Cuando se piensa es útil hacerlo con imágenes. Como dijo el sabio chino, solamente comparando lo que parece nuevo con lo ya conocido podemos desentrañar su significado. No es siempre fácil y en ocasiones el riesgo de caer en el animismo, de buscar orden e intención donde solo hay estupidez e improvisación, es un peligro real. Incluso cuando se aprecia patrón y estructura, regularidad y sistema, puede ser el resultado indeseado de respuestas estereotipadas.

El Partido Popular en general con Casado y entorno en particular, están groguis desde la moción de censura. Largo seria describir todos los golpes bumerán que se han dado tras abrirse la guardia interior “Torrente Style”. Todos los ganchos que se han propinado en su propia cara. Solamente apreciando el estado del púgil se puede adivinar en qué está. Tanto en los medios como en el Congreso como en declaraciones como en sus acciones y decisiones, su interés es embarazar al gobierno. Busca el máximo de proximidad verbal, se abraza y enreda, intenta trabar los brazos e inmovilizar al presidente, a los ministros.

Hace tiempo que no está en la contienda política, nada que ofrecer o idea que lanzar. Solo golpes, exabruptos al aire (el rey, la justicia, por ejemplos), provocaciones para distraer y cansar. Su objetivo es ganar tiempo esperando hasta la campana; quizás en el siguiente asalto y con ayuda del juez Vox logre ganar por puntos (si en Andalucía, Madrid y demás, cómo no España). Ahora es cuestión de agotar tiempo y desgastar psicológica y físicamente la fuerza electoral del otro. Deteriorar el combate, la calidad del debate democrático, sustituir los golpes efectivos de gestión por golpes verbales.

El púgil “grogui” no llega, pero hunde la imagen del otro. Su buen hacer. Trabándolo por los brazos parece que los dos son uno e iguales. ¿Puede funcionar? Si puede o no da igual. No le quedan opciones estando como está, sin recursos y con el temor a que su rincón tire la toalla y busque otro esquinado. Además, puede encontrar descansos si el gobierno se distrae y engancha con los o las suplentes. Y ahí entra Ayuso. Forma parte del escuadrón de zapadores. Tocaba darle un respiro al grogui y buscó la proximidad al gobierno, bailando a su alrededor lanzando gritos de gestión irracional para atraer su atención. Y lo logró. La zapadora Ayuso apenas se aproximó el gobierno (banderas al fondo) e inmediatamente comenzó una serie de golpes directos Jap para mantener una distancia corta y poder darse aire con las quejas del daño económico que le estaba causando a Madrid. El gobierno nacional a brazo dialéctico partido con una comunidad autónoma por una pandemia internacional. ¿Alguien nota algo raro?

Ahora sí. La moción de censura de Vox rompe el ritmo. No solo en la idea de que el PP es el poder y Casado su único profeta (perdón, candidato). Lo rompe al dar al gobierno la posibilidad de sacar a la zapadora Ayuso del ring y volver a centrarse en la gestión tomando distancia del grogui Casado. Pero antes, unos días de parlamentarismo extremo y lucha libre verbal, en la que volveremos a ver una derecha que, para no dar ni golpe (ideas, gestión, política), se concentra en dar patadas ingeniosas (Teo) o con botas (Santi) en las espinillas institucionales.

La escaramuza de Madrid, o la táctica pugilística de Casado no deben distraer la atención sobre el grave problema estructural que atenaza la democracia española. La transición consistió en tirar balones hacia adelante. Los muertos en cuneta, el Valle de los Caídos, los privilegios eclesiásticos, la administración pública tomada por una mayoría de afectos a la dictadura, los cuerpos de seguridad y el ejército con acceso prohibido a los demócratas durante décadas, los privilegios económicos, las medallas a torturadores… todo un largo etcétera pospuesto para un futuro que ya se verá. Tanto posponer le dio pátina de legitimidad a lo que fue descuido. Por eso el gran escándalo de Pedro Sánchez. Es el único presidente en España que se ha tomado aquello de que somos una democracia en serio. Que tiene claro lo que está escrito en la Constitución. Por eso cuando ahora hace lo que ya debió hacerse es piedra de escándalo.

El testigo “tu-pospón”, que como en una carrera de relevos había pasado de mano en mano socialista durante décadas, se perdió en el 2017. En ese año los militantes del PSOE pudieron dar su opinión sobre la posición avestruz que sus dirigentes habían adoptado sobre la dictadura. Y ya sin deudas con el pasado, un presidente que actúa con naturalidad como si España fuese una democracia de verdad de la buena y con la Constitución en la mano, es el principal peligro que la derecha y las élites conservadoras en España han visto jamás.

Como el tiempo ha mostrado y demostrado, muchos dirigentes de derecha no se fían de la democracia. A lo más, creen en aquella democracia que respeta la dictadura franquista. En la práctica, fueron, son y serán el principal riesgo para la estabilidad o la convivencia. Solo conciben el poder como herramienta o arma, sea el régimen político que sea. La razón está en sus genes. Alianza Popular se camufló en todas las siglas posibles, pero el patronazgo caciquil continúo siguiendo el alma de la organización. En su lógica, deteriorar la cultura democrática tiene un coste que para ellos es beneficio: debilita al enemigo. Y en ello tienen como ventaja fundamental el tiempo regalado y los discursos renunciados.

El golpe de Estado y la guerra civil fueron el detonante, la explosión, la llamarada. Hacia allí de forma insistente quieren distraernos la mirada. Dos bandos cometiendo los horrores de la violencia fratricida. Cuando la muerte interviene ya todas las razones son parcas. Lo que importa, donde están las raíces del futuro desapego, son las posguerras. Los cuarenta años feroces e indignos que sobrevolaron la transición y aterrizaron, lenta y profundamente, en los cuarenta años posteriores. La situación política actual en España es el resultado del olvido inducido a los demócratas y el usufructo ideológico del franquismo del que han disfrutado los herederos de AP. Por ello, sabiendo Casado que el PP está en sus mínimos electorales y políticos, ya tumbado en la lona, pone su mayor expectativa en deteriorar tanto la cultura democrática que junto a la participación hunda también a sus adversarios. Consejo de socorrista: nunca dejes que te abrace alguien que se está ahogando.