Como señalábamos en el artículo anterior, en el marco de las Políticas de la Tierra, ante la insostenibilidad ambiental del Modelo de crecimiento de una sociedad capitalista de consumo en crisis, nos interesan cuatro aspectos interrelacionados de la potencial afección de la pandemia: 1. Sobre los futuros Escenarios de globalización y el papel del comercio mundial. 2. Sobre los potenciales cambios socioeconómicos asociados a la revolución científico-técnica y a las nuevas pautas de control social. 3. Sobre los Escenarios de localización y deslocalización de actividades en las grandes áreas urbanas y el Modelo territorial resultante. 4. Sobre la viabilidad de un nuevo modelo de desarrollo ambientalmente sostenible con autosuficiencia agroalimentaria potenciada por la pandemia.

Previamente a la pandemia, la escena mundial estaba dominada por una dinámica de cambio asociada a un conjunto de procesos en los que destacaban: la globalización; la fragilidad y crisis socioeconómica, con una desigualdad creciente; una revolución científico-técnica con una creciente capacidad de disrupción; y una enorme y constante aceleración de la capacidad de la especie humana para modificar el planeta de forma ambientalmente insostenible, por un crecimiento demográfico, un desarrollo técnico, y un cambio socioeconómico centrado en la expansión de la sociedad de consumo capitalista, donde la principal preocupación de los Gobiernos se centra en el crecimiento del PIB, que se asocia, incorrectamente, con la mejora del bienestar de la población.

El proceso de globalización

La globalización a la que se refiere este artículo se hace presente desde la década de 1960, cuando se registra una ampliación progresiva de mercados mundiales que, en el ámbito de influencia de la sociedad occidental, vienen guiados por un capitalismo propiciador de una sociedad de consumo que tiende a reducir, de forma creciente, todo tipo de controles a su funcionamiento internacional; pero que, hasta 1989, se mantenía en el marco de uno de los dos bloques internacionales que definían la dinámica geoestratégica del planeta.

Las crisis del petróleo por las guerras árabes-israelies (desde el año 1973), junto a la escalada de la conflictividad laboral en un marco de fuerte inflación de precios, pusieron en cuestión el denominado modelo fordista de producción industrial vigente hasta la década de los ochenta. Entonces, su superposición a la expansión de la tecnología informática y de la automatización, así como de la transmisión y gestión de información, favorecieron la aparición de formas de producción (“justo a tiempo”, “lean production”, descentralización, sistemas de producción flexibles y de producción sobre demanda, etc.) ligadas a un conocimiento y gestión cada vez más pormenorizado del ciclo de negocio, que permitían una reducción de costes, y una mejora de la competitividad y del beneficio empresarial.

Mientras que en la previa producción en masa primaba el volumen de producción (materias primas baratas y demanda expansiva de productos de consumo), en las nuevas formas de producción primaba la producción “ajustada a la demanda”, ligada a una cadena de producción integrada, descomponible en partes diferenciadas, con la potencial deslocalización de cada parte del proceso productivo en distintos países, y con la subcontratación de distintas fases de la cadena productiva a empresas diferenciadas.

Las multinacionales con automatización de los procesos de fabricación y una reorganización general del trabajo, potenciaron una deslocalización productiva hacia países y mercados con menores costes laborales y de materias primas; la externalización y subcontratación de actividades; y la reorganización de la gestión empresarial y el impulso hacia la desregulación creciente de los mercados globales, con especial incidencia en el mercado laboral. Todo lo cual fue permitiendo una creciente oligopolización de los mercados (control de precios) y un fuerte control de los costes de cada una de las partes de la producción (oligopsonios).

La fuerte ampliación de la Unión Europea desde 1986, junto a la aplicación de la política establecida en los distintos Tratados de la Unión Europea respecto a la integración comercial y monetaria, y ya en la década de los noventa el derrumbe de la Unión Sovietica, favorecieron que la globalización avanzara con una extraordinaria rapidez, multiplicando el transporte de mercancías y la movilidad de las personas, no sólo como consecuencia de las migraciones o de los viajes de negocios, sino también por la explosión de la demanda turística internacional. Movilidad propiciada por las inversiones públicas en infraestructuras y por los cambios tecnológicos en el coste y la velocidad de las comunicaciones y del transporte.

