Entre las experiencias afortunadas que he tenido en la vida, nunca olvidaré la suerte de haberme podido beneficiar del magisterio de profesores universitarios excepcionales; aún en los oscuros tiempos de la dictadura franquista.

Amén de los valiosos académicos que encontré en el primer lustro de la década de los años sesenta en las Facultades de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Madrid, empezando (en primer curso) por Joaquín Ruíz-Giménez y su entonces joven ayudante Gregorio Peces-Barba, guardo un recuerdo especial de los Catedráticos que impartían docencia en la Escuela de Sociología, en el viejo Caserón de San Bernardo,.

Entre otros, recuerdo especialmente las clases de José Luis López Aranguren (en Ética y Sociología), de José Luis Sampedro (en Sociología Económica) y de Enrique Tierno Galván (en Sociología General). De todos ellos conservo los apuntes que entonces solíamos tomar los alumnos utilizando viejas plumas estilográficas.

Tierno Galván llegaba en un coche con chófer, que le llevaba puntualmente a la puerta principal del Caserón de San Bernardo desde la Universidad de Salamanca, de la que entonces era Catedrático. Se sentaba en su mesa, sacaba sus papeles de una gran cartera profesoral y comenzaba sus exposiciones sin ninguna concesión al chascarrillo o a la falta de rigor. Aún tengo viva la impresión que nos causaba su autoridad, su cuidada dicción, su pronunciamiento enfático de las uves, y el recorrido gramaticalmente perfecto de sus frases, que en su mayor parte pudimos ver reproducidas en un libro que llevaba por título Introducción a la Sociología (Editorial Tecnos), sin que en ningún momento nos sugiriera, ni de lejos, la “conveniencia” de comprar dicho libro.

Muchas veces he recordado su insistencia en prevenirnos sobre los errores de observación e interpretación de la realidad social. Aspecto sobre el que, en aquellos Cursos de Sociología, también nos prevenían otros profesores de Metodología y de Estadística, entre otros el muy joven, entonces, Amando de Miguel.

Tierno Galván sacó a relucir varias veces en sus clases el riesgo de la “falacia de la composición”, advirtiéndonos de no tomar una parte de la realidad, o de las observaciones cercanas de esa realidad registradas por nosotros, como si fuera un todo. Lo que nos podía llevar a conclusiones e interpretaciones equivocadas. Ni que decir tiene que buena parte de los alumnos/as sobreentendíamos que en dichas observaciones latía la intención de aconsejarnos que no sacáramos conclusiones parciales y erróneas sobre la situación política y sociológica de la España de aquel tiempo.

La inclinación a interpretar y presentar realidades complejas a partir de percepciones parciales limitadas a círculos o grupos particulares suele ser más frecuente de lo que a veces creemos, con todos los efectos analíticos que se derivan de tal tipo de inferencias. Por lo que muchas veces a lo largo de mi trayectoria investigadora –y política– he tenido que advertir sobre los sesgos interpretativos que se producen cuando se confunden “nuestros” círculos relacionales –y “nuestros” deseos– con la realidad general de conjuntos sociales más amplios, complejos y diversos.

Algo de esto ocurre con el “microcosmos” formado por los periodistas y los políticos dedicados en exclusiva a tales tareas. Lo que a veces se entiende –y confunde– con toda la realidad. Microcosmos que presentan muchas peculiaridades y características que tienen poco que ver con otros micro y macro cosmos integrados por muchas más personas que no tienen ningún contacto, interés ni información sobre la vida política como tal. Se trata de personas que ni suelen leer periódicos, ni escuchan ni ven los informativos de las televisiones y las emisoras de radio, ni reciben mensajes e informaciones continuas desde las redes sociales sobre estas cuestiones… Y muchos de ellos ni siquiera votan en los diferentes tipos de comicios.

Por eso, es importante entender –analítica y políticamente– que lo que “se piensa” y “se mueve” en determinados círculos políticos –algunos cada vez más cerrados, con sus propias jergas, tópicos y criterios valorativos– puede ser bastante distinto a lo que se piensa y se siente en la sociedad en su conjunto.

