Durante muchos meses he evitado escribir sobre Díaz Ayuso por dos razones: una, porque, en mi opinión, era darle una publicidad inmerecida e innecesaria que genera hartazgo, y es que, todo lo que ella dice, por el hecho de estar en Madrid, se convierte en importante para los medios de comunicación, aunque sea una supina tontería, y España es muchísimo más que Madrid (nadie se imagina que algún presidente autonómico tuviera tantos titulares con tan poca miga). Y, dos, porque me resulta difícil calificar a este personaje, y procuro emitir opiniones razonadas (aunque siempre no lo consiga), pero en este caso, tengo mi razón alborotada ante este huracán de despropósitos que es Isabel. Lo más educado que podría decirle es que es digna heredera de Trump, pero seguramente eso le haría sentirse orgullosa.

Llevamos tiempo soportando que Ayuso tome decisiones contra el gobierno central y contra todas las autonomías, gobierne quien gobierne, como estamos viendo con el control de la pandemia y los cierres territoriales. Ayuso se enfrenta a todos, de forma descarada y desvergonzada, le da igual decir una tontería tras otra, porque el poder se le ha subido a la cabeza, está absolutamente iluminada y encantada de haberse conocido, lo que resulta muy preocupante. Isabel lleva puesto el traje invisible del Emperador, y nadie se lo ha dicho, más bien al contrario: desde el PP están dejando que crezca un monstruo vestida de presidenta autonómica. Me recuerda a las palabras de John Boyne en El niño en la cima de la montaña, cuando dice “Sabes por qué lleva uniforme la gente, … Porque la persona que lo lleva cree que puede hacer lo que le apetezca”.

Y así es. Lo grave no es lo que diga sino lo que hace. Y su actitud para combatir la pandemia enfrentando salud a economía supone poner en riesgo vidas. Lo más inmoral es que es una forma de contentar al sector de la restauración a costa de no dar ayudas. Inteligente pero perverso. Mientras el resto de las autonomías dan ayudas a base de deudas y créditos, sufriendo con preocupación la situación económica y recibiendo críticas, Isabel ha inventado la rueda cuadrada: defiende la economía, grita libertad, se juega las vidas de los contagiados en una ruleta rusa, y además no invierte un euro en subvenciones y ayudas sociales.

Lo ocurrido ahora con la solicitud de adelanto electoral riza ya el rizo del atrevimiento y la irresponsabilidad.

Nada hacía prever que Ciudadanos presentara una moción de censura en Madrid. No. Ella se ha adelantado a una jugada que no era previsible. Y, aparte del lío jurídico creado entre el adelanto electoral y las mociones de censura presentadas, lo cierto es que Ayuso actuó con la prepotencia de quien cree que el poder es suyo, la presidencia es suya, Madrid es suya, y por eso tiene “que defenderla”. Así, convocó elecciones sin reunir a su gobierno y cesarlo previamente. Porque no le importa nada ni cumplir las reglas ni lo que le afecte a la gente. Lleva meses insultando públicamente a su vicepresidente Ignacio Aguado, ninguneándolo de una forma vergonzosa. Pero ayer lo destituyó sin que él lo supiera.

Lo ocurrido en Murcia no tenía por qué haber supuesto una catarata de explosiones. Ayuso se ha precipitado. Y lo hace en una situación política difícil, de pandemia, donde se necesita sentido común y estabilidad. Pero ella carece de sentido común.

No sé qué pasará: si habrá elecciones o moción de censura. Lo cierto es que, ocurra lo que ocurra, hay ya un claro perjudicado: Pablo Casado.

Si ella gana, Pablo pierde, porque surge una nueva lideresa. Si ella pierde, Pablo pierde, porque han perdido un gobierno.

¿De verdad Pablo Casado conocía esta maniobra previamente o Ayuso se arroja a la piscina porque Madrid es suya y España es suya?

Y, transcurrido el día, a Génova no se le ocurre otra cosa que salir apoyando a Ayuso con el discurso simple y patético de Teodoro. Que hace reír, si no fuera porque es para llorar.

¡¡Por favor, no hay otro PP en ese partido en descomposición!! Si no surge alguien con sentido común, la desnudez de Díaz Ayuso se convertirá en la nueva portavoz de la derecha.