La Cámara de Representantes de Estados Unidos ha iniciado el proceso de destitución (impeachment) del Presidente por 232 votos a favor y 197 en contra. Diez republicanos se unieron a la mayoría demócrata. El acta de acusación tiene un solo artículo: incitación a la sedición, por haber alentado a sus partidarios a la actuación que condujo al asalto al Congreso, el 6 de enero. Es la primera vez que un presidente es sometido a este procedimiento dos veces.

Desde hace una semana, Washington vive una suerte de función teatral o happening político con juego de máscaras de carnaval y transfuguismo exprés. La presidenta demócrata de la Cámara, Nancy Pelosi, intentó que la liquidación política inmediata del “desmandado” Trump la asumiera el vicepresidente Pence, basándose en la 25ª enmienda constitucional, que le habilita a plantear la destitución del Presidente por incapacitación física o mental. Era una forma ágil y menos arriesgada. Pero Pence escurrió el bulto, con cierta lógica, porque no era sencillo de demostrar tal condición cuando durante cuatro años el peculiar presidente se ha desempeñado conforme a la misma lógica de realidad paralela y bizarras actuaciones.

Descartada la vía rápida, se produjo el debate exprés en la cámara baja del legislativo, donde empezó a manifestarse la prisa de algunos republicanos por alejarse de Trump después de cuatro años de sometimiento más o menos voluntario. Algunos leales se mantuvieron en su línea, otros afearon la conducta de su supuesto líder político pero sólo diez se unieron a los demócratas en el apoyo del impeachment.

La cuestión debe dirimirse en el Senado. Pero como no hay tiempo y ni siquiera los republicanos más enfadados con Trump quieren otorgar esta victoria póstuma a sus rivales demócratas, el veredicto se producirá después de que se haya producido el cambio en la Casa Blanca. Algunos demócratas querían que la destitución fuera inmediata para prevenir que un resentido Trump pueda hacer algún estropicio (interno o externo) antes de dejar el cargo. De hecho, el Departamento de Estado del fiel Pompeo ha incluido a Cuba y a los houthies (chiíes) que controlan parte de Yemen como patrocinadores del terrorismo. ¿Ordenará Trump un ataque contra Irán? ¿Qué harían los militares? Otros se temen más amnistías o perdones presidenciales, incluyendo a sí mismo (aunque es dudoso que fuera una medida legal).

El líder de la saliente mayoría republicana en el Senado, el sibilino McConnell, ha hecho saber que está harto de Trump (a buenas horas), pero ha combinado razones y excusas para dejar enfriar esta patata caliente y derivar al nuevo Senado la responsabilidad del veredicto. En términos prácticos, no sería un impeachment, porque el sancionado no será ya presidente. Se tratará de una sanción a posteriori o, si sale adelante lo que algunos pretenden, una provisión adicional que impida a Trump optar de nuevo al cargo (1).

Con el triunfo de los dos demócratas en Georgia, en el Senado hay una situación de empate (50 a 50). Aunque la vicepresidenta electa, Kamala Harris, en su calidad de presidenta de la Cámara, asegura la mayoría simple demócrata, para sacar adelante la destitución se necesitan los 2/3 de los votos; es decir, que al menos 17 senadores republicanos tendrían que apoyar ese “impeachment” retroactivo.

Todo esto tiene más que ver con el teatro político y el clima emocional tras el asalto al Capitolio, que con la racionalidad exigible en tiempos de crisis. No es aventurado afirmar que la suerte política venidera del magnate neoyorquino no reside en el Capitolio, sino en la fiscalía que investiga sus opacos y sospechosos negocios. Pero la política exige su protagonismo en este momento. En el Senado se dibujan varias líneas de pensamiento/posicionamiento, a saber:

