“Cría fama y échate a dormir”, dice el refranero. Eso, en buena medida, le ha pasado a Josep Borrell a lo largo de su larga vida política, ha sido considerado, y a él le ha gustado, como “un verso suelto” o sea que no rima con el resto del poema. Ahora bien, aunque él crea, con Brassens, que no hace ningún daño queriendo vivir fuera del rebaño; tener fe propia es imposible cuando uno está dentro del entramado institucional.

Los grandes interrogantes que Europa tiene por delante requieren un mayor grado de sinceridad política, menos impostura y planteamientos claros. El razonamiento hecho por el Alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad sobre las dudas respecto a la convicción de la juventud europea a asumir los costes de la transición ecológica de la economía, es compartido por muchos. Sin embargo, ha levantado de sus sillas a políticos y responsables públicos, tanto en España como en la Unión. Además, que haya denominado como “síndrome Greta” a tales movilizaciones ha venido a ser como un ataque directo a la fe verdadera. ¡No es para menos!

No estaría de más que, si queremos llegar a cumplir los objetivos, rebajemos los dogmas y abramos un capítulo de autocrítica de lo que se está haciendo bien y mal.

Uno: La coherencia en política, en este momento, es como el bitcoin, una moneda de transacción especulativa… en el futuro ya se verá. Para que sean creíbles por la ciudadanía las diferentes políticas públicas destinadas a cambiar un modelo de funcionamiento económico, social y cultural, que no había sido cuestionado antes, debe hacerse sin mantener discursos complacientes. Al pan, pan y al vino…

Dos: No hay que dudar que las generaciones más jóvenes han adquirido una cultura medioambiental muy superior a la de sus precedentes. Eso nadie lo ha puesto en cuestión, tampoco Borrell. Colaboró decididamente en la construcción del relato medioambiental en la izquierda española y europea. Sin embargo, ahora lo que toca es pasar de las musas al teatro, no decir tanto lo que hay que hacer sino hacerlo. Las medidas a aplicar y su financiación son inciertas en su contenido y resultado. Lo que parece una evidencia es que va a suponer severos sacrificios y cambios en el modelo de vida; una quiebra radical en el entendimiento actual de lo que es bienestar. Esto no va a ser fácil ni para los jóvenes ni para los no tan jóvenes.

La transición, por ello, no se puede hacer sin un intenso diálogo social profundamente intergeneracional y transversal, muy intenso y participativo. En definitiva, alcanzar un nuevo pacto social, un contrato que equilibre la sociedad y distribuya las cargas. Un nuevo mercado donde el primer prisma de visión sea el valor y no el dinero.

Tres: Los conflictos van a estar presentes en la sociedad. Es un complejo ejercicio de gestionar frustraciones cuando todos estaban preparados para distribuir las expectativas de antaño. Por ello hay que gestar alianzas que no estén basadas en mensajes equívocos. Es un alto esfuerzo político, pero es lo que permitirá dar pasos sólidos en la resolución de los problemas.

No puede olvidarse que la Unión Europea y sus Estados sometieron a un gran estrés a las instituciones democráticas (gobiernos, partidos, judicatura, …) con efectos negativos reales, en colectivos muy concretos, sobre todo en los trabajadores asalariados y los jóvenes. Colectivos que tenían (tienen) en los instrumentos del Estado del Bienestar sus redes para no salirse de la pista y lo vieron mermado y en peligro. ¡Ahora no vale todo!

La complejidad de la misión a desarrollar obliga a la simplicidad y claridad en la traza del camino. Llenar de contenido la “emergencia climática”, declarada con profusión; avanzando con solvencia hacia un cambio en la estructura económica con la digitalización como estrategia para aumentar productividad, esos son los objetivos inmediatos y colectivos. Ahora bien, si no hay una intervención pública muy decidida para propiciar y garantizar por el mercado empleos de calidad, el camino no será de rosas.

Los gobiernos y los representantes políticos tienen que ser conscientes de que esto va a requerir mucha imaginación y capacidad de seducción basada en la realidad, no creando falsos iconos. Ello también va a hacer cambiar las políticas públicas sobre la industria y los mecanismos de gobierno, teniendo que ser dotados de una mayor horizontalidad, con nuevas estructuras y fórmulas de coordinación para optimizar los recursos públicos. Eso significa poner la fiscalidad al servicio de un cambio de paradigmas donde el bienestar requiere ser reconceptualizado.

La interlocución social, para ganar consensos, no se puede convertir en una mezcolanza de ideas y conceptos. El cambio climático no entiende de géneros, razas, edades ni clases sociales. El cambio de modelo productivo tampoco. Es como la verdad, aunque a los mediocres les duela, no tiene remedio.