La buena memoria es implacable. Quizá tengan razón los autores de libros de autoayuda cuando advierten de que una de las condiciones para la felicidad es ser olvidadizo. Los propios recuerdos –hablemos de personas o de sociedades- conservan el poder de convertirse en jueces severísimos. Así que no resulta extraño que las visitas al pasado –insisto, al propio o al colectivo- den a menudo en controversias y hasta en algún ajuste de cuentas. Sí, también con uno mismo.

Uno de esos retornos justifica precisamente este artículo. Hace poco, a finales de septiembre de este terrible 2020, supimos que el ayuntamiento de Madrid está dispuesto a retirar las calles dedicadas a Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto. Javier Ortega Smith, portavoz de la extrema derecha, defendió la iniciativa amparándose en una peculiar –por no decir aberrante- interpretación de la ley de Memoria Histórica. La propuesta salió adelante al sumar los votos de los concejales del Partido Popular y de Ciudadanos. Aparte del cambio en el callejero, competencia local, el consistorio solicitará al Gobierno de España que retire las estatuas que ambos dirigentes socialistas tienen en Nuevos Ministerios.

La decisión me suscitó bastantes reflexiones: la tosquedad argumental de VOX, la recurrente incapacidad de Ciudadanos y del Partido Popular –incluido, para mi decepción, el alcalde, José Luis Martínez-Almeida-  para zafarse del abrazo de la extrema derecha, el enésimo intento por reescribir la historia al modo Pío Moa… Es inevitable que estos hechos me desazonen. ¿Por qué cuesta tanto en España asumir una parte de nuestro pasado? Me refiero a compartir un relato, un planteamiento de país, sobre el episodio más desgarrador de la España del siglo XX que supere la competición partidista, como si aún hubiera necesidad de atribuirse las culpas por lo sucedido. Peor aún, como si estuviéramos viviendo una continuación, ahora por vías democráticas, del enfrentamiento entre ambos bandos.

En otros estados europeos lo han conseguido sin necesidad de que nadie abjure de sus convicciones, por profundas que hayan sido las heridas. Resulta inimaginable pensar que la derecha alemana se sienta obligada a justificar el nazismo en las tensiones de la república de Weimar; menos aún a forzar un falso juego de equilibrios en el que todos resultan por igual responsables de aquel desastre. ¿Por qué la española es incapaz de soltar todas las amarras con la dictadura? ¿Por qué nuestra derecha, que la hay europeísta, liberal y moderna, aunque sea en pequeña proporción, cae con tanto entusiasmo masoquista en estas burdas ratoneras de VOX?

Reconozco también que la noticia madrileña me malhumoró. A bote pronto, por la falsedad. Contra el planteamiento de VOX, nada permite deducir que Prieto indujera el asesinato de José Calvo Sotelo el 13 de julio de 1936, por más que hubieran participado miembros de “La motorizada”, incluido Luis Cuenca, que actuaba como una especie de guardia personal del dirigente del PSOE. La gran mayoría de los historiadores coinciden en atribuirlo a una reacción incontrolada por la muerte a balazos, el día anterior, de José Castillo, socialista y teniente de la Guardia de Asalto. Por otro lado, hay que conjugar con insistencia los verbos forzar y retorcer –sobre todo, este último- para vincular a Largo Caballero con los fusilamientos de Paracuellos.

Pero me temo que ninguna apelación al rigor histórico haría reconsiderar la decisión. Aquí se está jugando a otra cosa: a la provocación y al liderazgo de la derecha, y toda precisión es secundaria. La argumentación que se ofrece sólo pretende allanar el camino al revanchismo: si ellos nos cambian “nuestras calles”, cambiemos nosotros “las suyas”.  A partir de ahí, todo es simpleza: es lo mismo quien formó parte de un gobierno legítimo –como Largo Caballero o Prieto- que quien se alzó en armas contra la Constitución y la República.  Cuando se asume ese planteamiento, pocas esperanzas caben de rectificación. No obstante, como asturiano y como secretario general de la Federación Socialista, me siento obligado a detenerme en la figura de Indalecio Prieto Tuero (1883-1962), uno de los líderes más sobresalientes del siglo pasado. Sin orden cronológico, voy a exponer algunos de los motivos por las que considero injusta y errónea la decisión del ayuntamiento capitalino. No pretendo resumir la peripecia vital y política de Prieto, ya muy relatada, sino exponer mis razones contra la infamia.

