La disgregación del voto progresista en los últimos años y las dificultades objetivas para aunar voluntades para sustentar un Gobierno de cambio han dejado a una buena parte de la sociedad española huérfana. Esto ha empeorado aún más en los últimos meses tras el resultado de la Asamblea de Vistalegre II en la que Podemos se ha reafirmado en una visión frentista, la desaparición práctica de Izquierda Unida e incluso el movimiento de Ciudadanos hacia la derecha en su pasado Congreso, abandonando la vertiente más progresista del centro. En todo caso, aún nos queda por delante el Congreso del PSOE, una oportunidad vital no sólo para el futuro de mi partido, sino también para reconfigurar una opción de gobierno creíble desde la izquierda.

Hasta ahora, miles de progresistas no acaban de identificar un proyecto sólido que desde la izquierda aspire a alcanzar el Gobierno y a ejercer el poder con responsabilidad y solvencia. Esta desorientación coincide además con una cierta luna de miel del Partido Popular, que está logrando esquivar inopinadamente todos sus casos de corrupción, apareciendo como el único partido capaz de gobernar el país. Muchos temen un largo periodo de hegemonía conservadora. Por ello, por encima de la discusión sobre las siglas en el seno de la izquierda, hay quien adelanta una inversión de los valores, eminentemente progresistas, que han conducido a la democracia española desde la Transición, porque por duras que sean la críticas al PSOE desde una parte de la izquierda, nadie discute la contribución de mi partido en la configuración de esa sociedad abierta, tras casi cuarenta años de la oscura dictadura, que se ha abierto paso en España. Estamos, pues, ante un posible cambio del paradigma social que transmutaría las características que la sociedad española ha ido adquiriendo en las últimas décadas: abierta, cosmopolita y plural

Sin duda, hay síntomas que pueden apuntar hacia esa dirección, pero también es cierto que el PSOE aún no ha celebrado su congreso, una cita clave no sólo para quienes militamos en él, sino sobre todo para toda esa izquierda que vive huérfana, habiendo votado o no a mi partido en las últimas citas electorales, pero que están esperando en cualquier caso una señal que, al menos, anuncié el inicio de un nuevo camino.

No me detendré en detallar los grandes hitos de la historia de la España directamente enraizada en las decisiones complejas pero rotundas del PSOE. No fue fácil gestionar la salida de la dictadura y la construcción de un Estado democrático, como tampoco lo fue la puesta en planta de un Estado de Bienestar siempre con la oposición de la Alianza o del Partido Popular. Asimismo, las grandes modernizaciones de nuestra estructura económica o la entrada en la Unión Europea no estuvieron exentas de coste. Y, por supuesto, los intentos por encuadrar las nacionalidades históricas, el desarrollo de nuevos derechos civiles y sociales o la batalla contra ETA supusieron también apuestas firmes pero no sencillas de mi partido. El PSOE, pues, tiene un largo historial de éxitos que lo siguen haciendo reconocible por parte de la ciudadanía, aún a pesar de algunos errores.

Para ello, primero en la Transición, el PSOE superó las divisiones internas que habían marcado nuestra historia y se formaron nuevos equipos y renovados proyectos para ofrecer a la ciudadanía una propuesta de izquierda dirigida a la mayoría. Después, tras la derrota electoral de 1996, que recuerdo muy bien, debimos hacer lo mismo hasta superar el Congreso del año 2000 que parió, de nuevo, equipos, proyectos y liderazgos acordes con el momento del país. La travesía que recorrimos tras la victoria del PP fue por momentos devastadora, las losas de algunos errores previos eran importantes, pero pudimos superarlo. Y, por ello, no hay nada que nos impida repetir ahora esos éxitos.

El PSOE salió del gobierno en 2011 apesadumbrado por la complicada gestión de una crisis económica que nos ha entumecido desde entonces. No hubo una explicación convincente de nuestras decisiones, aun cuando en el pasado también habíamos asumido políticas complicadas. En mi opinión, el PSOE falló, no tanto por asumir la responsabilidad que le tocaba en un entorno europeo casi monopolizado por la derecha, sino por no ofrecer una explicación y un horizonte convincente. Ese error nos ha perseguido con un complejo del que no hemos sabido librarnos. Y como suele ser habitual en un partido en situaciones delicadas, nos hemos dejado llevar desde entonces por cuestiones en el interior de la organización, que nos han impedido ofrecer un proyecto creíble y solvente.

