Parece que volvamos a un tiempo pasado. Tiempo en el que las condiciones naturales regulaban el devenir de las personas: viento, agua, fuego, enfermedades. El cambio tecnológico desde la Revolución Industrial impulsó una transformación relevante: el dominio de esos fenómenos naturales. Pero he aquí que, sobre la base de estructuras económicas aparentemente sólidas, se ha desencadenado una crisis generada por un virus –un ente biológico–, frente a los factores convencionales que suelen regular la economía –aspectos humanos y técnicos–: producción, consumo, finanzas, comercio internacional. Los datos macroeconómicos invitaban a pensar, antes de febrero de 2020, en procesos de desaceleración del PIB en diferentes países. Pero no en situaciones recesivas. Se auguraba que 2020 cerraría con datos positivos. Se aventuraba que los movimientos del mercado de valores arrojarían resultados aceptables en el curso del ejercicio. Todo se ha ido al traste con la irrupción del coronavirus: un nuevo cisne negro que puede impulsar la economía hacia la hecatombe, tal y como se está preconizando por parte de muchos analistas, declaraciones de dirigentes políticos y económicos y a partir de las previsiones de instituciones como el FMI. Abrimos la nueva década con augurios favorables, que algunos evocaban a los felices veinte del siglo pasado, y en el lapso de pocas semanas estamos ubicados en el pórtico de una crisis de dimensiones incalculables.

El factor más preocupante de las crisis es la falta de coordinación general entre instituciones. La aplicación de políticas públicas particulares, de carácter nacional y/o regional, es importante en si misma: demuestra la voluntad del gobernante para paliar el problema. Pero esto es insuficiente si no viene aparejado a una estrategia global, extensa y generalizada; la concreción de medidas específicas, emanadas desde organizaciones supranacionales, que contribuyan a obtener un resultado: instalar confianza, rubricar seguridad. Afirmar una política de comunicación que sosiegue los mercados y que facilite la toma de decisiones por los agentes económicos y sociales.

Las palancas de actuación disponibles surgen de los ámbitos monetario y fiscal. En ambos, el recorrido puede ser ampliable. Condonaciones parciales de deuda, compras de bonos por los bancos centrales, créditos blandos a pequeñas y medianas empresas, activación de medidas preventivas para favorecer los mercados laborales, relajación en las reglas estrictas de cumplimiento de déficits y ratios de deuda sobre PIB, constituyen un mosaico de posibilidades, sobre la base de una tangible gobernanza que englobe acuerdos con sindicatos y empresarios. La dimensión de la crisis derivada del coronavirus es desconocida, y todas las previsiones que se han realizado desde analistas económicos, ya con el estallido de la pandemia, se están revelando erróneas: contención en la caída de las Bolsas, evolución más estable del precio del petróleo, etc. Lo que sí parece claro es que, una vez más, se demuestra que los mercados, por si mismos, no atenuarán las consecuencias del grave problema: la intervención pública vuelve a ser imprescindible. Tomemos nota todos de esto.