Autocrítica. La primera tiene que ver con su propia capacidad autocrítica. Al inicio advertía que los recuerdos tienen la capacidad de transformarse en jueces implacables. No es una verdad absoluta: hay personas que reescriben su biografía sin desmayo y con una admirable capacidad para orientarla al sol que más calienta en cada momento. Ese no es el caso de Indalecio Prieto: pocos dirigentes habrán sido tan sinceros consigo mismos y con sus compañeros y lectores que el escritor y político ovetense. De Palabras al viento a De mi vida y la inconclusa Una vida a la deriva, en declaraciones, artículos y conferencias, Prieto se escrutó siempre con sinceridad y sin pizca de autocomplacencia.

Su participación en la Revolución del 34 ofrece uno de los ejemplos más conocidos. Prieto nunca promovió la insurrección armada. El sindicalista Trifón Gómez relató a Manuel Azaña que Prieto llegó al punto de llorar de desesperación en alguna reunión de la ejecutiva al comprobar que los planes continuaban adelante. Sin embargo, tomada la decisión, y arrastrado por su concepción de la lealtad y de la disciplina interna –se ha subrayado su “patriotismo de partido”-, participó activa y personalmente en los preparativos, incluida la adquisición de armas, transportadas a bordo del Turquesa hasta su azaroso desembarco en la costa de San Esteban de Pravia en septiembre de 1934.

Bastantes años después, en el Círculo Pablo Iglesias de México, Prieto hizo autocrítica:

“Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera de, de mi participación en aquel movimiento revolucionario. Lo declaro como culpa, como pecado, no como gloria. Estoy exento de responsabilidad en la génesis de aquel movimiento, pero la tengo plena en su preparación y desarrollo (…) Colaboré en ese movimiento con el alma, acepté las misiones a las que antes aludí y me encontré, ¡hora es ya de confesarlo!, violentamente ultrajado”.

La cita, como advertí, es sobradamente conocida, pero su fuerza expresiva es reveladora. Para lo que nos ocupa ahora Prieto nunca endulzaría los hechos ni camuflaría sus responsabilidades. Una actitud que choca de pleno contra la tergiversación promovida por VOX y secundada con mansedumbre por el Partido Popular y Ciudadanos.

Reconciliación. La segunda razón se basa en que Prieto eligió la reconciliación a la revancha. A vueltas con la memoria, la derecha haría bien en recordar el empeño de Prieto a favor del entendimiento, aunque fuese necesario plegar la bandera de la República para alcanzarlo. En ese objetivo hay que entender su resuelto atlantismo –confiaba en lograr el respaldo de las potencias aliadas, vencedoras de la Segunda Guerra Mundial- y su apoyo al diálogo con la oposición monárquica. Si la restauración republicana podía espantar a los gobiernos moderados, un acuerdo con los monárquicos sería mucho más digerible para unos mandatarios temerosos de la pujanza del bloque soviético. Prieto interpretaba, probablemente con razón, que los ganadores, apiñados en torno al liderazgo de Estados Unidos, nunca iban a arriesgarse a permitir la instalación de un régimen simpático a Moscú en la frontera sur de Europa. También entendía, y en esto se equivocaba, que no se sentirían cómodos con la consolidación de un dictador que había camuflado con la “no beligerancia” su predilección por el triunfo del Eje.

Llegó, con ese propósito, a reunirse con José María Gil Robles, su antiguo enemigo, en Londres en 1947. La postrera decisión monárquica de aliarse con el franquismo –la famosa entrevista entre Franco y Juan de Borbón en el yate Azor, en agosto de 1948- acabó hundiendo sus expectativas. Ese desenlace y la respuesta de los gobiernos aliados le desmoralizó –de nuevo, habría que añadir, dada su propensión a las depresiones- y en su carta de dimisión como presidente del PSOE y vicepresidente de UGT, fechada el 6 de noviembre de 1950, volvió a dejar constancia de su capacidad para asumir sus responsabilidades:

“Mi fracaso es completo, soy responsable de haber inducido a nuestro partido a que se fiara de los potentes gobiernos democráticos que no merecen esta confianza”

Prieto aún viviría bastantes años para comprobar cuán cierta era su afirmación. En 1953 se firmaron los Pactos de Madrid entre el gobierno de Franco y el de Estados Unidos que permitieron la instalación de cuatro bases norteamericanas en nuestro país. Pocos meses antes se había suscrito el concordato con la Iglesia católica. La aceptación de España por el bloque occidental, si bien con reparos, era un hecho. No fue casualidad que José Luis Berlanga estrenara también en 1953 Bienvenido, Míster Marshall: el retrato cómico de un pueblo que depositaba sus esperanzas en el amigo americano. El aislamiento del franquismo había terminado y, con él, las esperanzas puestas por el exilio –y, de manera muy especial, por Prieto- en que la derrota del Eje combinada con un compromiso de moderación política arrastrase también a la dictadura. Seis años después, Franco abrazaría en la base de Torrejón de Ardoz a Dwight D. Eisenhower. Era su primera reunión con un jefe de Estado desde la entrevista con Adolf Hitler en Hendaya, en 1940.

Para quienes objeten que estos intentos de reconciliación valen bien poco a toro pasado, una vez sufrida la derrota bélica, valdrá recordar que pocos meses después del inicio de la guerra, el 8 de agosto de 1936, Prieto pidió por la radio a las milicias que no respondieran con represalias a las noticias de represión que llegaban del bando golpista. También se trata de una cita conocida:

“Por muy fidedignas que sean las terribles y trágicas versiones de lo que ha ocurrido y está ocurriendo en tierras dominadas por nuestros enemigos; aunque día a día lleguen, agrupados en montones, los nombres de camaradas, de seres queridos, en quienes la adscripción a un ideal bastó para condenar a sufrir una muerte alevosa, no los imitéis; no imitéis esa conducta, os lo suplico. Ante la crueldad ajena, la piedad vuestra (…) Yo no os pido, conste, que perdáis vigor en la lucha, ardor en la pelea. Pido pechos de acero, duros para el combate, pero corazones sensibles, capaces de estremecerse ante el dolor humano y de ser albergue de la piedad, tierno sentimiento sin el cual parece que se pierde lo más esencial de la grandeza humana».

Gestión. La tercera razón tiene que ver con la gestión de Prieto. De Don Inda se conocen sus inicios humildes –quedó huérfano a los cinco años, cuando murió su padre, el funcionario municipal Andrés Prieto-, sus comienzos como taquígrafo en La Voz de Vizcaya  y su posterior tránsito exitoso por otros periódicos, como el bilbaíno El Liberal, del que acabaría siendo propietario (de hecho, bastantes años más tarde, en la cabecera mexicana Excelsior, aseguraría que su auténtica vocación era el periodismo: “aunque las fulguraciones de la política hayan venido iluminando, a veces siniestramente, mi figura, yo soy, ante todo, periodista”).

Todo esto es bastante conocido. Durante la convulsa España de los años 30, Prieto era un personaje famoso, uno de los habituales de las primeras páginas y de las tertulias. Su redondez facilitaba una caricatura sencilla, ideal para unos periódicos que hacían del chiste político un editorial diario. Se hicieron lenguas de su afición a las mesas generosas y se cuenta que le divertía escandalizar con chanzas obscenas a Fernando de los Ríos, de maneras y oídos bastante más delicados. Era, según una sentencia común, un “hombre del pueblo”, accesible, bonachón y espontáneo.  Por lo habitual, de esto se sabe bastante, como también se sabe acerca de su rivalidad con Largo Caballero, uno de los episodios incrustados en la memoria colectiva del Partido Socialista.

Sin embargo, y pese a haber pasado por cuatro carteras distintas –sucesivamente, Hacienda, Obras Públicas, Marina y Aire y, finalmente, Defensa Nacional- la trayectoria ministerial de Prieto ha pasado más desapercibida.