Esos debates internos no permitieron un asentamiento de Alfredo Pérez Rubalcaba, pero tampoco del liderazgo de Pedro Sánchez. Podemos discutir si los problemas residían o no en la ubicación ideológica del partido, pero, en mi opinión, es obvio que la ciudadanía no percibió al partido como una opción de gobierno. Es más, la evolución en el pasado lustro muestra más a un partido desorientado, que ha tenido que hacer frente a nuevas formaciones por el centro y por la izquierda, que a una organización con una convicción firme de lo que debe hacer en el Gobierno que desea conquistar.

En todo caso, en estos momentos, el PSOE está llamado de nuevo a asumir su responsabilidad histórica, a la vista de que no habrá un cambio progresista en España hasta que mi partido esté en condiciones de liderarlo. La situación del resto de la izquierda, que no supo gestionar su influencia tras las elecciones de 2015, y que aparece tentada por discursos nacionalistas y autárquicos, ha dejado claro que sólo el PSOE puede aunar las esperanzas de cambio de una gran mayoría de ciudadanos con la capacidad profesional de llevarlo adelante desde el gobierno. Esto es lo que hemos presentado a la sociedad cuando hemos tenido éxito y lamentablemente no lo hemos logrado en las últimas citas electorales. Obviamente, tampoco está claro que ahora vayamos hacerlo. El PSOE, como decía, atraviesa un momento difícil y su actuación consolidará o no esa hegemonía conservadora, que no sólo concentra el poder político, sino que puede alterar la naturaleza progresista de nuestra sociedad. Aun así, sólo puedo ser optimista. Estoy convencido de que mi partido sabrá responder a este reto.

En primer lugar, el PSOE debe pasar página de los enfrentamientos internos. Los tristes sucesos del Comité Federal del 1 de octubre sólo pueden ser los últimos retazos. El próximo Congreso no puede suponer una segunda vuelta de aquella batalla, a riesgo de eternizar discusiones que poco tienen que ver con la política. Seamos honestos y reconozcamos que no estuvimos ante una discusión ideológica o programática, sino táctica: repetir o no unas elecciones legislativas por tercera vez, unido a la discusión sobre la celebración exprés de un Congreso. Esas eran las opciones, a no ser que alguien en el PSOE estuviera dispuesto a alcanzar un acuerdo explícito o implícito con partidos como ERC que, en estos momentos y no en otros en el pasado, están en insurrección contra el Estado. Pedro Sánchez ha negado esa posibilidad y yo le creo. Lo que fue posible en la primera parte de 2016, lamentablemente no lo era tras la repetición electoral de junio, y a la vista de las encuestas menos probable resultaba después de unas terceras. Así, el Comité Federal del 1 de octubre no aprobó el calendario de un congreso exprés y tras la salida en los días previos de una buena parte de la ejecutiva, Pedro Sánchez presentó su dimisión. Una gestora tomó el control y semanas después convocó un nuevo Comité Federal donde se decidió permitir la investidura de Rajoy frente a la opción de unas terceras elecciones.

Todos y cada uno tenemos nuestra opinión sobre qué debería haber hecho el partido en esas semanas, pero en el tiempo desde las elecciones de junio hasta el otoño sólo se escuchó del partido, con excepciones muy minoritarias, la defensa unánime de impedir la investidura de Rajoy. Probablemente, esa ausencia de debate sincero en el interior del partido, en una situación en la que no había ninguna opción óptima, acabó provocando el cisma. En todo caso, con independencia de nuestras posiciones personales, toca ahora gestionar la minoría de bloqueo que el PSOE puede ejercer en el Legislativo, con la que defender a la ciudadanía, especialmente a los más desfavorecidos, a la vez que preparamos el terreno para las próximas elecciones. Por ello, el próximo Congreso es fundamental.