La puesta en marcha del Mercosur, en 1991, la creación de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, en 1992, del Tratado de Libre Cambio Norteamericano, en 1994, y del Foro de Cooperación Económica de Asia y el Pacífico, también en 1994, junto con el Acuerdo final de la Ronda de Uruguay, que dio lugar a la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) -integrando los acuerdos sobre comercio internacional de servicios (GATS), la liberalización del comercio de productos agrarios, textiles y de confección, y el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio- ayudan a comprender la fuerte expansión del comercio internacional, que significó una real reducción de los aranceles internacionales y una muy elevada incentivación del negocio de las multinacionales y de sus cadenas de producción globales.

Sin embargo, la paralización práctica de la OMC (Ronda de Doha) derivada de las dificultades de acuerdos entre el amplio número de países involucrados, y de los nuevos condicionantes de países en desarrollo con políticas progresistas de defensa de sus intereses locales, llevaron a centrar las políticas de los países más desarrollados en la promoción de Tratados comerciales regionales, que trataban de sortear las dificultades de acuerdos en dicha OMC.

La potenciación de los Tratados comerciales internacionales han respondido –fundamentalmente- a los intereses de las grandes multinacionales, que se han beneficiado de su capacidad de establecer cadenas de producción globales, interconectadas por sistemas logísticos y de transporte también globales; y que han sido también las grandes beneficiarias de las garantías de acceso “liberalizado” a mercados energéticos y de materias primas, cuya propiedad y gestión han acabado también directa o indirectamente en sus manos. E, igualmente, han beneficiado al sistema financiero-especulativo ligado a la compra/venta de activos, con claro perjuicio para las empresas locales y el conjunto de los ciudadanos.

Obviamente no todo son perjuicios, ya que en todos los Tratados hay aspectos ventajosos y perjudiciales para las partes y, generalmente, con un balance global positivo para el crecimiento (que no desarrollo) económico. Pero, normalmente, los aspectos más positivos que sesgan el balance general han incidido sobre el sistema financiero-especulativo y las multinacionales, quedando en el ámbito negativo los efectos sobre los trabajadores, el interés general y la sostenibilidad ambiental.

En este marco, el comercio mundial de mercancías y de servicios crece con la continua deslocalización y externalización de actividades, que buscan menores costes laborales y proximidad a mercados emergentes en todos los sectores económicos, tanto industriales como de servicios. Según se van incrementando en un país los costes laborales, de las materias primas y los problemas derivados de la complejidad logística (fallos en las cadenas y en los plazos de entrega, desigualdad en la calidad del producto, conflictividad política o laboral, etc.) se producen nuevos procesos de deslocalización desde estos a nuevos países con mayor capacidad de reducir costes y ampliar beneficios, y con menores niveles de desarrollo y regulación laboral y ambiental.

El control que desde las grandes multinacionales se realiza de estas cadenas productivas les permite imponer las condiciones de funcionamiento en cada uno de los pasos del proceso subcontratado (precio de las materias primas, logística y transporte, indemnizaciones por retrasos o desperfectos, etc.). La presión por la reducción de costes en las subcontrataciones encadenadas que se producen, ha terminado abocando en muchas de las actividades finales a la figura del autónomo como sustituto del empleo laboral, recayendo sobre éste parte de los costes de inversión, seguridad social, impuestos, etc., siendo el transporte por carretera de mercancías un ejemplo paradigmático de esta situación.

El proceso de vuelta de muchas actividades productivas a los países matrices de las multinacionales -y consiguiente freno al comercio internacional- se va produciendo ya en el siglo XXI a medida que las nuevas posibilidades de automatización y capacidad de control y desarrollo de los procesos con las nuevas herramientas de la revolución científico-tecnológica, así como la caída del diferencial de costes laborales en determinadas actividades –ligados a los procesos de desregulación laboral, a la mano de obra inmigrante y al debilitamiento de los sindicatos en los países desarrollados- empiezan a justificar la vuelta de esas actividades productivas a los países sede de las casas matrices (EEUU, UE, …) en aquellos casos en que es relevante la proximidad al mercado de consumo final.

La evolución de la globalización y del comercio de bienes y servicios.

Una idea de la evolución cuantitativa de esta dinámica puede obtenerse con el Índice de globalización del Instituto para la Investigación de la Coyuntura Económica de la Universidad Politécnica de Zurich[1] que, en base a indicadores de los flujos económicos y de información, de la existencia de contactos personales o de la difusión cultural, estima dicha evolución en términos jurídicos, o “de hecho”, tal y como se aprecia en la Figura siguiente[2].

