La película ‘Hanna Arendt’ de Margarethe Von Trotta narra un momento específico y difícil de la vida de la filósofa y pensadora alemana autora de ‘Los orígenes del totalitarismo’, que vivía en los años sesenta del siglo XX en Nueva York y era una docente de prestigio en una de sus universidades. Un periodo de tiempo en el que Arendt se encontró sumergida en un mar de polémica debido a una serie de artículos que escribió para la revista estadounidense ‘The New Yorker’ -que se publicaron en 1963- sobre el juicio al dirigente nazi Adolf Eichmann, celebrado en Jerusalén en 1961, y que después se recogieron en un libro titulado ‘Eichmann en Jerusalén. Sobre la banalidad del mal’.

La película arranca con el secuestro de Eichmann, por parte de un comando de Israel, en su refugio argentino para llevarlo a juzgar en Jerusalén. Este hecho sirve para desarrollar la trama de la película, contando los acontecimientos con un orden lógico que proporcionan una gran autenticidad.

La película de Von Trotta (que realiza una dirección magnífica) es un documento biográfico excepcional sobre la vida de Arendt. Pero no es un documental. Aunque utiliza imágenes reales sobre el juicio a Eichmann, obtenidas en los archivos sobre el Holocausto de Steven Spielberg, la Universidad de Jerusalén y la Organización Sionista Mundiales, se trata de una magnífica película en la que la actriz alemana Barbara Sukowa hace una interpretación soberbia, dotando al film de una credibilidad que hace posible que veamos a Arendt tal como era.

Se ha catalogado a esta película como ‘cine de pensamiento’ y ciertamente lo es, porque propone el tema básico, y clásico, de la importancia del pensamiento y de la reflexión en libertad y en soledad, sin rendir cuentas a priori, ni estar condicionados por prejuicios de raza, religión, políticos o por convenciones sociales. Un asunto de relevante actualidad en estos momentos de la historia humana, en que “duele” tanto pensar y se vive mayoritariamente dejándose llevar por el rumbo que marcan los líderes de opinión y donde cuesta mucho expresar opiniones propias y contrastadas, que cuestionen las corrientes imperantes.

Hannah Arendt reclamó en su día ese derecho a la reflexión, a la investigación y al pensamiento libre y en soledad, fuera de los parámetros que se marcaban desde los dictados de las convenciones de su tiempo y saliéndose de lo “políticamente correcto” en un asunto muy sensible: hacer una reflexión sobre el nazi Adolf Eichmann, juzgado en Jerusalén como el asesino encargado de llevar a cabo la “solución final”.

Sus valoraciones sobre Eichmann, catalogándole como un aplicado y ambicioso burócrata, pero no un Satanás, sino como una “persona terriblemente y temiblemente normal” le sirvieron para desarrollar el concepto novedoso, en su tiempo, de la “banalidad del mal”. Su reflexión sobre el dirigente nazi desató una oleada de críticas gruesas que no iban al fondo del asunto, porque desde la presión del aparato político de Israel le exigían a Arendt, como judía que era, una condena de Eichmann contundente y acrítica, como un monstruo y ya está. Reclamaban una condena plana, sin extenderse en las profundidades terribles de lo que significaba que un ser humano corriente fuera capaz de cometer las mayores atrocidades, simplemente porque era un burócrata del que se esperaba eficacia y un trabajo bien hecho, fuera el que fuera. Y eso es lo que hizo, realizó el trabajo que le solicitaron lo mejor que pudo, para ser reconocido y cumplir ideológicamente con lo que se le exigía, y lo hizo sin cuestionar lo que había debajo, sin pensar en las personas que condenaba a la muerte, porque eso no le importaba, le importaba cumplir las órdenes como un funcionario eficaz, y le daba lo mismo que fueran judíos o no lo fueran, eso en el fondo era lo de menos, su papel era cumplir con el trabajo encargado, cumplir las órdenes. Eso era él, un hombre dedicado a su trabajo.

Arendt no fue comprendida, porque la opinión pública no estaba preparada para sutilezas en esos momentos y la mayoría no leyó sus escritos, sino que se dejaron arrastrar por la propaganda y por la opinión creada desde los medios de comunicación.Y el Estado de Israel menos todavía, porque estaba formándose y sus dirigentes no podían consentir lo que consideraban una insumisión: para ellos Arendt debía defender como buena judía la causa de su pueblo incondicionalmente.

Hubo también otros puntos de discrepancia que Israel no podía tolerar. Para empezar Arendt no era sionista y el sionismo se había adueñado ya de la organización del nuevo Estado. Para empezar, Arendt criticó la forma en la que fue detenido Eichmann, para ella el hecho de que un comando le secuestrara en otro país, sin tener en cuenta las normativas internacionales, abría una vía peligrosa en los derechos, como luego se ha visto. Además, se atrevió a cuestionar a los propios rabinos y a los dirigentes judíos que colaboraron con los nazis en Alemania y en los países ocupados para hacer los censos de judíos, censos que luego fueron utilizados por los nazis para mandar a todos ellos a los campos de exterminio. Y esto no se lo perdonaron las autoridades de Israel, que lo vieron como una agresión a las víctimas.

Pero Arendt sabía de lo que hablaba, porque ella misma había sido internada en un campo en Francia cuando huyó de Alemania, y se salvó de ir a un campo de exterminio porque se negó a inscribirse en esos censos tal como aconsejaban los dirigentes judíos. Hizo caso omiso a las indicaciones que le dieron, porque como ella afirmó en una entrevista, había aprendido leyendo literatura francesa que no se podía confiar en la policía francesa.

La película también toca de forma tangencial, pero muy jugosa, la relación de Arendt con su maestro, el filósofo alemán Martin Heidegger, del que fue su amante y del que se separó y se alejó totalmente cuando este se afilió al Partido Nazi al ser nombrado Rector de la Universidad de Friburgo.

Recomiendo esta película porque el tema que propone es apasionante , contribuye al debate político actual, está bien realizada, magistralmente interpretada y dirigida y hace reflexionar sobre lo que somos, sobre la verdad de lo que somos.