En segundo lugar, y dejando claro que no se deberían repetir choques pretéritos a riesgo de introducirnos en un debate auto-referencial y en un círculo vicioso, el PSOE debe discutir claramente su posición política, en un momento de notables fallas en los debates ideológicos de las últimas décadas. Y para ello deberíamos usar la brújula de los éxitos pasados. El PSOE sólo puede situarse en el centro de la izquierda con un proyecto y un equipo solvente. Si en 2008 el PSOE obtuvo entorno a once millones de votos y en 2016 tan sólo cinco, según los estudios demoscópicos perdimos algo más de dos millones hacia Podemos y el resto fluyó hacia Ciudadanos, la abstención e incluso al PP, que se perfiló como una opción de cierta certidumbre ante la entropía de la izquierda. Por ello, no debemos virar a la izquierda, ni al centro, debemos resituarnos donde hemos estado siempre.

El PSOE no puede perder su esencia, que lo ha hecho confiable para millones de votantes más moderados pero también entre quienes se sitúan a nuestra izquierda, como opción progresista de gobierno. En este sentido, me preocupan los debates esencialistas que olvidan las razones por las que hemos ganado en el pasado y las discusiones híper-pragmáticas que nos impiden vislumbrar nuevos horizontes. Debemos recuperar la credibilidad, la de un partido capacitado para gobernar. En demasiadas ocasiones en los últimos años, hemos abanderado grandes propuestas pero lo cierto es que la ciudadanía no nos ha percibido con la capacidad política y profesional para llevarlas adelante. Necesitamos, pues, no sólo una revisión programática sino esencialmente una mayor solvencia, credibilidad y confianza.

En tercer lugar, esa actualización del proyecto del centro de la izquierda debe enraizarse nítidamente en la construcción europea. En estos momentos, los Estados han perdido de facto su soberanía fiscal y normativa, no ya por la “cesión” de competencias a Europa, sino por la realidad del nuevo entorno globalizado, en la que debemos participar en todo caso, porque no podemos encerrarnos o arrinconar a nuestro país en la esfera internacional. Ahora bien, que debamos participar de la globalización no significa que la asumamos acríticamente o que renunciemos a construir instrumentos de intervención pública para ordenar los propios mercados y reconstruir los canales de redistribución de la renta. Esa es nuestra misión fundacional y el instrumento, en el presente, sólo puede ser la Unión Europea. Solo desde Europa encontraremos también la respuesta a los desafíos hercúleos que afrontamos, desde el cambio climático a los problemas de seguridad, pasando por la reconstrucción de unos canales de solidaridad global. Europa no atraviesa buenos momentos por la mayoría conservadora que sigue dirigiendo la agenda política, pero es el instrumento necesario para que en manos progresistas podemos recuperar de manera efectiva la soberanía. No hay otro. Por eso, los debates nacionalistas que plantean una recuperación de la “soberanía nacional”, como si su pérdida se debiera a Europa, no deja de ser una engañifa proclamada por la extrema derecha, pero también por los populismos izquierdistas. Recuperar la soberanía, ejercer el control de la economía es algo que sólo podemos hacer desde Europa.

Este debate es central en un momento donde el eje ideológico comparte escenario con la discusión autarquía-internacionalismo, donde una parte de la izquierda parece haber adoptado el discurso nacionalista y de repliegue sobre el Estado-nación, que debemos combatir sin complejos. Sin duda, en estos momentos, en Europa es difícil impulsar esa agenda progresista ambiciosa, pero en los Estados-nación será completamente imposible. No debemos, pues, cejar en nuestro espíritu europeísta, dando la batalla por recuperar una mayoría en el Parlamento y en el Consejo para avanzar en una auténtica Europa federal y social.

