El cambio social, cultural y económico, que se está produciendo en este momento, no es posible dimensionar. No tiene ningún rigor científico sostener que, cuando se estabilice la situación estaremos mejor, ni el catastrofismo de que no se será capaz de encontrar un camino de salida certero.

Hay una esperanza cifrada en la vacunación de la población, sin duda por diferencia a otras épocas históricas, esa es una posibilidad más que plausible. Dos cuestiones relevantes, el tiempo nos acucia más por nuestra forma de vida; y otra, la aparente confianza en lo público se ha debilitado, nos vemos vulnerables.

La salud y la sanidad se han convertido en la nueva centralidad. La inversión en el sistema público sanitario, tanto en medios materiales como humanos, así como la investigación bio-médica y la salubridad pública han pasado a ser prioritarias. Por otro lado, en las ultimas décadas el paradigma del Estado mínimo inundó todo el panorama, la socialdemocracia no se resistió a ello, debilitado el aparato público. Ahora, aparte de priorizar la sanidad, hay que recuperar el tiempo perdido y darle músculo y elasticidad al aparato público. Habrá que revisar una cuestión minusvalorada hasta ahora por ideológica: la importancia determinante de la intervención pública directa en la economía. Todo ello, claramente, sin merma alguna del Estado de Derecho.

La vertiente económica de la crisis del Covid-19 no es coyuntural y por ello la actuación de la UE tiene mucha importancia. La legitimación de la UE y su futuro están en juego. Después del 2008 no quedaba otra que actuar iniciando un proceso de transformación económica que diera la vuelta al modelo neo liberal imperante en el periodo anterior. La apuesta europea es sin duda histórica y de alcanzarse con éxito significará un cambio sistémico. “De alcanzarse”, el riesgo de no conseguirlo también es una variable importante a considerar, la línea entre el éxito y el fracaso no depende de donde caiga la bola, sino de la fuerza y la dirección con la que se le pega, de cómo se trabaja.

En esta situación, que va a durar más de lo que pensamos se están produciendo, de forma acelerada, profundos cambios en la geoeconomía y la geopolítica mundial, eso hace más importante que Europa no yerre en este momento.

En este escenario hay que situar la arriesgada apuesta de inversión pública europea, por ello no podemos pensar que es gratis, barra libre con reparto de tiques de consumición durante unos años. El dinero europeo debe servir, en primera instancia, para recuperar los jirones en los que pueden quedar las diferentes economías, pero también la oportunidad para el cambio del modelo económico. Este tiene que ser altamente productivo y competitivo, basado en la equidad, sostenible social y medioambientalmente y del siglo XXI, es decir digital como factor definitorio de la actual revolución industrial.  El mercado interior europeo no es suficiente en un mundo global. Por ello, hay que prepararse para competir productiva y comercialmente en un mercado mundial basándose en la calidad, excelencia e innovación y, además, no a costa de los ciudadanos.

Los Fondos europeos son, por tanto, la gran oportunidad para el cambio, pero no cabe sólo voluntarismo hace falta concreción, cohesión y una alta capacidad de gestión y no cualquiera, tanto en las Administraciones Públicas como en las empresas, grandes y medianas. Hay un hecho cierto: es que en estos momentos existe un gran ruido respecto a los fondos o eso, cuanto menos, es lo que trasladan los medios de comunicación.

El desconcierto es a veces combatido con una excesiva carga de ilusión.  No es extraño oír a algunos responsables públicos referirse a las ayudas europeas como una bolsa sin fondo de la cual se van a sacar fajos a discreción y repartirlos de igual forma. No debe confundirse una necesidad como es incentivar la inversión en la transformación productiva –un deseo de salir con fortaleza de este difícil momento sin dejar a nadie atrás- con la realidad de que ello sólo será posible si se produce un compromiso de país concitando a un esfuerzo colectivo.

