“Nadie sabe cuándo comenzó a desmoronarse todo, cuándo cedió el correaje que mantenía a los estadounidenses unidos y a salvo, ciñéndose con una fuerza a veces sofocante. Como ocurre siempre que se producen grandes cambios, la estructura empezó a resquebrajarse innumerables veces, de formas diversas. En un momento dado, el país, siempre el mismo país, cruzó una línea de la historia y se convirtió en algo irreconociblemente distinto”.

Así comienza el prólogo del libro de George Packer, el Desmoronamiento. Treinta años de declive americano. En este libro, publicado en el año 2013 y en el que se relatan historias reales de personas, se pueden ver algunas de las raíces profundas de porqué Estados Unidos ha llegado a tener de presidente a Donald Trump.

Todavía estamos impactados por las imágenes del asalto al Capitolio y la facilidad con la que se perpetraron los hechos. Pero si se lee atentamente lo que venía diciendo Trump antes de la campaña presidencial y después, y lo que vociferaban sus seguidores más radicales en las redes sociales, ese asalto es la crónica de una muerte anunciada, que todavía no ha terminado en EE. UU ni en la mayoría de las democracias asentadas del mundo.

Y no ha terminado por dos factores. El primero, y más próximo, es porque una vez que la desigualdad llega a niveles insoportables para millones de personas, la sociedad se va desmoronando y poco a poco se polariza. Después, una vez que la polarización y la crispación se asientan en la sociedad, ésta se rompe hasta tal punto que millones de personas ven a sus vecinos como enemigos por no opinar como ellos.

Esa locura colectiva se interioriza tanto, que es fácilmente potenciada y aprovechada por los demagogos para llegar al poder e intentar permanecer en él a toda costa. El último ejemplo es Trump, pero no será el último.

Esta ruptura fanática de la sociedad puede traer y va a traer, si no se corrigen los problemas de fondo, cotas de violencia difícilmente imaginables, aunque reales. Como señala el FBI, en un boletín interno, «se están preparando protestas armadas en los capitolios de todos los 50 estados del país desde el 16 de enero hasta el 20, así como en el Capitolio (de Washington) entre el 17 y el 20 de enero»; «información sobre un grupo armado sin identificar que tiene la intención de viajar a Washington DC el 16 de enero. Han advertido que si el Congreso intenta sacar al presidente (Trump) por la vía de enmienda 25 ocurrirá un gran levantamiento».

El segundo factor, y más acuciante, es que, si no se corrigen las desigualdades que continúan en aumento, y se deja a millones de personas en las fronteras de la vulnerabilidad y la exclusión social, las democracias están abocadas a desaparecer de la mano del acceso al poder de líderes populistas, que aprovecharan esas desigualdades en la vida cotidiana de millones de personas para seducirlas en su desesperanza, llegar al poder, e intentar perpetuarse en él.

Esta es una de las consecuencias de los cambios sociales y políticos que se han producido en las últimas décadas. Unos cambios que han provocado un proceso de degradación del poder.

Esa es la cruda realidad que hay que combatir. Hay que combatir la desigualdad, para que pueda existir la libertad. Hay que combatir la desigualdad, para dignificar la vida de las personas y sacarlas de una desesperación que es el mejor caldo de cultivo para los populistas.

En el siglo XXI, el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder, si se respetan las reglas. Junto a esta evidencia, provocada por sociedades cada vez más fragmentadas, se ha producido un retroceso democrático inducido por la extensión de la personalización del poder, que está debilitando las instituciones democráticas, provocando una evolución presidencialista de facto en sistemas políticos parlamentarios, o en algunas ocasiones derivando en nuevas dictaduras.

Todo ello hace que los ciudadanos vayan perdiendo capacidad de participación, posibilidades de control de la acción de gobierno, y de medios para combatir los abusos del poder. Este modelo de liderazgo de corte populista revela un carácter desnaturalizador de la razón democrática, pero, además, como tiene por finalidad consolidar su poder, realiza todas aquellas acciones que considera necesario para impedir el surgimiento de liderazgos más democráticos.

Hace unas semanas, en un artículo titulado “Es el momento de cerrar las heridas”, se señalaba que Joe Biden había pedido calma y confianza a los ciudadanos, y respeto a la democracia, siendo consciente de cómo estaba actuando Trump.

En ese artículo, señalaba, y ahora me reafirmo, que había tres cuestiones que es necesario precisar. La primera es que la victoria de Biden es una oportunidad, pero no acaba por sí sola con el populismo del actual presidente. La segunda es que Trump ha ejercido un liderazgo autoritario, que es preciso evitar en el futuro. La tercera es que hay que acabar con las raíces del malestar ciudadano, que ha llevado a tantos millones de personas a votar a este tipo de líderes autoritarios y populistas que lejos de resolver los problemas los enquistan y agravan.

El asalto al Capitolio nos estremeció, y lo que todavía nos queda por ver nos estremecerá. Pero hay que ser firmes, mantener la calma y actuar poniendo a las personas en el centro de las políticas que realicen los gobiernos.

Biden tiene la oportunidad de centrar sus políticas en las realidades que viven los ciudadanos, para atenderlas. Los ciudadanos también tienen la oportunidad de rechazar a los demagogos populistas, que rompen la convivencia y nuestras vidas.

Son tiempos de incertidumbre, pero pueden ser buenos tiempos. Depende de todos.