En cuarto lugar, y más allá de los debates europeos, España debe desplegar una agenda propia de renovación institucional y fortalecimiento de nuestras políticas socio-laborales. Por una parte, España sigue adoleciendo de unas instituciones demasiado débiles, demasiado dependientes bien de los partidos políticos, bien de grupos de interés del propio Estado que actúan con actitudes corporativistas. Pero además, el marco institucional sufre aún más en nuestro país ante los desafíos independentistas. Necesitamos robustecer las instituciones, ordenando el marco competencial de las Comunidades Autónomas, revisando el sistema de financiación y modernizando el sector público, especialmente en el ámbito de la justicia. Y debemos construir un modelo de federalismo asimétrico que responda a la naturaleza del país, frente a las tentaciones centralistas y las pulsiones centrifugas. Es necesario encontrar el modo de evitar enfrentamientos entre la legitimidad electoral y la constitucional. Hay errores que no podemos volver a cometer.

Pero esta agenda, ya nacional, debe incorporar una actualización de nuestro sistema fiscal, acercándonos a los promedios europeos, y del Estado de Bienestar, de la mano de una ampliación de las políticas contra la pobreza, centrados especialmente en la infancia. Debemos acordar una revisión del sistema de pensiones que dé certidumbre en la jubilación y prestar, al menos, los mismos esfuerzos para ofrecer oportunidades a los más jóvenes, reconstruyendo políticas de igualdad “desde la cuna” para evitar que la brecha de desigualdad que se ha abierto en esta crisis marqué a nuestro país por generaciones. Esta reflexión tiene que ser compartida con los sindicatos, con lo que debemos acordar la configuración de otro mercado de trabajo, situando a la negociación colectiva en el centro del sistema, para permitir a su vez un reparto justo de los rendimientos del crecimiento. Y este debate va de la mano de la robotización de la economía y la creación de nuevos sistemas de redistribución, discusión que ha abierto en nuestro país el Secretario General de la UGT Pepe Álvarez. Estas reformas deben combinarse también con nuevos espacios de libertad y solidaridad, donde la batalla contra la violencia machista emerge como primera gran misión.

Por último, y no por ello menos importante, el PSOE como hizo en la Transición y antes de todos nuestros éxitos electorales debe ofrecer a la sociedad un equipo humano y unos liderazgos contemporáneos, que junto al compromiso progresista presenten una solvencia sin atisbo de duda alguna. Un nuevo equipo que ofrezca experiencia y frescura, que aúne a todas las generaciones en pos de recuperar la credibilidad del PSOE no sólo con propuestas de izquierdas sino también con una capacitación profesional y técnica para llevarlas adelante, aunando de nuevo a una gran mayoría de ciudadanos.

Cuenta Alfonso Guerra en sus memorias, en torno a las batallas internas del PSOE en la primera mitad de los años noventa, que siempre tuvo muy presente a la hora de delimitar los desencuentros los riesgos de escisión que sufrió el partido en la segunda parte de los años treinta. El recuerdo de las batallas entre “caballeristas”, “prietistas” y “besteiristas” introdujo al partido en un caos que aceleró la desintegración de las fuerzas republicas en la Guerra Civil. Esa división que se prolongó en el exilio se superó finalmente con el Congreso de Suresnes en el que una nueva generación tomó el control del partido y acabó integrando también a aquellos que años antes habían decidido organizar, fuera del propio partido, el PSOE (Histórico). Esa generosidad que ejemplifica la figura de Ramón Rubial, como nexo entre ambas generaciones, debe ayudarnos también ahora para salir del próximo Congreso con un partido unido después de unos meses de entropía creciente.

España está en riesgo de sepultarse bajo un largo periodo de hegemonía conservadora y neoliberal, que no sólo condicione las políticas sino también la naturaleza misma de nuestra sociedad. Es evidente que en estos momentos de fragmentación de la izquierda y de un deslizamiento de parte de ella hacia los discursos nacionalistas y autárquicos, solo el PSOE, como ha ocurrido siempre, está en condiciones de reunir esa mayoría progresista que aún existe en nuestro país. Para ello, debe afrontar el próximo Congreso mirando hacia adelante, dejando en el pasado disputas que en nada ayudan a configurar nuestra oferta de futuro, y para ello sigue siendo necesario un cambio que acompase nuestra posición con la de la ciudadanía contemporánea. Estoy seguro de que lo lograremos.