Fuente: Gygli, Savina, Florian Haelg, Niklas Potrafke y Jan- Egbert Sturm (2019): Índice de globalización KOF – Revisited, Review of International Organizations,  14 (3), 543-574  https://doi.org/10.1007/ s11558-019-09344-2

 

Un primer aspecto a destacar es que se registra una reducción de la globalización económica como consecuencia del debilitamiento del comercio mundial, lo que lleva a un relativo estancamiento de la globalización mundial tras la crisis de 2008 y el resurgimiento de tendencias proteccionistas en muchas partes del mundo y, fundamentalmente, en EEUU. Se destaca por el Instituto que, mientras que los flujos financieros internacionales han seguido creciendo durante los últimos años, el comercio internacional ha reducido su dinámica y la integración comercial internacional ha disminuido desde 2014.

Igualmente, el Instituto destaca que, desde el punto de vista social, la intensidad del contacto personal (medida en términos de variables como los flujos turísticos y la migración) se estaba estancando antes del 2020, si bien los flujos de información (medidos en términos de variables como las solicitudes de patentes y el comercio de bienes de alta tecnología) continuaban creciendo. Y que, el creciente nacionalismo está generando una ligera recesión en los indicadores que utiliza el Índice KOF para medir la globalización cultural, si bien los indicadores de globalización política tienden a aumentar.

La evolución del comercio mundial, junto a la evolución de sus precios medios y de los precios reales de los inputs (energía y resto de materias primas) se aprecia en la Figura siguiente, que nos muestra que, desde 1991 a febrero de 2020, el comercio mundial se ha multiplicado por más de 3,5 veces; mientras que los precios comerciales medios han tenido una evolución inferior a la mitad de la cifra anterior (1,5 veces) al igual que los precios de las materias primas (1,6 veces), aunque con fuertes variaciones temporales. Variaciones todavía mucho mayores en los precios del fuel que, sin embargo, acaba, en febrero de 2020 sólo duplicando sus precios de enero de 1991, con una fuerte caída posterior en marzo/abril de 2020 como efecto de las medidas mundiales tomadas para combatir la pandemia.

 

El comercio internacional, tras la crisis de 2008, ha sufrido un estancamiento relativo en cuanto a su relación con el PIB mundial, estabilizándose en cotas del orden del 60%, y rompiendo la dinámica progresiva de incremento de dicha relación registrada desde 1986 (donde era del orden del 35%) que se produjo asociada a la fuertísima expansión del neoliberalismo. En los últimos años, el volumen del comercio mundial de mercancías pasó del 4,6% de crecimiento en 2017 al 3% en 2018, aproximadamente al mismo ritmo que el PIB global (2,9% de crecimiento) con una tendencia decreciente en 2019, claramente reflejada en la Figura anterior.

El hecho de que las diez principales economías globales representen el 52% del comercio mundial, y las cinco primeras concentren el 37%, explica que las políticas de imposición de aranceles y de denuncia de tratados internacionales, llevada a cabo por el presidente de EEUU en 2018, hayan tenido una influencia muy significativa en el decaimiento de este comercio desde esas fechas. Sin embargo, el comercio de servicios sigue creciento en valor de forma significativa (8,4%, en 2017 y 7,7% en 2018).

En todoc aso, si antes de la pandemia, las tendencias sugerían que el comercio mundial continuaría debilitándose por la magnitud de los conflictos comerciales entre EEUU y China, o entre EEUU y la UE, la pandemia, como apreciaremos en un próximo apartado, previsiblemente va a incrementar muy sensiblemente esas tendencias decrecientes.

Los problemas de la globalización.

Joseph E. Stiglitz[3] es uno de los especialistas en el estudio de la globalización, y un defensor de sus beneficios, tanto en la mejora de los países en desarrollo, como en la disminución del precio de los productos, o en la expansión del consumismo, aunque sin ocultar sus efectos nefastos para el medio ambiente global, la salud de los ciudadanos y para la inmensa mayoría de los trabajadores en los países en desarrollo.

Su diagnóstico final en su libro de 2017 es claro: la globalización ha generado históricamente grandes beneficios para la humanidad, pero también graves efectos negativos, en un marco de fuertes cambios tecnológicos y en la estructura económica global, que eran perfectamente evitables y han sido el resultado de la mala regulación y gestión pública. Y que han estado en la base de la elección de políticos como Donald Trump (América primero; las fronteras importan, …) o en el ascenso de partidos nacionalistas y/o de extrema derecha en la UE, India, Brasil, etc.

Para Stiglitz el problema no es la globalización –que él considera fundamentalmente positiva- sino el modo en que ésta ha sido gestionada por las tres principales instituciones derivadas de Bretton Woods (julio de 1944) que ayudan a fijar las “reglas de juego”: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), con sus transformaciones neoliberales a partir de los años ochenta, y la actual Organización Mundial del Comercio (OMC) heredera del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT). Instituciones de gobierno global que han defendido intereses del sistema financiero (FMI) e intereses comerciales de las grandes multinacionales (OMC), incluido el Banco Mundial, tras el “Consenso de Washington” entre dicho BM, FMI y el Tesoro de EEUU.

