El cierre del año ha delatado la cifra de caída del PIB en España, el 11%. El dato es negativo, matizado por el crecimiento del último trimestre 2020, en positivo, superior a lo esperado por los analistas. El guarismo esconde la retracción de los sectores productivos. Al mismo tiempo, sus derivadas en política económica son elocuentes: el desencadenamiento del gasto público. Esta política expansiva ha protegido a 3,4 millones de empleos gracias a los ERTE, ha ayudado a 1,2 millones de autónomos y a 500.000 empresas que se han acogido a las medidas de liquidez del ICO y, a la vez, ha incrementado las partidas hacia los estabilizadores automáticos. Ahora bien, todo ello ha tenido un impacto importante en las finanzas públicas: España alcanzará un déficit público por encima del 9% del PIB y un nivel de deuda de aproximadamente el 115% sobre el PIB. Ningún economista sensato ha puesto en tela de juicio estos planes de política económica, avalados además por las principales instituciones internacionales. De hecho, éstas conminan a seguir manteniendo el gasto gubernamental, con el aprovechamiento de tipos de interés agónicos y generosidad monetaria por parte de los bancos centrales. Las cifras que rubrican lo dicho son abundantes, y se han comentado y difundido con creces en muchas publicaciones privadas y palestras institucionales.

Ahora bien, la cruz a esta cara económica es la advertencia de que deben formularse planes de consolidación fiscal para los próximos cinco años. La expansión fiscal sería un allegro ma non troppo, o sea, se recomienda la urgencia para volver al redil de los parámetros convencionales de la economía neoliberal, tras la “alegría” expansiva. Esto, en palabras más directas, significa situar de nuevo los preceptos de la ortodoxia en el frontispicio de la economía. Es decir, ir ya pensando, a día de hoy, en ajustar los presupuestos, contener las ayudas y activar planes para la reducción de déficits y deudas. El mensaje es, así escrito, sensato: es importante pensar en ello, no cabe duda. Pero, de nuevo, asistimos a otra puesta en escena del miedo a los mercados, el pánico que lleva a muchos economistas y gobernantes a pensar en retirar más temprano que tarde los estímulos desarrollados.

Desde distintas entidades se insiste en que deben pensarse ya las nuevas trayectorias de contención, dado el elevado endeudamiento en el que estamos. Sin embargo, las previsiones para 2021 del FMI, por ejemplo, sitúan la deuda pública española por debajo de la italiana, la francesa o la norteamericana; y un déficit parecido al francés. No estamos, pues, en territorios siderales. Los indicadores mejoran en relación a las previsiones hechas al cierre de 2020, por la percepción de que el avance de la pandemia se irá conteniendo a medida que se aposente con fuerza la vacunación. Pero no cabe duda de que en 2021 persistirán los desequilibrios en las cuentas públicas, dislocaciones motivadas, no lo olvidemos, por la orientación clara en activar inversiones y dinamizar la demanda agregada: esta es la clave.