Los cromosomas de las células eucariotas no son visibles en una situación normal, pues se hallan expandidos por todo el núcleo. Sólo cuando la célula está a punto de dividirse, los cromosomas se hacen más compactos y se distinguen perfectamente unos de otros. De la misma manera, las crisis agudas de una sociedad hacen que en esos momentos se hagan patentes tanto sus virtudes más profundas como sus más mezquinas carencias. La crisis del coronavirus está sacando a la luz todas ellas.

Empezando por las virtudes, la sociedad española se está comportando en su inmensa mayoría de un modo profundamente responsable y cívico. Ha entendido y ha atendido las estrictas medidas de confinamiento que ha decretado el Gobierno. Y, a juzgar por la gran cantidad de videos jocosos y chistes que circulan por las redes, las está sobrellevando con un encomiable buen humor. A la vez, se muestra agradecida a los héroes de la primera línea de fuego, a los sanitarios, con esos espontáneos aplausos que surgen cada noche de ventanas y balcones. También, muchos jóvenes se han ofrecido desinteresadamente a hacer la compra a las personas mayores que viven solas o a cuidar los niños de las que tienen que ir a trabajar. Es muy propio del carácter español crecerse ante la adversidad y dar en estos casos lo mejor de nosotros mismos.

Contrasta la generosidad y el civismo de la mayoría con el egoísmo de unos pocos, que han protagonizado hechos insolidarios como el apropiarse de las mascarillas de los hospitales o el lanzarse en tromba a los supermercados a acaparar alimentos. No hay riesgo de desabastecimiento, pero si lo hubiera habido, llenar al máximo la propia despensa hubiera sido a costa de vaciar las de los demás. Esta misma idea de salvarse uno mismo a costa de los otros está presente en los que han huido de Madrid hacia sus segundas residencias en las playas: tratan de escapar del virus a costa de llevarlo adonde todavía no había llegado. Asimismo, negarse a atender las indicaciones de las autoridades y circular por calles y parques como si no pasara nada, expresa el poner el “yo” por delante del “nosotros”.

Quizás una de las mejores enseñanzas que podemos extraer de esta crisis es asimilar que, además de individuos, somos sociedad y dependemos los unos de los otros más de lo que imaginábamos y que solo actuando como sociedad podemos superar una crisis como esta. La supuesta libertad de unos puede implicar la muerte de otros. Si no cortamos las cadenas de contagio, la sanidad colapsará y mucha gente morirá, así de simple.

Otra importante enseñanza ha sido apreciar lo inmensamente valioso que es tener una sanidad pública como la que tenemos y ello nos debería estimular a defenderla en el futuro con uñas y dientes frente a los que traten de recortarla o malvenderla, como ha sucedido en el pasado reciente. ¡Qué bien nos hubieran venido ahora los 2.000 sanitarios públicos que nos recortó Esperanza Aguirre y sus sucesivos consejeros de sanidad! Y lo hizo a cambio de favorecer a una sanidad privada que, de momento, brilla por su ausencia en la atención a los enfermos del virus. En países sin apenas sanidad pública como Estados Unidos, la prueba del coronavirus hay que pagarla y muchas personas no pueden permitírsela, lo que propiciará tener una gran población infectada sin ningún control. En España, eso no está pasando gracias a la sanidad pública.

También, muchos deberían ahora arrepentirse de los drásticos recortes que infligieron a nuestro ya precario sistema de ciencia e investigación. Disminuyeron las plantillas de investigadores y recortaron la financiación de los proyectos y los centros de investigación. Ahora nos vendrían muy bien esos científicos y esos laboratorios para investigar sobre el virus y crear vacunas o medicamentos que dificulten su poder de contagio. Hay que invertir en ciencia en tiempos de bonanza y de adversidad. Primero, porque el conocimiento produce sociedades más prósperas y, además, porque pueden aparecer situaciones como la actual en las que nuestra supervivencia dependa de ella.

Pero es en el terreno político donde se han hecho más patentes los comportamientos mezquinos. Aunque ahora parecen haber girado algo, la cúpula del Partido Popular nacional, y también la de Madrid, se han comportado de un modo despreciable en los primeros días de la crisis. No han ahorrado críticas a la acción del Gobierno, acusándole de ir detrás de los acontecimientos, de “escudarse” en la ciencia (¿dónde si no?), de ser culpable de aumentar los contagios, de incapacidad, de improvisación, de no proteger a los que pierden sus salarios o sus ventas, o de no poner suficientes medios a disposición de los hospitales. Es decir le han culpado de antemano de cuantas desgracias puedan acaecer a los ciudadanos. Han convocado sistemáticamente ruedas de prensa tras las del Gobierno para enunciar estas criticas. Eso si, acompañando su discurso tóxico de cortinas de humo tales como “no es momento de reproches” o “estamos a disposición del Gobierno”.  En definitiva, han tratado se sacar rédito partidista explotando la lógica preocupación ciudadana y señalando como culpable al Gobierno. Ya lo hicieron con el terrorismo de ETA y lo vuelven a hacer ahora con el coronavirus. Se llama política carroñera.

Nos enfrentamos a un fenómeno desconocido, a un virus de extraordinaria capacidad contagiosa, para el que no se conocen vacunas y con una letalidad alarmante en personas vulnerables. Las decisiones que hay que tomar desde el Gobierno (confinamiento, paralizar la actividad económica, cerrar las fronteras, etc.) son muy difíciles, sin precedentes en los que inspirarse y de efectos inciertos. Hay que evitar además que los ciudadanos sean presa del pánico y caigan en comportamientos descontrolados. En esas circunstancias, es totalmente irresponsable sembrar dudas en la población, en lugar de ponerse al lado del Gobierno y tratar de infundir confianza y calma. Es como si en mitad de una peligrosa tormenta, los oficiales del barco se dedicaran a discutir las decisiones del capitán y a soliviantar a la tripulación contra él.

Tampoco es momento de hacer política identitaria como hemos visto hacer al Presidente de la Generalitat, poniendo por delante los supuestos derechos de Cataluña sobre el poder combatir eficazmente la crisis. Obviamente, no es con 17 centros de mando distintos como se pueden tomar las medidas más eficaces. Nuestra Constitución faculta al Gobierno central a ponerse al frente de todas las policías y a poner todos los recursos públicos, privados, autonómicos o centrales, al servicio de combatir una emergencia nacional como esta. Lo demás es, de nuevo, política partidaria que solo refleja la mediocridad y falta de talla política de algunos de nuestros líderes.

Por fortuna, la sociedad española es mucho más madura y responsable que dichos líderes y, en general, está entendiendo la gravedad del momento y colaborando para no aumentar dicha gravedad de forma gratuita. Pero nos esperan semanas difíciles, de angustia creciente, y es posible que la templanza demostrada hasta ahora pueda romperse en algún momento. Sería muy deseable que todos, Gobierno, oposición y medios de comunicación unieran sus fuerzas y sintonizaran sus discursos para superar juntos esta difícil prueba. Cuando vuelva la tranquilidad, habrá tiempo para hacer balance y para criticar la gestión realizada. Y, también, para rendir cuentas por los comportamientos irresponsables y mezquinos.