La liberalización impuesta por el FMI a los países que han necesitado de su apoyo por los ataques del sistema financiero-especulativo contra sus monedas, ha sido uno de los aspectos fundamentales para la extensión de la globalización y del comercio mundial.

La eliminación de la protección de los mercados locales y de la propiedad estatal han sido metas prioritarias de los Organismos internacionales citados -FMI, BM, OMC- favoreciendo el fuertísimo proceso de crecimiento de la inversión y las ventas de las multinacionales originarias de los países de altos ingresos- fundamentalmente, pero no sólo, de EEUU- en los países en desarrollo[4]. Lo que, como contrapartida, en muchas ocasiones, ha significado –y Stiglitz en las obras citadas, entre otros, muestra numerosos ejemplos significativos- el cierre de la producción local en numerosos sectores, el incremento del desempleo y hasta, a veces, el incremento de los precios reales para la población local cuando las multinacionales que controlan el sector oligopolizan o monopolizan el mismo.

La reiteración de errores en las políticas de austeridad del FMI ha magnificado las consecuencias socioeconómicas negativas de esos errores, como el propio FMI ha reconocido a posteriori. Tras la crisis financiero-especulativa de 2008, con el ejemplo paradigmático de Grecia, la imposición de políticas favorecedoras de intereses muy concretos (traslación de deudas privadas del sistema financiero asociadas a las burbujas por ellos impulsadas, a deuda pública y a ajustes fiscales que implicaban el empobrecimiento de asalariados y pensionistas); o la imposición de un neoliberalismo en el que el equilibrio presupuestario se convierte en dogma básico de la política de los países a intervenir[5], favoreciendo la compra de activos públicos por multinacionales o fondos buitres directamente interesados en liberalizaciones que favorezcan sus intereses, han dado lugar a crecientes sentimientos de rechazo por parte de la población afectada.

Para Stiglitz, debemos ver los fracasos de la globalización como resultado de deficiencias en su gobernanza, siendo necesario corregir efectos distorsionadores como el hecho, por ejemplo, de que un país y solo un país, Estados Unidos, tiene poder de veto efectivo en el FMI. Pero, aún más, las posiciones adoptadas por EEUU y el resto de países desarrollados, en mayor o menor medida, han respondido a los intereses especiales y a la ideología particular de los intereses financieros y de las multinacionales, olvidando los graves efectos negativos sobre los propios trabajadores estadounidenses y de otros países avanzados.

Igualmente, esos intereses y políticas desencadenaron una competencia entre países –que se mantiene en la actualidad- para igualar sus comportamientos a los de los “incomprensiblemente mantenidos paraísos fiscales”, ofreciendo menores impuestos al capital, a las empresas y a los particulares. La utilización de la ingeniería financiera para evadir impuestos hacia estos países ha redundado en un deterioro de los ingresos públicos, un incremento de la deuda pública y un deterioro de la sociedad del bienestar.

Como síntesis, la globalización hasta ahora ha reflejado un proceso de expansión mundial -económica, tecnológica y cultural- que ha permitido dotar a los países desarrollos, sedes de las principales multinacionales y sistemas financiero-especulativos del planeta –y fundamentalmente a las grandes metrópolis internacionales- de un carácter cosmopolita. También ha venido acompañada de la progresiva mundialización científica, tecnológica y cultural, con fuerte presencia de los “media” anglosajones y de EEUU, tanto en formas culturales –cine, televisión, información- como incluso lingüísticas (dominio del inglés como forma universal de comunicación). Procesos que iban poniendo en cuestión los estados-nación que étnicamente eran relativamente homogéneos.

Por otro lado, la libertad de movimientos del capital y del comercio internacional que ha impuesto el liberalismo, se ha extendido a la inmigración de mano de obra, en los momentos y condiciones en que se beneficiaba la reducción de salarios, tanto para la tecnológicamente cualificada, como para la satisfacción de la demanda de mano de obra en empleos o servicios no aceptados por los nacionales (servicios del hogar, dependencia, demanda agrícola o en la construcción puntual). Inmigración cuyas remesas de emigrantes a los países de origen superan el 10% de su PIB en un número significativo de los mismos, representando un aporte fundamental para su equilibrio socioeconómico. Aporte que se suma a las consecuencias de la deslocalziación y articulación global de las cadenas productivas sobre los países en desarrollo donde han generado una mejora de los salarios y la creación de una clase media con acceso a la sociedad de consumo.

