del orden se coronó con una cuestionable venta de armas (110 mil millones de dólares). Y para rematar la puesta en escena, el showman televisivo se sometió un espectáculo de folklore local que no le debió hacer gracia alguna. El paseo de su esposa e hija, con modelos ad hoc para no escandalizar a la puritana familia anfitriona, puso la guinda de la performance.

EL ALIVIO IRANÍ

Mientras el contenido presidente recitaba estas y otras cantinelas, que apenas entiende, en Irán se confirmaba la reelección del moderado Rohani como presidente de la República, por un margen convincente, casi veinte puntos, frente a su rival, el conservador Rasi, de siniestro historial. El presidente iraní, más formado y experimentado que su homólogo de Washington, situó el contexto con elegante discreción. En vez de enredarse en replicas inútiles, resaltó su deseo de que la “nueva Administración norteamericana se asiente para abordar los asuntos que interesan a ambos países en beneficio de la estabilidad regional”.

Los resultados en Irán suponen un alivio transitorio. Como señala Suzanne Maloney, una de las principales expertas occidentales en la República islámica, el importante triunfo de los moderados y aperturistas no elimina las resistencias del establishment conservador, que sigue controlando gran parte del aparato militar y policial y la judicatura. Más de un tercio del electorado sigue respaldando a los ultras (2).

No obstante, hay motivos para ser moderadamente optimista. El triunfo de Rohani se ha amplificado por el excelente resultado de los reformistas y moderados en los comicios municipales paralelos. En Teherán, por ejemplo, todos los concejales pertenecen a la línea aperturista. La perspectiva de una transición aperturista parece más cercana ahora, para algunos observadores, como el teólogo iraní exiliado Mehdi Khalaji (3).

Trump permanece ajeno a estos contrastes y matices. Para no estorbar el exótico reality show de Ryadh. Irán tiene un sistema político brutal, pero al menos una parte de sus dirigentes son elegidos por la ciudadanía. Arabia Saudí es una dictadura teocrática sin matices.

Con este bagaje tan pobre, Trump fue a cumplimentar al otro aliado tradicional de Washington en la región que contempla el nuevo tiempo con aparente entusiasmo: Israel. Ya no tanto. La euforia de los ultranacionalistas israelíes tras el triunfo de Trump se desvanece a medida que pasan las semanas. La promesa electoral de trasladar la embajada norteamericana a Jerusalén se ha olvidado. La barra libre a las colonias se ha esfumado, aunque Trump se mostrará más permisivo que Obama. Sin hacer mucha alharaca, en la Casa Blanca se recupera la doctrina de los dos estados. A falta de un cambio de sustancia, gestos: como la foto en el Muro de las lamentaciones, con desprecio de la sensibilidad palestina, apenas compensada con una visita de compromiso a Belén.

El soplo de Trump al jefe de la diplomacia rusa de una supuesta operación terrorista del Daesh, suministrada a Washington supuestamente por el Mossad, ha alertado a la inteligencia israelí. Los serios y profesionales servidores del “puño de David” no comparten el entusiasmo de los extremistas que menudean en el gobierno: prefieren el estilo serio y articulado de Obama, pese a las diferencias de concepto que pudieran haber existido (4).

EL ATENTADO DE MANCHESTER Y EL ESPECTRO DEL IMPEACHMENT

Como contrapunto trágico de la orquestada gira de Trump, ocurría el atentado de Manchester. Por primera vez, el látigo del terrorismo yihadista sacude una campaña electoral en Occidente. ¿Casualidad? Probablemente, porque quizás es más acertado estimar que el Daesh golpea cuando puede y no cuando quiere.

Manchester, en todo caso, es obra de grupos extremistas que son tributarios de una visión medievalista de la fe no muy distinta de la que inspira a la petromonarquía saudí. Días antes de la llegada de Trump, Arabia Saudí utilizó a Egipto en la ONU para impedir una moción de Washington que pretendía incluir en la lista mundial de organizaciones terroristas al “Estado Islámico de Arabia”. El argumento de Ryadh, que irritó a Washington, es que no existe tal cosa, que en el suelo saudí no hay una estructura del Daesh, sino células sueltas o “lobos solitarios”, como en Occidente. Naturalmente, es dudoso que Trump evocara este asunto en su lobotomizada estancia entre palacios y verbenas.

A la espera de la etapa europea, el primer viaje de Trump al exterior con aires de ópera bufa se salda de la manera esperada. Más allá de un gafe menor, la camisa de fuerza impuesta por colaboradores y/o familiares ha evitado ridículos mayores.

El ganador del colegio electoral ha estado más pendiente del goteo incesante de sus destrozos internos. Nuevas revelaciones ofrecen indicios cada vez más inquietantes de que Trump ha intentado obstruir la labor de la justicia y manipular en su beneficio a los servicios de inteligencia. La obscena exhibición de su incompetencia se solapa con una conducta que podría ser considerada delictiva.

NOTAS

(1) “Don’t be fooled by Trump’s Saudi Arabia speech. He’s still an islamophobe”. MEHDI HASSAN. THE WASHINGTON POST, 22 de mayo.

(2) “What will Rohani’s repeat mean for Iran and Washington”. SUZANNE MALONEY. BROOKINGS INSTITUTION, 22 de mayo.

(3) “Iran’s next big transition is coming sooner than you think”. MEHDHI KHALAJI. THE WASHINGTON INSTITUTE, 23 de mayo.

(4) “Israel intelligence furious over Trump’s loose limps”. KAVITA SHURANA, et alas. FOREIGN POLICY, 19 de mayo.