La película, tantas veces recordada, «Casablanca», tiene una escena en la que el capitán Renault se escandaliza de que, en ese bar, se juega, mientras se está guardando un fajo de billetes procedentes de ese juego. Lo recuerdo cada vez que alguien descubre lo evidente.

Y lo he recordado ahora, cuando la Asociación de la Prensa de Madrid acaba de recriminar a Podemos, en general, y a Pablo Iglesias, en particular, su acoso a algunos periodistas. Esta recriminación se hace a aquellos que han llamado de todo a adversarios políticos, adversarios económicos, adversarios sociales y adversarios en general. Y, entre esos adversarios, se encuentran, al parecer, medios de comunicación. Tiene bastante lógica que la Asociación de la Prensa utilice, precisamente, la prensa para denunciar ese acoso, si es que así lo consideran. Lo que me planteo es si la denuncia es por el acoso o simplemente por los acosados. Y lo que me pregunto es si el acoso a periodistas es el límite del acoso o si se trata solo de una crítica corporativa, plenamente legitima.

Hay un debate, muy actual, en relación con lo que se considera políticamente correcto y si dicha corrección ha perdido, o debe perder vigencia. Los nuevos modos de expresión, entre los que cabe no solo el uso normal de palabras antiguamente malsonantes en el discurso público sino la utilización de palabras inacabadas en los mensajes políticos, se han extendido entre la clase política. Sobre todo, pero no en exclusiva, entre la nueva clase política.

Y no solo es como se dice, sino lo que se dice. Lo que antes era llamar al pan, pan y al vino, vino, ahora es hablar para la gente, con la diferencia de que al pan y al vino, se puede añadir cualquier otra palabra por malsonante que pudiera, anteriormente, ser o por mucho que moleste a alguien. Todo se sacrifica a la claridad en el mensaje para que no quede ninguna duda de lo que se quiere decir, a excepción de esa mutilación de palabras de los twits que, de todas formas, deben de estar a punto de entrar en la RAE.

Ese debate parte, efectivamente, de algo que empieza a ser costumbre como es el desprecio de las buenas costumbres que ya han dejado de ser buenas para convertirse en viejas, quiero decir «viejunas», que es una categoría que une la característica del desprecio a la de la antigüedad. Lo nuevo parece ser algo tan antiguo como ofender al adversario no solo rebatiendo sus ideas sino atacándole personalmente. Y, esa «novedad», ha llegado, desde sus sitios más tradicionales, como la taberna, hasta los rincones más tradicionalmente formales como las salas de prensa o el mismísimo Parlamento español.

Pero que nadie piense que estos malos modos constituyen una norma democrática que todos tienen derecho a utilizar a su antojo. Generalmente los que más la usan son los primeros que se quejan de que «les ataquen». Precisamente, la queja de la Asociación de la Prensa de Madrid viene motivada porque, en Podemos, piensan que algunos periodistas «les atacan» y, a ellos, ¡a ellos!, no les pueden decir nada que no les guste, sea fruto de la labor periodística o infundido por su empresa. Así pues, deben pensar en Podemos, el que quiera insultar o acosar, que se haga de Podemos, que es lo moderno y lo legitimador para cualquier cosa en aras de la representación de la gente.

Por último, quiero lamentar el acoso a periodistas por parte de miembros de Podemos. Exactamente igual que, en su día lamenté lo de la cal viva, lo de los escraches a cargos públicos, los insultos a adversarios políticos o el mismo acoso al Congreso de los Diputados en día de sesión. Me parece, todo ello, lamentable, aunque no sorprendente.