En contrapartida, en los países desarrollados ha ido renaciendo, con fuerza renovada en cada crisis del sistema, otro elemento étnico-cultural tradicional: la xenofobia como forma de hostilidad popular hacia los inmigrantes, tanto por motivos económicos, como de identidad cultural y/o religiosa, alimentando la dialéctica entre nacionalismo y globalización.

La crisis financiero-especulativa de 2008 y los flujos migratorios asociados a las guerras locales y a la desestabilización geoestratégica de países como Libia, Irak, Siria, Afganistán, etc., junto a las crecientes presiones migratorias efecto del cambio climático y/o de raíces económicas, han producido fuertes tensiones laborales y socioeconómicas, que han alimentado la citada xenofobia, en un marco en el que son los estados los únicos que ejercen un poder real en sus territorios propios, pese a regulaciones y acuerdos como los vigentes en la UE, con unas instituciones internacionales[6] defensoras, hasta ahora, –en el caso de las de naturaleza económica- de un neoliberalismo que olvida el bienestar de las personas e incide en el empobrecimeinto y generación de desigualdades en la población; o caracterizadas por su escasa eficacia, o por su carencia de legitimidad universal a la hora de tratar de resolver conflictos, salvo en las escasas ocasiones en que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas actúa sin el veto de alguno de los cinco estados miembros permanentes (China, Francia, Rusia, Reino Unido y EEUU) que tienen esta capacidad.

La supremacía de los señalados intereses han producido contradicciones entre las disponibilidades de recursos y las crecientes demandas derivadas del modelo de crecimiento de una sociedad capitalista de consumo, incorrectamente reflejadas por unos precios que no incorporan externalidades ni el largo plazo, y que están llevando a situaciones tan graves como los procesos de calentamiento global y cambio climático asociado, y generando lo que ya se conoce como la sexta gran extinción de especies, cuyas consecuencias sobre la biodiversidad y los servicios de los ecosistemas, y consecuentemente sobre la salud de la población a largo plazo, son tremendamente negativas.

Sobre estas contradicciones, pese a la existencia de las Conferencias de las Partes de Naciones Unidas (COP) y, en particular, de la Agenda 2030 (COP de desarrollo sostenible) y de la Agenda de París (COP sobre cambio climático), ni éstas ni el G7, G8, G10 o G20, tienen capacidad realmente operativa para la resolución de las mismas.

Y la pandemia del coronavirus ha venido a incrementar en mayor medida estas contradicciones, incidiendo en la potencial definición de Escenarios alternativos como veremos en los epígrafes siguientes.

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[1] Gygli, Savina, Florian Haelg, Niklas Potrafke y Jan- Egbert Sturm (2019): Índice de globalización KOF – Revisited, Review of International Organizations, 14 (3), 543-574 https://doi.org/10.1007/ s11558-019-09344-2 .

[2] Hay que señalar que España, según este Índice, está altamente globalizada debido a su alto nivel de interconexión económica, social y política (fundamentalmente dentro de la UE), ocupando la decimosegunda posición en este Índice de Globalización de los Países del Mundo.

[3] Stiglitz, J.E (2002).- “El malestar en la Globalización”. Taurus. Madrid. 2002; Stiglitz, J.E (2017) “Globalization and its Discontents Revisited: Anti-Globalization in the Era of Trump”. W.W.Norton&Company. London. 2017.

[4] El crecimiento de la inversión internacional de las multinacionales se produjo a un ritmo mucho más rápido que el crecimiento general del comercio mundial. Las ventas de las filiales extranjeras de éstas equivalían, aproximadamente al 27% del PIB mundial, en 1990, y habían aumentado hasta del orden del 53% en 2010. Con posterioridad el proceso se ha mantenido, pero han cambiado las multinacionales que lo dirigen, ahora con peso creciente de multinacionales chinas y de los sectores ligados a las nuevas tecnologías y al comercio y los servicios en red.

[5] Por ejemplo, en España, imposición de la modificación constitucional para acotar el déficit público y priorizar la devolución de deudas en los presupuestos estatales.

[6] Naciones Unidas cobija diversos organismos técnicos y financieros, como los señaldos Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, y algunos tribunales internacionales, como la Corte Penal Internacional, surgida del Estatuto de Roma de Naciones Unidas del 17 de julio de 1998, cuyas decisiones no se considerarán necesariamente legítimas y vinculantes mientras el Consejo de Seguridad no las asuma.

 

Fotografía: Carmen Barrios