Al valorar este capítulo de su biografía, no perdamos de vista que se trataba de un autodidacta hecho en la lectura voraz de periódicos, carente de una formación académica suplida con la cultura adquirida con el esfuerzo de los años. Prieto era muy consciente de sus lagunas. Cómo va sorprender que al frente de la cartera de Hacienda, entre abril y diciembre de 1931, aún reciente la crisis del 29, confesara en varios de sus frecuentes ataques de sinceridad que se sentía incapacitado para el cargo. Santos Juliá relata:

“Prieto podía reunir a los directores de bancos y, ante la depreciación de la peseta y la profunda crisis internacional, decirles que no tenía ni idea de por dónde debía seguir”

 Recibido de uñas por el empresariado y el Banco de España, acogido con desdén por el funcionariado, hubo que frenarle para que no dimitiera. En su corto mandato se firmaron las cesiones de la Casa de Campo al ayuntamiento de Madrid y del Alcázar al de Sevilla. Su política económica ha merecido juicios muy críticos, pero también reconocimientos nada sospechosos de sesgo partidista. Entre ellos, el del profesor Juan Velarde Fuertes, quien ha apreciado el tino de algunas de sus decisiones para gestionar las consecuencias derivadas del crack bursátil.

El paso por el Ministerio de Obras Públicas (diciembre de 1931 a septiembre de 1933) es más sabido. En este desempeño, Prieto se sintió cómodo. Sus arranques de energía se impusieron a la tendencia pesimista y su sentido práctico se hizo evidente. Además, tuvo la oportunidad de demostrar una visión de futuro poco habitual. Con su impulso se afrontaron proyectos urbanísticos de primer orden para Madrid, como la prolongación de La Castellana o la edificación de los Nuevos Ministerios, los planes para la construcción de la estación ferroviaria de Chamartín y su conexión subterránea con la de Atocha (en el mandato de Prieto se ideó el primero de los túneles, conocido como “túnel de la risa”, aunque, paralizado por la contienda, no fue inaugurado hasta 1967).

La actividad de Prieto se extendió a reformas portuarias y, uno de los logros más destacados, a la puesta en marcha de la Ley de Obras de Puesta en Riego (1932) y del Plan Nacional de Obras Hidráulicas (1933), elaborado por Manuel Lorenzo Pardo. Uno de los proyectos descollantes de la época era la construcción del acueducto Tajo-Segura. En febrero de 1933, en un discurso en la Lonja de Alicante en febrero Prieto defendió la obra al tiempo que volvió a renegar del sectarismo:

“Esta no es obra a realizar en el periodo brevísimo de días, ni de meses; es obra de años, para la cual se necesita la asistencia de quienes hoy gobiernan, de quienes estén en la oposición, de quienes sirven al régimen republicano y, oídlo bien, de quienes están en contra de él; porque quienes por patrocinar el régimen republicano una empresa de esa naturaleza le negaran su asistencia y su auxilio, serían, no enemigos del régimen, sino unos miserables traidores a España”.

Del mismo modo que el paso por Hacienda recibió juicios dispares, el balance de Prieto en Obras Públicas concita una mayoría de opiniones elogiosas. Algunos de sus planes de regadío y obras hidráulicas fueron continuados y culminados décadas después, bien avanzado el franquismo. Pero, aparte del acierto en la elección de los proyectos, su política respondía también a una preocupación social: eran obras necesarias para modernizar España y, además, capaces de generar muchos puestos de trabajo, de insuflar oxígeno a la economía y, por tanto, de paliar las consecuencias de la crisis.

Los períodos como ministro de Marina y Aire (1936-1937) y como titular de Defensa Nacional (1937-1938) transcurrieron ya durante la guerra. En ambos casos sería injusto ceñir la acción de Prieto a los cometidos de su departamento, porque su papel fue mucho más amplio; en algunas ocasiones casi el de un primer ministro (casi porque nunca se impuso a la personalidad de Largo Caballero ni de Juan Negrín).  De nuevo combinó fases de euforia, caracterizadas por apabullante despliegue de energía, con un pesimismo tenaz e intenso. Poco después de asumir la segunda cartera –resultado de la fusión del ministerio de Marina y Aire con el de Guerra, lo que le daba el control de todos los ejércitos- se produjo la caída del País Vasco. Según su propia confesión, pensó en pegarse un tiro:

“(…) aparte de haber mandado al jefe de Gobierno una carta con mi dimisión, pensé en el suicidio. Esta idea llegó a obsesionarme y tuve la pistola a punto”

Como coordinador de las operaciones militares, Prieto impulsó varias iniciativas para intentar cuando menos distraer o frenar el avance de los sublevados, siempre pendiente de la posible intervención europea. Las más destacadas, la batalla de Brunete, en la provincia de Madrid; la de Belchite, en Zaragoza; y la efímera conquista de Teruel. Para su desesperación, todas acabaron en fracasos.

