Vivimos tiempos de predominio de la ideología neoliberal, según la cual todas las actividades humanas han de estar gobernadas por el mercado. La libre competencia, el abaratamiento de costes, la productividad y el logro de la máxima eficiencia son la religión de nuestro tiempo. A estos dioses se sacrifican cualesquiera otros valores humanos, olvidando que la economía no debería ser un fin en sí misma sino tan solo un medio, al menos en teoría, para mejorar la vida de las personas.

Bien es cierto que no hay enfrente ningún modelo alternativo. Las economías dirigidas desde el estado del antiguo bloque comunista crearon mucha menos riqueza, a un coste mas elevado, y tampoco mejoraron adecuadamente la vida de sus poblaciones. Si acaso, consiguieron repartir la escasa riqueza a partes iguales. A cambio, liquidaron las libertades políticas y crearon su propia casta de privilegiados. Nadie podría añorar un sistema así.

Que la alternativa conocida sea peor no hace bueno al capitalismo. Hay demasiada irracionalidad en este modelo que conviene poner de manifiesto de vez en cuando para evitar que demos por normal lo que no es sino tan solo una opción posible, y además una opción manifiestamente mejorable. Enumero a continuación algunas de esas irracionalidades.

La primera es la del mito del crecimiento ilimitado. Todos los países se esfuerzan por crecer al menos a un 3% anual porque, por debajo de ese guarismo, anidan el estancamiento, el paro y el quedarse atrás en la competitividad global. Y sin embargo, un sencillo cálculo nos indica que ese crecimiento mantenido conduce a duplicar el PIB mundial cada 23 años, o a multiplicarlo por 20 en un siglo. No hay recursos en nuestro pequeño planeta para soportar multiplicar por 20 nuestro gasto actual de energía, de agua, de alimentos, o de minerales, o nuestro volumen actual de generación de residuos. O paramos voluntariamente, o lo haremos en medio de grandes conflictos y catástrofes humanas a medida que se agoten los recursos.

La segunda irracionalidad es que el capitalismo es una máquina de generación de desigualdad. El libro de Piketty, El capitalismo en el siglo XXI, lo ha documentado suficientemente: cuando la economía crece, la desigualdad también aumenta, y cuando se estanca, la desigualdad se dispara a extremos insoportables. Los mecanismos de redistribución de la riqueza, de ámbito estatal y tan solo en algunos países, se ven cada vez más impotentes para reconducir esta situación, en un mundo global en el que el capital financiero se mueve con total libertad y las multinacionales tienen gran capacidad para eludir los sistemas fiscales nacionales. La desigualdad también tiene un límite y sus efectos perniciosos se manifiestan en la aparición de peligrosos populismos que nos podrían conducir a nuevas guerras, y en los masivos movimientos migratorios en busca de una vida mejor.

La tercera, ligada en parte a la anterior, es la incapacidad del sistema para proporcionar medios de vida dignos a toda la población. La mayor parte de los ciudadanos obtiene su renta a partir del trabajo asalariado y este es cada vez más escaso. Los que trabajan lo hacen en exceso, es decir por encima de las 40 horas semanales, supuesta conquista de los trabajadores hace ya casi un siglo, mientras que cada vez son más lo que no lo pueden hacer y quedan en las cunetas del sistema malviviendo de los subsidios o de la ayuda de su entorno familiar. Nunca como hoy ha sido tan grande la productividad del trabajo gracias a la robotización de la mayoría de las actividades. Si el trabajo estuviera repartido a partes iguales, podríamos producir todos los bienes que necesitamos y vivir muy bien trabajando 15 o 20 horas semanales cada uno. Pero ese reparto entra en contradicción con el modelo de apropiación privada de los beneficios de la productividad. En el modelo, el interés de cada empresario individual está en que sus trabajadores trabajen lo más posible y cobren lo menos posible, porque eso le permite vender más barato. El resultado global es el descrito: largas jornadas para los que trabajan y paro para el resto.

La cuarta irracionalidad tiene que ver con los propios bienes producidos. Tenemos los conocimientos necesarios para fabricar ropa más resistente, bombillas con vida prácticamente ilimitada, o automóviles y electrodomésticos que duren más de tres años en buenas condiciones. Sin embargo, hacer esos bienes más duraderos paralizaría la economía. El empresario solo puede pagar los salarios si vende productos, y estos solo se pueden vender en cantidad suficiente si perecen pronto. Producir mal a propósito, ¿no es ésta, vista con perspectiva histórica, una tremenda irracionalidad del modelo?

La quinta es que más barato, o más eficientemente producido, no significa de mejor calidad. El ejemplo más claro lo tenemos en la producción de alimentos. Se han cruzado las especies hasta la extenuación para conseguir más kilos por hectárea, más resistencia a las plagas y mejor aspecto ante el consumidor. El resultado ha sido la venta generalizada de tomates “de madera” y sin ningún sabor, fresas de cartón también sin sabor, pollos engordados en 45 días, de carnes gelatinosas e insípidas, y en general alimentos con menor variedad y menores cualidades nutricionales. Se puede argumentar que parte de esta degradación tiene que ver con la necesidad de alimentar a poblaciones cada vez más amplias. Sin negarlo, también se ha de admitir que otra parte está en la obsesión por abaratar los costes y por competir mejor en el mercado global.

La cuestión que subyace a estas consideraciones es si abaratar costes y vender en grandes cantidades han de ser los únicos criterios para producir bienes, o se pueden imaginar modelos en los que la satisfacción del consumidor, la calidad y duración de los productos, y la sostenibilidad medioambiental entren también en la ecuación.

Finalmente está la cuestión de si toda área de actividad humana ha de caer o no bajo la gobernanza de los mercados. Estos son eficientes y pueden impulsar la innovación solo en ciertas condiciones ideales: libertad para entrar y salir de él, tanto para los productores como para los consumidores, existencia de bienes alternativos, y de suficientes agentes productores para que exista verdadera competencia. ¿Se dan estas condiciones por ejemplo en la producción y distribución de la energía eléctrica? ¿Se dan en la producción y distribución de combustibles? ¿Se dan en el transporte ferroviario? ¿Se dan en el sistema financiero? Y sin embargo se nos presiona continuamente desde las autoridades de la UE para que “liberalicemos” estos sectores. Por no hablar de la educación, la sanidad y las pensiones, donde las presiones para introducir agentes privados y convertir estos bienes de primera necesidad en objeto de compraventa son muy fuertes y persistentes.

El capitalismo sin duda produce riqueza e innovación, pero pagamos un alto precio por ello en términos de fuertes tensiones sociales, conflictividad mundial creciente, agotamiento de los recursos finitos que son de todos, largas jornadas laborales y calidad decreciente de los bienes que consumimos. No basta con combatir sus efectos más perniciosos. Quizás ha llegado el momento de imaginar mejores modelos y de organizar la vida en el planeta de un modo más racional. Digo en el planeta, porque no creo que existan soluciones locales. O se abre paso la racionalidad, o tarde o temprano la irracionalidad nos llevará al desastre.