Cuando apenas han transcurrido veinte días desde la muerte de Philip Seymour Hoffman, quiero hacer este comentario, como sencillo homenaje, sobre la que ha sido su última cinta en las salas de proyección. A sus 46 años, era uno de los más brillantes actores en el panorama actual, siempre será recordado por su memorable interpretación como Truman Capote, con la que obtuvo el Oscar. Tres veces más, fue candidato, con La guerra de Charlie Wilson, La duda y The master, también tuvo una fructífera carrera en teatro: compitió dos veces por los Tony. Y en televisión también estuvo dos veces compitiendo por el Emmy.

Para entender la esencia de este actor neoyorquino nada como la siguiente afirmación que realizó, «Soy un perfeccionista, un problema si eres actor. Cada entrada en escena es la primera vez. Yo no repito tomas, sino que vuelvo a hacerlas. Son conceptos diferentes».

Son muchas sus buenas actuaciones, sólo hay más que recordar al periodista de Casi famosos, al técnico de sonido homosexual en rodajes porno de Boogie nights, al cura lascivo de Cold mountain, el enfermero de Magnolia, a su Truman Capote, al malo de Misión Imposible III, al oficial de la CIA de La guerra de Charlie Wilson, al ambiguo padre Flynn de La duda, al entrenador de béisbol ajado de Moneyball, al cínico asesor político de Los idus de marzo o al hipnótico creador de una secta en The master. Pero si yo tuviera que escoger una, no dudaría, La familia Sauvage, es una película de 2007 escrita y dirigida por Tamara Jenkins, protagonizada por él y Laura Linney. Una irreverente y desgarradora historia que gira en torno a una moderna familia estadounidense. Y que ya recomendamos desde estas páginas.

La película, El último concierto, se centra en los miembros de un célebre cuarteto de cuerda que ve peligrar su continuidad cuando a uno de ellos le diagnostican una enfermedad que le imposibilitará volver a tocar para siempre. Llevan toda la vida juntos, y el hecho de que uno de ellos tenga Parkinson le sume una enorme tristeza e incertidumbre.

Una profunda crisis creativa inundará a los cuatro músicos mientras se encuentran preparando el último concierto que darán todos juntos. Una historia de amistad y compañerismo, de amor por la música. Con una exquisita sensibilidad y puesta en escena que compagina lo cotidiano con la sublimación de las artes, en especial la musical.

La película consigue ser grande, básicamente por mérito de unos intérpretes que aportan al conjunto mucho más que la profesionalidad. Desde la melancolía interiorizada de Christopher Walken, que da vida a un hombre comprometido con el arte de la vida. Un Phillip Seymour Hoffman que deslumbra en cada escena y en cada registro. Y Catherine Keener, una actriz que con el tiempo ha logrado superar muy satisfactoriamente, sus limitaciones interpretativas cuando fue el icono del cine indie.

Por todo ello, no renuncie a ver esta película, llena de sensibilidad y de una constante apuesta por el cine de actores.