  • Los que defienden que Trump se merece la sanción, aunque sea a título simbólico o retroactivo, para hacer justicia, y que su comportamiento de incitación a la violencia y la sedición no quede impune. Esta posición la defienden la gran mayoría de los demócratas; los situados más a la izquierda sostienen que deben adoptarse medidas adicionales para impedirle su regreso a la política activa (2).
  • Los que admiten que hay que inhabilitarlo, para cerrarle la posibilidad de una nueva carrera electoral en 2024, pero estiman que podría hacerse de una manera más natural, sin este procedimiento forzado. Aquí se alinean demócratas conservadores y republicanos moderados. Los republicanos templados, aunque se han ido mostrando más favorables al impeachment a medida que pasaban los días, preferían que la cuestión se saldase con una declaración política de condena y, de paso, se olvidase cuanto antes el apoyo y la complacencia con la que han tratado a Trump estos años.
  • Los que creen que hay que olvidarse de Trump para no robar interés público al inicio del mandato de Biden y clarear el ambiente político en las semanas inaugurales. Es la posición sobre todo de los demócratas más involucrados con la nueva Administración, que insisten en que se focalice el esfuerzo en respaldar al nuevo presidente, para empezar poniendo toda la energía en la confirmación de los altos cargos que la Casa Blanca someta al Senado.
  • Y, finalmente, los que se oponen a cualquier medida sancionadora por considerarla revanchista. Son los republicanos más fieles al presidente saliente, que algunos quedan.

En este debate hay un hedor a oportunismo e hipocresía. Tras años de complicidad, pasividad o utilitarismo, ahora se escuchan voces de indignación y proclamas de protección de la Constitución y los valores americanos. Es de una grosería política notable que se hayan percibido los riesgos cuando los amenazados han sido los integrantes de la élite política. La mayoría de los republicanos y los demócratas más conservadores no expresaron su alarma durante el pasado verano, cuando se produjo un despliegue militarista en las calles de muchas ciudades americanas, para acallar a los manifestantes contra los abusos policiales, o ante las exhibiciones de fuerza ultraderechista a lo largo del mandato de Trump. Cori Bush, primera afroamericana elegida para la Cámara baja por Misuri, ha firmado un elocuente artículo (3).

Se contemplan los problemas como resultado de actuaciones personales inadecuadas o claramente inmorales, pero es persistente y férrea la resistencia a explorar razones estructurales o de más profundidad. Políticos y líderes de opinión creen que con librarse de Trump y esperar a que la “decencia” de Biden restablezca el sentido común y  un clima social más amable será suficiente. En las apariciones públicas del presidente electo o de sus colaboradores y aliados se percibe cierta ansiedad o malestar ante las exigencias de los más demócratas más críticos.

En el círculo de Biden se admite que hay que reducir las desigualdades, mejorar la vida de la clase media, recuperar un cierta progresividad fiscal, recuperar algunos programas sociales y ampliarlos, siempre sin aumentar demasiado la presión sobre las cuentas públicas. Pero se percibe poca ambición, mucha cautela y la sempiterna búsqueda de consenso con los republicanos, pese a los ejemplos de desdén de estos hacia las administraciones demócratas (Clinton y con Obama). La superación del COVID con la aceleración de la campaña de vacunación, el refuerzo (más circunstancial que estructural) del sistema sanitario y los típicos programas de estímulo para recuperar el pulso económico dejarán poco tiempo y muy escasa energía para abordar los problemas de fondo.

 

NOTAS

(1) “Can the Senate hold an impeachment after a President leaves office? The Constitution does nor forbid it, but it is an uncharted territory”. THE ECONOMIST,  12 de enero; “Democrats are determined to pressure Biden to investigate Trump. THE NEW YORK TIMES, 9 de enero.

(2) “Here’s how a 14th amendment strategy could bar Trump from ever holding office again”. JOHN NICHOLS. THE NATION, 12 de enero.

(3) “This is the America that Black people know”. CORI BUSH. THE WASHINGTON POST, 10 de enero.