Hemos de pensar que el dinero, hoy como ayer, como siempre, no sale de esa bolsa mágica. Es dinero que unos prestan a otros, de alguien que lo tiene y se lo presta a otro, en este caso a los Estados para que ellos, bien directamente o a través de otras instituciones públicas o empresas con capacidad para ello, pongan en marcha proyectos que por un lado cambien el modelo de producción de manera ecológica y/o digital. No es una opción que sea así, no hay otra. Ahora bien, ese capital, aunque en algunos casos se denomine a fondo perdido, no significa que con un interés, lo bajo que se quiera, y con unos plazos de amortización a muy largo plazo, habrá que devolver. Por ello, quizás sea un eufemismo denominar a esta política NextGenerationEU, en buena medida es así, las nuevas generaciones serán las que tengan que pagar.

Ahora bien, la estrategia debe ser correctamente entendida. Hoy el Planeta es un claro mercado imperfecto de bloques económicos, todos compiten entre sí, con distintos marcos jurídicos, laborales, el carácter de las políticas públicas y los procesos de toma de decisiones. Con derechos y reglas diferentes es muy difícil competir. Por ello, Europa debe apostar por un modelo que sin duda no es el más sencillo, pero si el que   puede conducir a mantener establemente el bienestar colectivo que se instauró tras la II Guerra Mundial, la conservación y recuperación del ecosistema ambiental y además lidere el desarrollo tecnológico. Simple de formular, pero nada que la sola impronta de las instituciones europeas y de los Estados puede conseguir. Olaf Scholz  ministro de Finanzas alemán y Vicecanciller, dijo en el Bundestag durante la tramitación presupuestaria 2021 que para poder devolver “en el futuro la actual deuda será preciso invertir en los ámbitos adecuados», marcando que ello pasaba por una economía neutral climáticamente, la tecnología y la digitalización y no es desdeñable que también apuntara, que ello requeriría un cambio en la política fiscal mucho más progresiva.

Las diferencias industriales entre España y Alemania, que debe ser nuestro modelo a seguir, son muy notables. En Alemania el empleo de la industria es un 19,7% en España es sólo del 13,3 %; la productividad alemana es de 65 euros/hora y en nuestro país es de 43,4, por aportar sólo dos datos gruesos. Merkel instó ya en el 2015 a los empresarios alemanes a “lograr pronto la fusión entre el mundo de Internet y el de la producción, pues de lo contrario, quienes lideran el ámbito digital nos arrebatarán la producción industrial”. Los politólogos alemanes elaboraron el concepto de Industria 4.0 para, sin ampulosidad, marcar la incuestionable orientación de la actividad industrial modernizando permanentemente su industria y ahora es la economía europea más estable llamada a ser el motor para la recuperación de todos.

En España, el Estado debe liderar el proyecto transformador, este es el momento de dotarse de un verdadero proyecto de país compartido y consensuado. La cuestión es llevar a cabo un pacto sobre objetivos y también un acuerdo sobre la gobernanza de los mismos, siempre que esta se entienda en el concepto clásico de  enriquecimiento del gobierno de las cosas por la colaboración de todas aquellas instituciones y agentes llamados a participar, sin que ello signifique dejación en el ejercicio de las respectivas responsabilidades.  Esto exige adaptar el sector público a este nuevo tiempo, para ejercer con éxito su labor planificadora, gestora y empresarial y hacer frente al reto que tenemos por delante.  La conversión de lo público en un agente productivo capaz, necesita invertir en la formación de sus trabajadores y reclutar de la sociedad aquellos con más alta preparación.

Si lo público requiere una rápida y profunda reconversión, la industria privada también debe adaptarse a esta nueva situación. La batalla empresarial no debe estar en la consecución a cualquier precio de una mayor cuota de mercado ni en maximizar sus beneficios. Los dineros que les van a llegar no son para ello, es para cambiar un modelo y preparar a Europa para tener una oportunidad de futuro de mantener una sociedad sostenible que camina sobre el futuro.

Los ciudadanos de momento solo son conscientes de una cosa: su vulnerabilidad.