Diferencias que se están agudizando más en nuestros días debido a las tendencias de profesionalización –y artificialización– de las prácticas de manipulación de la “opinión pública”, que vienen de la mano de empresas especializadas en influir en la “reputación pública”, sobre todo en las redes. Se trata de empresas que, con harta frecuencia, recurren a bots y a la creación de falsos usuarios para generar –artificialmente– movimientos de reputación en las redes, por la vía de exaltar a tus clientes, al tiempo que se denigra y se lanzan bulos erosivos sobre los competidores y adversarios. De esta manera, se están creando corrientes de popularidad artificiales, que dan lugar a clicks que se traducen finalmente en los llamados “trending topics”, es decir, noticias prioritarias en la red, que casi todos los periodistas consultan continuamente para orientarse en los temas presuntamente más “populares” sobre los que hablan o escriben en sus medios y en las tertulias en las que participan.

De esta manera, al final los “creadores de opinión” lo acaban siendo en el sentido más literal de la expresión y, en algunos casos, de manera bastante artificial.

Tales prácticas están dando lugar a bastantes distorsiones analítico-interpretativas, y a no pocas imágenes distorsionadas de la realidad social y política. Es habitual, por ejemplo, que en los procesos electorales desde antes del arranque de la campaña electoral aparezca fijada en la opinión pública la percepción de que un partido político va a ser el que “ganará” las elecciones, sin que al final sea ese partido el que gane. Como ocurrió en las últimas elecciones autonómicas catalanas, en las que la mayoría de la población presuponía que las ganaría ERC (46%), cuando el partido que finalmente ganó fue el PSC, en cuya victoria solo creía inicialmente el 8,6% de los encuestados.

España es un caso muy típico de este tipo de distorsión entre lo que se cree y la objetividad situacional. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con las apreciaciones subjetivas sobre cuál es la situación económica de España y como esta se percibe en referencia a cada uno de los españoles en particular.

Así, en los Barómetros mensuales del CIS, cuando se pregunta “cuál es la situación económica personal” de los encuestados, una mayoría muy notable (en torno al 60%) dice que su situación es buena o muy buena, en tanto que en torno al 16/20% la valora como regular, y solo un 21/22% la califica de mala o muy mala (vid. tabla 1).

Sin embargo, cuando a esa mayoría notable de españoles que creen que su situación económica es buena o muy buena les preguntas cuál es la situación de España, nada menos que en torno a un 89% no duda en decir que es mala o muy mala, aunque de facto la situación económica objetiva de España en realidad es la resultante de la suma de las situaciones de todos los españoles.

¿Cómo se explica la contradicción de que a una gran mayoría de los españoles a los que les va económicamente tan bien piensen que a esa España, formada por ellos mismos, le vaya tan mal perceptivamente? ¿Quién es capaz de entender tamaño imposible compositivo?

Es posible que algunos sostengan que tal tipo de diacronía perceptiva es un exponente más del “pesimismo congénito” de los españoles sobre su realidad como país. Lo que resulta bastante verosímil. Pero lo que nadie puede negar es que se trata de un sinsentido interpretativo que se sustenta en la “mala imagen de España” que trasladan y reflejan recurrentemente buena parte de los practicantes de las típicas “falacias de composición”. Y también, por supuesto, algo que se conecta con los empeños de determinados “agoreros” profesionales y de bastantes “pintores” extremos de paisajes especialmente negros sobre la realidad política y económica de España, al servicio de intereses y partidos políticos muy concretos. Intereses y partidos que han terminado haciendo de la necrofagia, la negatividad, la simpleza y el odio un paradigma existencial permanente.

Y, ante tales contextos de negatividad sistémica, cuando algunos sostienen que la realidad no es tan mala, lo único que se les ocurre decir –en la mayor tradición esperpéntica– es: “Pues, si la realidad no es tan mala, ¡peor para la realidad!”. Vamos, que ni El Jueves.

 

Fotografía: Carmen Barrios