Reconocimiento.  La medida del ayuntamiento de Madrid choca con los reconocimientos que la figura de Indalecio Prieto ha recibido desde prácticamente todo el abanico ideológico. Miguel Maura –ministro de Gobernación en la República, hijo del conservador Antonio Maura- escribió en Así cayó Alfonso XIII:

“No dude nadie que la figura de Indalecio Prieto será respetada por los españoles de mañana, más, mucho más, que la de tantos y tantos falsos santones de la España de los años de la autocracia”.

En la misma obra, añadió:

“He conocido pocas, poquísimas personas más abnegadas, más prontas a sacrificarse por sus amigos, más dadas a la compasión, más desinteresadas, en una palabra, más buenas, que Indalecio Prieto”.

Podríamos añadir opiniones de muchas otras personas, como Manuel Azaña, con quien había trabado una notable afinidad política. Pero lo más extravagante de la decisión consistorial –y, en concreto, del respaldo del PP- es que contradice acciones anteriores del mismo partido: ya metidos en gastos, ni siquiera les importa borrar su propia memoria.

El profesor Javier Rodríguez Muñoz ha recopilado varios ejemplos que vienen al caso. La Mesa del Congreso de los Diputados decidió instalar un busto de Indalecio Prieto cuando Luisa Fernanda Rudi presidía la Cámara y José María Aznar dirigía el Gobierno de España (durante su segunda legislatura, 2000-2004). Más contradictorio aún resulta que fuese el alcalde popular José María Álvarez del Manzano quien, con mayoría absoluta, decidiese en 1995 dar el nombre de Indalecio Prieto a la misma calle que ahora proponen rebautizar.

Puede que Martínez-Almeida se avergüence de este pasado. Quizá piense que Álvarez del Manzano o Rudi –o también Ana Botella, porque con ella al frente de la alcaldía se colocó una placa en el número de la calle Carranza donde había residido Prieto- accedieron acomplejados a las imposiciones de la hegemonía progresista de lo políticamente correcto, sin atreverse a expresar sus verdaderas opiniones. O puede, me parece más probable, que el portavoz nacional del PP haya preferido mantener prietas las filas de la derecha antes que atreverse a discrepar de la extrema derecha que representa VOX.

No ofrezco más razones contra la infamia: autocrítica, afán de reconciliación, capacidad de gestión y reconocimiento generalizado. Los aficionados a la historia habrán echado de menos capítulos cruciales de la biografía de Prieto. Su archicitada definición de “socialista a fuer de liberal”, su defensa de la conjunción electoral con los republicanos, los episodios de tensión con Largo Caballero… También, entre esas lagunas, queda la incógnita de si un gobierno presidido por Indalecio Prieto hubiera podido evitar el enfrentamiento civil. Paul Preston parece inclinarse por el sí:

“Aunque no podía haber garantía de éxito, la última posibilidad de supervivencia de la República era que Azaña, como presidente eficaz, trabajara en equipo con Prieto. Juntos podrían haber mantenido un ritmo de reformas capaz de satisfacer a la izquierda y, al mismo tiempo, desbaratar la conspiración militar, las provocaciones fascistas y las consiguientes represalias de la izquierda”.

Y llega a considerar:

“En el largo camino hacia la guerra civil, el que no se formase un gobierno Prieto fue, probablemente, el momento decisivo”.

Esta duda nunca se resolverá. Este tipo de preguntas sirven para conjeturar, para la distracción y el ejercicio intelectual, pero no tienen respuesta práctica. Ese pasado es inamovible. Lamentablemente, pienso que la decisión de la triple derecha madrileña tampoco tendrá ya solución. Aunque, ciertamente, me gustaría que rectificaran, tanto para honrar la memoria de Indalecio Prieto como para no regalar un triunfo a la infamia.